Mercedes Morán: "Una vez más comprobé que cualquier hecho creativo te salva"
Actriz imprescindible de la cultura argentina, atraviesa una etapa de plenitud. Mientras espera el estreno de Mis muertos tristes, la nueva serie de Pablo Larraín basada en relatos de Mariana Enriquez, debuta como autora con Madre mía, un libro íntimo y luminoso sobre los vínculos, el paso del tiempo y la maternidad.
Mujer de risa sincera y aguerridas convicciones, Mercedes Morán es considerada una de las mejores actrices argentinas. Sin embargo, cuando murió su madre sintió que volvía a ser una niña. Por un momento temió que le agarrara la mano y la llevara con ella, como aquel espíritu materno que acechaba a Daniel Day-Lewis en El hilo fantasma. ¿Qué palabras se le ponen a alguien que te dio la vida? El libro Madre mía acompaña el camino sinuoso, imperfecto, trágico y gracioso de la propia historia.
Pocas actrices han tenido tantos hijos en la ficción como ella: Mercedes Morán bien podría ser El Aleph de las madres imaginarias y reales, ese lugar donde están sin confundirse todos los puntos del universo vistos desde todos los ángulos.
–Le dedicás el libro a todos los que pudieron perdonar a su madre. ¿Cómo es el proceso de perdonar a una madre?
–En mi caso fue un proceso largo, que comenzó desde que fui madre, siendo muy joven, cuando ese lugar común de “Cuando seas madre ya vas a entender” empezó a dar pequeños frutos. Después, también pasaron cosas de la vida. Yo crecí, mi mamá envejeció y antes de morir estuvo enferma durante años, con lo cual yo la asistí todo el tiempo. Ahí se produjo un quiebre, el inevitable cambio de rol de pasar de ser hija a cuidar a tus viejos. Eso me ayudó, me apiadé mucho de ella. Así que cuando acepté la propuesta de hacer un libro y empecé a escribir, pensé que ya estaba todo bastante revisado y superado, pero en el transcurso de la escritura me maravilló sentir que ahí de verdad concluí ese proceso de perdonarla.

Una vez más comprobé que cualquier hecho creativo te salva, algo que ya había experimentado con la actuación. También sucedió algo que fue bastante mágico: la gente de la editorial sabía que Manuela, mi hija menor, es escritora, así que propusieron que ella me fuera editando. Por lo que un poco se desprende del libro esto de que los hijos empiezan a ser tus maestros. Acá lo fue literalmente.
–Qué difícil debe ser editar a una madre, y también estar del otro lado y que te edite tu hija. ¿Cómo se llevaron?
–Nos llevamos perfecto. Yo ya había apreciado el talento de mi hija como escritora en las dos novelas que tiene publicadas. También da talleres y siempre me encantó la cantidad de alumnos que convoca. Me encuentro con gente que me cuenta “Estoy haciendo un taller con tu hija” y ahora yo también pude decir que realmente es muy buena maestra.
Fue hermoso trabajar con ella porque es muy delicada y las correcciones que me hacía eran puramente literarias. Mi práctica de la escritura hasta ahora tenía que ver con la actuación y ella me hizo entender que un libro era otra cosa. Me decía, por ejemplo: “No hace falta el remate, no empieces siempre por el principio, describí un poco más el espacio”. Me hacía recurrir a fotos… ahí fuimos encontrando la manera.
–Uno de los cuentos de Madre mía se llama “Comedia”. ¿Creés que el humor es una forma de exorcizar la propia historia?
–Sí, el sentido del humor es algo que compartimos en mi familia, si no, ¿cómo se sobrevive? Ese cuento es un chiste del que en su momento no había tomado conciencia. Yo quería estudiar teatro y para acceder al curso había que hacer unas audiciones. El profesor, Lito Cruz, nos dijo a todos los que queríamos entrar que necesitaba escucharnos haciendo un monólogo.

