Nico Bereciartúa: "Pasé de tocar en escenarios armados con cajones de cerveza, a tocar en el Eventim Apollo de Londres con Jimmy Page en el público"
Guitarrista de The Black Crowes, construyó una carrera que lo llevó de Riff y Viticus a escenarios internacionales, compartiendo música con figuras como John Fogerty, Ron Wood y Steven Tyler. Entre giras globales y proyectos propios, mantiene un vínculo activo con su origen, avanza en un nuevo disco solista y sostiene una certeza intacta: “Argentina es mi lugar en el mundo”.
Hay artistas que habitan la música sin anunciarse. No tocan para exhibirse ni para ocupar todo el aire. Su gesto es preciso, casi reservado. Como los silencios entre las melodías, emiten algo que no busca imponerse, pero sostiene todo lo demás. En ese pulso sin urgencia, donde el sonido deja de empujar, la canción se vuelve presencia.
Desde ese registro aparece Nico Bereciartúa. Su guitarra suena sin reclamar atención y, sin embargo, la convoca. Algo se ordena a su alrededor, como si el mundo bajara apenas la velocidad. En su manera de tocar no hay gesto de conquista ni necesidad de validación: lo envuelve una confianza callada que detiene el tiempo lo justo para que todo ocurra.
Heredero directo del rock argentino, creció entre guitarras y escenarios: tocó junto a Pappo en la última formación de Riff y giró durante años con Viticus, la banda liderada por su padre. En 2015 ganó el Premio Gardel al Mejor Disco de Artista Nuevo de Rock por Nico y fue parte de proyectos internacionales como Playing for Change. Más tarde, un video compartido en redes llamó la atención de Rich Robinson y abrió el camino que hoy lo encuentra recorriendo el mundo como guitarrista de The Black Crowes.
Y es que, entre tantas opciones posibles, la elección parece responder a un hechizo: el de la música, que cuando pasa por sus manos, ofrece una forma de salvación, tanto para quien la toca como para quien la escucha.

–Creciste en una casa donde la música era parte del paisaje cotidiano. ¿Recordás cuándo empezó a convertirse en vocación?
–Sí, hay momentos. Yo ya tocaba la guitarra con mi hermano desde la época en la que salían películas como Great Balls of Fire, sobre la vida de Jerry Lee Lewis, o Encrucijada, la historia de la canción perdida de Robert Johnson. Con mi grupo de amigos íbamos a ver a Riff, Blues Motel o Heroicos Sobrevivientes, y nuestro plan era ir a una sala de ensayo y quedarnos tres o cuatro horas tocando. También estaba eso de ir a la calle Sarmiento o Talcahuano, entrar a las casas de música y que me digan: “Nico, ¿cómo estás? El hijo de Vitico”.
Mucho se lo debo a mi viejo. Y estar cerca de Pappo también. Me acuerdo de que un día me dijo: “Tomá”, y me llevé su Les Paul negra. Me la quedé como tres años. Me decía: “Vos sos el cuidador oficial. Si te la pido para un show, le ponés cordado nuevo y me la traés”. Nunca me la pidió. De hecho, grabó Que sea rock sin esa guitarra, porque la tenía yo en mi casa.

–Contaste abiertamente que en un momento tuviste una enfermedad autoinmune que te impedía mover los dedos. Sin entrar en lo médico: ¿qué cambió en tu manera de habitar tu cuerpo como músico?
–Sí, es un tipo de artritis y estoy con medicación desde hace más de diez años. En ese momento yo no podía tocar la guitarra. Lo hacía porque era mi manera de ganarme la vida, pero el cuerpo no acompañaba. Tenía un dedo tan hinchado que no podía hacer acordes. Usaba un spray de los que usan los futbolistas, uno entero por show, para poder tocar. Los médicos me decían que era crónico, que no tenía cura. Fueron dos años de tocar con dolor. También me había atacado el pie; caminar a la mañana era un suplicio. Pero lo peor no era subirme al escenario, sino la noche, cuando apoyás la cabeza en la almohada y te preguntás qué va a pasar.
–Es loco pensar que lo que más te daba placer también te provocaba dolor.
–Desde un punto de vista psicológico debe de ser muy interesante (se ríe). Yo no hice mucha terapia y tampoco me gusta pensar que uno se causa estas cosas. Me tocó esto y podría haber sido peor. Hoy agradezco mucho. No doy por sentado poder tocar. Tuve un momento en el que no podía hacerlo y hoy estoy cumpliendo sueños; espero que el cuerpo me siga respondiendo. Fue muy loco porque cuando me diagnostican coincide con el momento en el que dejo Viticus. Estaba en un lugar que no era indicado para mí, la pasaba mal, era una nube negra. Llegaba a los ensayos con cara de culo. Cuando me fui, empecé con la medicación y, al poco tiempo, me escribió Rich Robinson, el guitarrista de The Black Crowes, después de ver un video mío que le había compartido en redes. Fue tocar fondo y recibir ese mensaje como un impulso. Grabé mi disco solista y ya no tenía ningún dolor. Fue una satisfacción enorme volver a tocar sin sufrir.

