Con la autenticidad de siempre, la reina indie se rapa la cabeza para adentrarse en uno de los mejores y más difíciles papeles de su carrera. Cine, música y feminismo, todos los frentes de la eterna muchacha punk.


El cuaderno de Tomy, la película dirigida por Carlos Sorín, se estrena el 24 de noviembre en Netflix y cuenta entre sus nombres con Valeria Bertuccelli, Esteban Lamothe, Mauricio Dayub, Malena Pichot, Mónica Antonópulos, Ana Katz, Diego Gentile y Julián Sorín (nieto del director e hijo del músico Nico Sorín y de Lula Bertoldi, la cantante de Eruca Sativa). El filme recrea la vida y la muerte de María “Marie” Vásquez, una arquitecta, ilustradora y tuitera mordaz que ante el avance de un cáncer terminal decidió escribirle un diario a su hijo y asumir su final con humor lacerante.

Cabeza rapada, reina indie: Valeria Bertuccelli, dama sensible y actriz feroz se sumerge en uno de los mejores papeles de su carrera y encarna a Marie con brutal honestidad.

–¿Cómo fue ponerle el cuerpo a alguien que lo está perdiendo?

–Con una entrega absoluta. Es lo que decís: ponerle el cuerpo, el espíritu y la mente. Esas tres cosas juntas, ninguna puede estar en menor grado. Siempre que uno actúa se brinda al personaje, pero Marie especialmente requería de una entrega gigante, y para mí fue un seminario, un aprendizaje tremendo, creo que fue el personaje que más me enseñó de todos los que hice. Yo no había leído El cuaderno de Nippur (el libro original), me enteré de la existencia de María cuando me convocaron, y ahí supe de su cantidad de seguidores y de sus tuits. Como yo no tengo redes ni nunca las tuve no la conocía. La historia me pareció increíble. Obviamente, cuando leés el libro es imposible no querer hacerlo por muchas cosas.

–¿Cuáles son esas cosas? Viendo la película te das cuenta de que interpretar a Marie es muy tentador para una actriz pero también es riesgoso porque el límite entre la tragedia más honda y la risa es muy finito.

–Justamente, tiene algo con lo que me identifico muchísimo, que es una manera de llevar el drama y la comedia; ella usaba eso en su vida. Sus tuits, lo que iba contando día tras día… Tenía una manera tragicómica de transmitir, donde todo es visto siempre a través de un cristal que es el de la verdad. La verdad ante todo, para su hijo, su marido, sus amigos y para los que la leen. Eso me pareció muy poderoso, y mirá lo que pasó: ella no escribió un libro sino un diario para su hijo que se convirtió en un libro y ese libro después en la película. El poder de algo cuando se transmite con verdad y con amor es tremendo. Y también cómo llevó eso hasta el final.

“Siempre que uno actúa se brinda al personaje, pero Marie especialmente requería de una entrega gigante, y para mí fue un seminario, un aprendizaje tremendo, creo que fue el personaje que más me enseñó de todos los que hice.”

–La muerte es uno de los grandes temas del cine y de la literatura, pero en la vida diaria es un tabú. Hay una negación de la muerte y en la película lograron naturalizarla, como hizo Marie. ¿Cómo trabajaron eso con el director Carlos Sorín?

–Ese es el gran tema, creo yo, naturalizar la muerte, porque todos vivimos como alejados de ella, no es algo que tenemos presente, nos sorprendemos cuando alguien muere como si no fuera que todos vamos a morir. La tenemos lejos. Estoy convencida de que si conviviéramos con una presencia más contundente de la muerte viviríamos de otra manera, porque es imposible no relativizar las cosas si tenés presente que hay un final y que no es en doscientos mil siglos. La verdad es que ese fue el gran logro de Sorín, un director con el que siempre quise trabajar y al que admiro desde hace muchísimos años. Él tuvo siempre presente que no quería caer en un golpe bajo y lo logró, eso es algo muy increíble porque nunca cae ahí a pesar de que estamos hablando todo el tiempo del tema.

–Es un trabajo muy delicado, pero a la vez transmite momentos de felicidad. ¿Ustedes cómo lo vivieron?

–Por lo menos a mí me pasó de hacer mucha fuerza para no llorar, pero ¡no queríamos que Marie llorara! Su modo de ser impregnó todo, nos pasaba con el grupo de actores de sentir un clima muy conmovedor pero también muchas veces nos cagábamos de risa. Hace unos días, justamente, estaba hablando con Esteban Lamothe y le decía que para mí el género de la película es punk amoroso. Marie tenía algo así, punk con mucha verdad, y si tiene que ser duro, lo lamento. Pero también es muy alegre y consciente de lo que es importante decir y de cómo atravesarlo, le pese a quien le pese. Eso hizo que podamos estar todos cerca de la muerte como una realidad pero a la vez llevarla con felicidad, porque lo que hizo es un acto de amor. Cada vez que muere alguien cercano estamos conmovidos, recordamos las cosas relevantes, y ese efecto te dura un tiempo hasta que la vida te lleva puesta y empezás a preocuparte por las pelotudeces del momento. La película es un ejercicio para vivir con esa conciencia.