Yo revisé mi biblioteca, estaba muy a mano García Lorca. El monólogo de Yerma me pareció precioso pero no tuve en cuenta un detalle: yo estaba con una panza de casi ocho meses, así que cuando empecé a decirlo la respuesta de la gente fue reírse a carcajadas. Recuerdo que Lito dijo: “Esta es la base de la comedia”. Alguien estaba padeciendo y al mismo tiempo había algo en todo ese dolor que resultaba cómico. ¡Imaginate una mujer quejándose de su incapacidad para procrear estando embarazadísima! Ese día entendí el principio de la comedia.
–En "La niña santa" interpretás a una madre cuya hija está muy influida en su despertar sexual por la educación religiosa. Me sorprendieron los puntos de contacto entre el libro y esa película de Lucrecia Martel. ¿Hay algo de eso?
–Absolutamente. Con Lucrecia compartimos mucho, tenemos varios puntos en común. Ambas somos mujeres de provincia, ella es salteña y yo puntana. Nuestra niñez fue similar. Fuimos atravesadas por esas mujeres de provincia que tienen un humor particular y somos hijas de madres muy católicas. A tal punto que el catolicismo de mi madre me hizo querer ser una niña santa o pretenderlo, porque de chica yo soñaba con ser monaguilla, pero solo aceptaban varones (risas). Esa niña de la que yo soy madre en la película tiene muchas características parecidas a la que fui en mi infancia y en mi adolescencia. Qué preciosa es La niña santa.
–La última película de Almodóvar plantea los límites de la autoficción pero, por otro lado, en su cine la figura materna está siempre presente. ¿Te costó elegir qué contar y hasta dónde?
–Esa era una de las cosas que me preocupaban a la hora de ponerme a escribir. El primer pudor era hablar de algo tan personal, y el segundo fue lograr ser sincera y honesta con respecto a mi madre, aunque al mismo tiempo me daba un poco de culpa. Durante el proceso de escritura tuve una revelación que se convirtió en otro cuento del libro. Muy probablemente mi mamá fue una niña abusada, lo cual terminó de echar un manto de piedad sobre todo.

El hecho de escribir, a pesar de ser un acto íntimo y solitario, al revés de la actuación, te enfrenta al pudor de hablar de cosas personales y de hacerlo delante de la gente que forma parte de esas historias. Pero como tengo una familia que me alienta y una hija escritora, gracias a este libro terminé de entender muchas cosas, entre ellas la escritura de mi hija. Con respecto al cine y esto que decís de Almodóvar, me ha pasado muchas veces como actriz que algo de mi personaje atraviesa a la directora o al director y lo remite al vínculo con su madre. Es un vínculo que intentamos resolver a lo largo de toda la vida.
–A lo largo de tu carrera interpretaste a muchas madres. Fuiste la mamá de un niño al que le sale un diente fantasmal en La ciénaga, una que lucha contra el olvido en Elena sabe, la que se entrega a la fantasía del deseo en Sueño Florianópolis y sigue la lista… ¿A cuál de todas estas madres le tenés más cariño?
–¡Debo tener un récord de madres en la ficción! (risas) Es que las maneras de vincularse con los hijos son infinitas. Puede darse desde lugares autoritarios, horizontales, abandónicos, de sobreprotección… hay tantas madres como mujeres. Le tengo especial cariño a la que hice en Gasoleros: ahí era madre de un varón, de Nicolás Cabré, una experiencia que no tuve en la vida porque tengo tres hijas. Guardo un recuerdo especial porque Roxy en Gasoleros inauguró un rol de madre que no existía en la televisión de hace 30 años. Era una mamá que no estaba por encima de su hijo, tenían una relación completamente horizontal, era un vínculo con incorrecciones y un personaje lleno de contradicciones.

Luché mucho para que fuera así. Hasta ese momento las heroínas de los programas de televisión eran buenas, fieles y siempre decían la verdad. A Roxy la doté de muchos defectos en general y también como madre, porque yo sostenía que eso podía generar un tipo de empatía distinto con el público, una identificación no necesariamente con esa persona que quiero ser sino con la que soy. Aprendo mucho de las madres que encarno. De hecho, de la última que hice, en Mis muertos tristes, tengo que aprender a correrme de la sobreprotección, algo que estoy tratando de corregir en mi vida.
–Algo curioso entre tantas formas de maternar es que uno de tus personajes más populares, el de "El hombre de tu vida", no tenía hijos sino sobrino. Pero terraza, siempre terraza.
–(Risas) Lo que pasa es que Campanella es un gran conocedor de una mujer que es la antítesis de las que estuvimos conversando. Él sabe reflejar esa típica porteña a la que no le está yendo bien en el amor, ni en general, y está tan enojada que resulta graciosa. Gracias a esos personajes que escribía muy bien me hizo fama de buena puteadora. Te digo que darle crédito a las mujeres a la hora de putear es algo muy válido y divertido porque una buena puteada siempre había sido cosa de hombres, pero por suerte todo cambia.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

