A días de su regreso a la Argentina: un recorrido por el presente de Mon Laferte
Visceral, disruptiva y siempre cambiante, la cantante chilenomexicana convierte cada etapa de su vida en una nueva identidad artística. En Femme Fatale, explora sus zonas más oscuras y reafirma una estética donde la intensidad emocional y la libertad creativa conviven sin límites.
Hay un hilo invisible que une el patio de su escuela en Viña del Mar con los antros de Valparaíso donde con apenas 14 años debía trabajar para llevar dinero a casa, La Casona del puerto de Veracruz o los escenarios más grandes del continente. En todos esos lugares donde alguna vez Norma Monserrat Bustamante Laferte cantó las melodías más desgarradoras que su corazón podía soportar, tuvo un solo norte: ser amada.
Con olor a monedas sucias en las manos, con un padre abandónico al que persiguió para saber por qué se fue de la familia, con un novio 21 años mayor que ella que oficiaba de manager y se quedaba con la mitad de sus primeras ganancias, con una oportunidad en la televisión chilena que sería la puerta de entrada a la fama pero de salida de su tierra, construyó la identidad de Mon Laferte, una de las artistas latinoamericanas más potentes de los últimos tiempos.

Durante años, el motor de su vida entera fue una urgencia de aceptación que ella misma confesó: “Me esforcé mucho toda la vida para demostrar que sí era suficiente. Y también me acostumbré a hacer cosas excepcionales para que me quisieran. Para que la gente me quisiera”. Su documental Mon Laferte, te amo y su álbum Autopoiética fueron una especie del principio del fin de esa reparación que le costó tantos años de carrera pero también hasta casi la propia vida. Es una frase que durante décadas esperó escuchar de los demás y que hoy, finalmente, se dice a sí misma frente al espejo de su historia.
Esa necesidad de afecto y validación encontró su forma definitiva en un gesto permanente. Mon lleva tatuada en el pecho esa misma frase: “Te amo”. Es un mensaje estratégico, ubicado ahí para que sea lo primero que Joelcito, su hijo, vea al estar entre sus brazos. La decisión de ser madre con todos los tratamientos que fueran necesarios transformó esa antigua sed de amor en una ofrenda, porque el amor nunca más será una búsqueda, sino una certeza de que está con ella para siempre.
Tal vez soy esa Femme Fatale
Con esa seguridad grabada en la piel, Mon Laferte aterriza este 21 de mayo en Buenos Aires para presentar Femme Fatale en el Movistar Arena, un álbum que es, ante todo, un ejercicio de rebeldía. Durante años, la industria intentó encasillarla bajo esa etiqueta de mujer fatal “con bastante liviandad, como si me conocieran”, y si bien lo aceptaba creyendo que tenía que ver más con lo estético y su arte, le hacía ruido que buscaran reducir su intensidad a una mera seducción oportunista. El cine, el teatro y las historias se han encargado de mostrar a aquellas legendarias mujeres como las malvadas del cuento, las poderosas que utilizan sus atributos físicos para conquistar a aquellos hombres que, pobrecitos ellos…, no se pueden resistir.

Pero Mon decidió hackear el arquetipo. Su paso por el Teatro de los Insurgentes en México para interpretar a Sally Bowles en el clásico musical Cabaret fue el laboratorio donde entendió que esa mujer fatal podía ser, en realidad, una mujer profundamente herida. Allí descubrió que las plumas, las pestañas postizas y los vestidos de seda vulgar no eran para aquellos hombres, sino para sostenerse a sí mismas.
Ese descubrimiento histórico y artístico se materializa en este nuevo álbum, donde el jazz y las sombras del club clandestino se mezclan para narrar las complejidades de su ansiedad y el deseo sin filtros desde la primera canción. Por eso no duda en ser honesta y permitir que el video de “Otra noche de llorar” sea una representación del drama, el encierro y el dolor que alguna vez sintió cuando le fueron infiel y se hundió en una depresión de la que temió no salir con vida. Paradójicamente, fue aquel abismo el que dio paso a “Tu falta de querer” y al salto definitivo de su carrera.

Me lo merezco todo
Cuando en la conferencia de prensa del último Festival de Viña del Mar le preguntaron si compartía con Shakira su nuevo manifiesto de que las mujeres ya no lloran, retrucó rápidamente entre risas y certezas: “Yo lloro y facturo”. Esa sensibilidad, que en otros momentos de su vida debió ocultar para sobrevivir, hoy es la clave de su mejor versión. “Esta cosa de querer estar felices todo el tiempo la odio. Siempre quieren vender algo, un pensamiento súper capitalista de que tenemos que ser felices, vernos lindos, que el glow up, que la crema, que el libro de autoayuda… Y no, está bien sentirlo todo”, reflexionaba.

También hay momentos en los que no teme que sus larguísimas uñas esculpidas se conviertan en garras, y las palabras, en verdadero campo de batalla para defenderse. Cuando quedó envuelta en una polémica tras el reclamo de artistas visuales chilenos que denunciaban que habían sido desplazados de los espacios de exposiciones por “figuras del espectáculo”, no dudó en responder abiertamente: “Yo soy un animal, una tora, una yegua como Lemebel. Siéntate en el piano, destruye la métrica, grita en vez de cantarʼ, decía la Violeta. Yo no ando queriendo ocupar el espacio de nadie, pero tampoco voy a andar disculpándome por ocupar el mío. Aquí tienen mi historia y ¿saben qué? Si esto se trata de meritocracia, entonces yo me lo merezco todo”.
Esa rudeza, forjada entre abusos, hambre y desarraigo, no teme salir en el momento exacto donde su integridad es puesta en duda o la realidad social de su Chile merece ser visibilizada. Al fin y al cabo, tal como supo pedir Víctor Jara, lo único que busca y sabe que merece es el derecho a vivir en paz. Ya no es el entretenimiento ni la moneda de cambio de los demás, sino la directora de toda la orquesta que hay detrás suyo.
Intensamente viva
En la intimidad de su documental, se la ve en la previa de un show, rodeada de sus músicos en un círculo de adrenalina contenida, lanzando su arenga previa a salir al escenario: “¡Con todo, si no pa’ qué!”. Esa frase no es un slogan de autoayuda, es la síntesis real de una vida construida a base de saltos al vacío. Fue ese impulso el que le permitió soportar el encierro de un concurso de televisión en Chile porque sabía que era la única puerta entreabierta, y el mismo que la empujó a irse a México sin nada más que unos ahorros, buscando eso que su tierra le negaba.

Mon no sabe de grises: cuando la vida la hundió en la depresión más profunda y un intento de suicidio, un día logró salir de la cama y conectar todos los alargues que tenía en su casa que acumulaba deudas de luz, para así engancharse del vecino y maquetar el disco que tiempo después fue su primer platino: Mon Laferte, Vol. 1. Esa entrega total es la que se ve en una exigencia técnica feroz.
El “con todo” significa hoy el perfeccionismo de componer canciones deliberadamente difíciles de cantar solo por el placer del desafío. Es aceptar grabar un Tiny Desk histórico en el pueblo que se volvió su hogar, Tepoztlán, pudiendo apenas respirar porque su Joel ya estaba a punto de salir al mundo. Es volverse dueña de sus propios másters y gestionar su carrera con la misma intensidad con la que protege su galería de arte, Manifiesto.

A sus 41 años, y con la certeza de estar rodeada de todo el afecto que necesita, ni más ni menos, pisa una vez más el país donde el público la abraza como nadie y donde Mon sabe que sí está su buen amor.
Fotos: Mayra Ortiz