–Más que preguntarte qué sentiste al entrar a The Black Crowes, me interesa saber qué pasó una vez adentro: ¿qué descubriste de vos mismo?
–Creo que el profesionalismo: la manera de laburar, de llegar preparado. Que me manden los temas y yo, por las dudas, sacar las dos guitarras. Descubrí que tengo versatilidad y que puedo trabajar bien en ese nivel. Y, al mismo tiempo, una gratitud constante. Me hicieron sentir parte muy rápido. Estoy conociendo el mundo y compartiendo momentos con gente que antes veía como ídolos y hoy son amigos. Trato de no dar nada por sentado: hoy puedo tocar, mañana quizás no.
–¿Sabés qué vieron en vos para elegirte?
–No me lo dijeron tan directamente, pero me lo hicieron saber. En los Estados Unidos levantás un vaso y aparecen mil guitarristas increíbles; para muchos esto sería solo un gran trabajo. Para mí es el sueño de mi vida, y eso ellos lo notaron. Creo que también vieron que soy cero problemático: sano, no jodo, no me como ninguna película, ayudo cuando hay que ayudar y tengo buena predisposición. Y más allá de las distancias, la cultura yanqui y la argentina tienen cosas en común: el humor, por ejemplo. Yo cuento chistes de Tangalanga y se cagan de risa. Además, se contagian de que para mí todo esto sigue siendo nuevo.

–En paralelo, estuviste haciendo shows acústicos, en un registro mucho más íntimo. ¿Qué te da ese formato que no aparece cuando estás dentro de una banda?
–Libertad. Hacer cosas sin depender de nadie. Es lo que hago en mi casa: afinaciones abiertas, instrumentales, temas de Atahualpa Yupanqui. No es el lugar más cómodo para mí el de frontman, pero se genera una intimidad hermosa. Es como tocar en el living de casa. La Argentina es mi lugar en el mundo. Y, claro, los Crowes ayudaron a que más gente se acerque. Lo más lindo es ver cómo personas que no me conocen se alegran por mí, como si fuese un logro compartido.
–Pasaste de la lógica del rock argentino a una maquinaria global muy aceitada. ¿Encontrás grandes diferencias?
–Sí, sobre todo en la logística y el respeto por los horarios. Allá todo funciona perfecto: si te dicen que a las nueve es el show, a las nueve estás tocando. Acá te dicen que la prueba es a las cinco y a las seis y media recién están armando el bombo. Es un caos hermoso. Yo me siento cómodo en los dos mundos. Pasé de tocar en escenarios armados con cajones de cerveza, después de seis bandas y con todos en pedo, a tocar en el Eventim Apollo de Londres con Jimmy Page en el público. Y en ese momento pensaba más en mis viejos –que habían ido a ver a Emerson, Lake & Palmer ahí en el 73, con mi vieja embarazada de mi hermana– que en el logro en sí. Me explotaba el corazón de amor.

–Hoy tus historias cotidianas incluyen a figuras que forman parte de la historia grande de la música. ¿Cómo convivís con eso sin que se te dispare el ego?
–Tampoco soy muy ambicioso. Si te volvés loco con eso, dejás de disfrutar el momento. La felicidad no es algo continuo: se arma con pequeños instantes. Conocer a Jimmy Page fue un desborde de felicidad, pero sobre todo un aprendizaje. Estaba ahí como uno más, con el pase colgado para entrar. Cuando terminó el show, el staff ya estaba desarmando y había gente contra la valla gritándole. La mujer le dijo: “Te quieren saludar, acercate”. Se acercó y les dio la mano. Ahí pensás: si Jimmy Page es así, ¿cómo voy a tener ego yo? Me pasó lo mismo con Keith Richards, con Ronnie Wood, con John Fogerty. Todos desbordan humildad. Y ahí entendés que creértela no te lleva a ningún lado.
–El último Spotify Wrapped mostró al rock como uno de los géneros más escuchados en la Argentina. ¿Por qué creés que sigue generando una identificación tan fuerte?
–Hasta hace poco tenía una visión bastante apocalíptica del futuro de la música, pero ahora creo que se diversificó. Toqué en Obras con Wos hace poco y la gente se quedó ovacionando solos de batería y de guitarra. A nivel global todo es raro: la venta de tickets, las productoras, el peso de las redes, que son un arma de doble filo. Te pueden ayudar, pero también frustrar. Por eso creo que es importante que haya músicos que digan: “Nos chupa un huevo, hagámosla igual”. Porque al final del día, lo más importante sigue siendo la música.
*Nico Bereciartúa se presentará el 5 de enero en El Pionero y el 9 de enero en Ferona (Uruguay).
Fotos: Guido Adler