–Marie fue fiel a sí misma hasta el final, y hay algo de la identidad que se juega en eso. Pensaba que en tu carrera pasa algo de ese orden, tu identidad en todos los roles que interpretás, sos siempre vos aunque seas mil otras. ¿Lo percibís?

–Sí, cuando empecé a leer no sólo el libro sino también los tuits de Marie sentí que era alguien cercano por su manera de pensar. Cuando me preguntan “¿comedia o drama?”, siempre respondo las dos, porque comedia y drama son lo mismo. Para que un chiste sea bueno tiene que ser una verdad absoluta y podés terminar llorando de lo mismo que te reíste o al revés. Eso tiene que ver con una manera muy realista de ver las cosas que Marie tenía y con la que yo me identifico mucho. Ese modo de ver la verdad sin ningún artilugio puede ser dramático y cómico a la vez. Era muy ridículo pero al principio me impresionó que leyéramos lo mismo y que su música favorita pareciera mi playlist.

–La última vez que hablamos estabas a punto de estrenar La reina del miedo, tu debut como directora, que recibió un premio superimportante a la mejor actriz en el Festival de Sundance. Pero acá, tremenda ironía, el reconocimiento a tu trabajo sólo llegó con la nominación a un Cóndor de Plata que perdiste. ¿Pensás que algunas veces se paga el hecho de ser auténtica y jugar con reglas propias?

–Mmm… la verdad es que no sé si lo vería de esa manera, porque si pensás que se paga creés que deberías recibir algo a cambio por ser vos mismo. Y me parece que ser sincera es inevitable y no esperás nada a cambio por ello. Después hay gente a la que le gusta lo que hacés y otra a la que no. No quiero caer en la trampa de pensar que por ser fiel a mí misma espero que el otro lo reconozca de alguna manera. Uno inevitablemente es como es. Justo hoy leía una frase que Marie le escribió a su hijo donde le hablaba de la vida y le decía: “Recordá que lo más importante es ser uno mismo sin que te importe el resultado”. Al final del día es eso.

–Marie tiene una respuesta para todo lo que estamos hablando.

–¡Total! Es que es justamente eso, la reina del no miedo.

“Estoy convencida de que si conviviéramos con una presencia más contundente de la muerte viviríamos de otra manera, porque es imposible no relativizar las cosas si tenés presente que hay un final y que no es en doscientos mil siglos.”

–Volviendo al tema de dirigir. ¿Sentís que hay un lugar para las directoras que se cargan al hombro una película? Porque se habla mucho de paridad pero siempre queda esa duda sobre si la igualdad no es de la boca para afuera.

–La verdad es que veo un momento que está como explotado. Quizás es porque estoy metida en este mundo, pero veo a directoras que no paran de dejar su impronta, como Lucrecia Martel, que tiene un lugar impresionante de “maestra” para todos los estudiantes de cine. Me fascinan otras directoras, como Ana Katz, por ejemplo. ¡Y también en las series! En la cuarentena me la pasé mirando series y películas con mi hijo más chico y te diría que muchas son de mujeres, hay algo que está estallando más que nunca. Y seguirá.

–Me picó la curiosidad, ¿qué viste que te haya gustado mucho?

–Aclaro que también estuve mirando muchas cosas viejas (risas), pero vi la miniserie de Mark Ruffalo que me encantó (I Know This Much Is True). Ahí tenés que entregarte al melodrama total. También vi The Morning Show, que me pareció genial. En cuanto a las películas, aunque sea más viejita, quise compartir Lady Bird con mi hijo, Mujeres del siglo XX, ¿la viste? Me pareció genial, muy hermosa.

–Mucho Greta Gerwig. Pero hablando de belleza, tengo un pedido muy personal: este año murió Rosario Bléfari, una artista generacional y fundamental. Creo que todos pensamos mucho en vos cuando se fue porque no hay Silvia Prieto sin Brite. Ustedes compartieron el camino y quería pedirte unas palabras sobre ella.

–Lo de Rosario fue un golpazo tremendo. Para mí se fue una artista total, creo que nos quedó la estrella de una poeta. Porque si bien Rosario era una actriz y música increíble, fue una poeta en su modo de vivir la vida, era muy peculiar su mirada, cargada de verdad absoluta. No puedo explicarte lo presente que está en mí. Es un dolor enorme pero lo que hago inmediatamente es pensar que la tengo igual del otro lado, me sirve eso porque era alguien con tanto para dar. Pero nos dejó muchísimo. Hay que tenerla presente más que nunca, fue una adelantada en muchas cosas, con una mirada intachable. Llevó una bandera con tanta delicadeza, para nosotras es el estandarte de lo independiente, de la libertad.

–Marie llevaba una remera que decía “Mi cuerpo está acá, mi cabeza más allá”, frase de una canción de Flema. Si tuvieras que estampar tu propia remera, ¿qué diría?

–¡Ay, qué difícil! Diría: “No hay momento para la verdad”. No me gustan las frases en las remeras (risas), pero esa me parece muy hermosa y muy Marie.