FELICITAS PIZARRO • LA SONRISA VERTICAL

Desde hace dos años integra el jurado de El gran premio de la cocina y dice que hasta en el peaje la reconocen. Cómo fue el camino que llevó a la elegida de Jamie Oliver a transformarse en la chef más simpática y fresca de la tele.


“Guau, 90 días.” Felicitas Pizarro suspira cuando se le recuerda el tiempo que lleva la cuarentena. Sin embargo, da la impresión de que ella no paró un solo segundo, ni antes del coronavirus ni ahora. Al punto de que le costó encontrar un rato libre para hablar con EPU. Entre las grabaciones de El gran premio de la cocina, el programa de El Trece donde es parte del jurado (finalizó una competencia el viernes 12 y ya el lunes 15 comenzó otra); las restricciones impuestas por la pandemia; su hijo Ramón, de tres años; la vida en familia, y un ritmo frenético de trabajo, la chef y sommelier de 35 años ocupa todo el día. Pero trató y trató, porque, tal como puede apreciarse en la tele, es pura amabilidad y buena onda.

Con muy buena presencia y actividad en Instagram (336 mil seguidores) y un canal de YouTube con menos expansión pero activo (99.400 suscriptores), tres ciclos en la señal El Gourmet y dos libros publicados, Felicitas conoció la verdadera masividad hace dos años, cuando la llamaron para ser parte de El gran premio… Para muchos, las redes parecen ser la última gaseosa en el desierto, pero en términos de popularidad, nada como la tele. “Vas al supermercado y la gente te habla como si te conociera. En el cajero automático lo mismo, o en el peaje. O vas por la calle y te quieren abrazar porque sienten que te conocen”, cuenta, sin salir del asombro.

–¿Considerás que ese magnetismo tiene que ver también con tu manera de ser?

–Creo que a la gente le intereso porque me muestro como soy. La frescura y la simpatía. Amo cocinar y lo hago con técnicas comunes y corrientes. No hago alta cocina, no voy por ese lado, que me fascina y lo admiro. Pero tal vez mostrarme sincera y honesta con lo que sé hacer me acercó a mucha gente.

–¿Notás que esa simpleza en la cocina repercute más ahora, en tiempos de pandemia?

–¡Sí! Un día subí unos buñuelos y me hicieron millones de preguntas. Dije: “Ah, OK, volvemos a las bases”. Siempre está bueno dar una idea de cómo cocinar algo simple. Algunas marcas me sugirieron hacer cosas en conjunto, y a mí en cuarentena me hacía ruido promocionar productos difíciles de conseguir; sobre todo al principio, que había desabastecimiento y la gente no salía a comprar. No me parecía creíble ni empático. Entonces volví a lo básico y me quise mostrar como cualquier chica que cocina en su casa. Lo más simple posible.

–En ese sentido, ¿percibiste un aumento de seguidores y de tráfico en tus redes?

–Sí, aumentaron los seguidores. La gente se descubrió sola en su casa, comiendo los primeros días lo que comió siempre, pero cuando se dio cuenta de que esto iba para largo… Y también creo que hay contagio cuando se ve que los vecinos o los amigos cocinan algo nuevo. Para mí es buenísimo, una explosión de mucha gente que me comenta, que muestra la foto de lo que ha hecho. También estoy en tele, en un horario muy de la tarde y haciendo muy buen rating.

“Cuando te metés en la tele abierta es mucho trabajo, mucha la exposición y además no sabés para dónde va a ir el programa. Y la verdad es que la experiencia es superpositiva.”

–¿Qué te atrae y qué no te gusta de las redes?

–A mí me pasa que cuando se convierten en lugares de chivos, ventas y canjes, o cuando alguien basa sus recomendaciones en algo que es pago, empiezo a descreer. Hay un montón de cocineros a los que veo simplemente cocinar, sin ánimos de ventas, por el solo hecho de dar una linda receta, y eso me encanta, me parece muy válido. En redes ya estamos todos; pero si una se quiere destacar tiene que hablar un idioma que todos entendamos. O tal vez encontrar qué es lo que falta y aún no se haya dicho.

–¿Cuáles son tus hits?

–Suelen ser las cosas más simples. Budines, por ejemplo. Y cuando subo una foto de mi vida privada, eso explota. El otro día subí una comiendo un revuelto Gramajo, en pijama, sentada en la cocina a las tres de la tarde y tomando una cerveza, y fue un boom. Y la parrilla, claro, donde me siento supercómoda y las mujeres tal vez no estaban muy presentes.

Las seis décadas que median entre el kilómetro cero de la cocina en la TV argentina (claro: Doña Petrona) y El gran premio… podrían resumirse en la breve pero intensa carrera de Felicitas Pizarro. Pasaron seis años de aquel video enviado a un concurso de cocineros de YouTube donde en sólo cinco minutos resolvió la doble maniobra de asar un bife de chorizo con arroz y chimichurri y cautivar a Jamie Oliver. Una carta de presentación que rebalsa desparpajo y refleja las enseñanzas de su papá Francisco en el arte de manejar la parrilla y las brasas. El desenfado y la simpatía (más un inglés perfeccionado en el club de polo de General Rodríguez, donde fue jefa de cocina) hicieron magia: ella, una desconocida de veintipico, que había hecho su carrera gastronómica (sommellerie incluida) en las sombras, era apuntada por el índice del niño rebelde de la cocina mundial, el británico que todo lo convierte en oro.

El final es conocido: ganó el concurso e inmediatamente conoció la fama. Con semejante padrinazgo no tardaron en venir You Cook, su primer libro para Sudamericana (en 2018 publicó Cocina feliz en la misma editorial; ver recuadro), los programas en El Gourmet (a la fecha son tres; el último, Felicitas parrillera) y las invitaciones a la feria Masticar, donde la primera vez fue a lo seguro y subió a cocinar con su abuela Valentina, hoy de 90 años, a quien califica de “vanguardista y adelantada a su tiempo” y de la que aprendió mucho de lo que sabe.

Hasta que hace dos años llegó la oferta de El Trece. “Yo siempre dije que no a la tele abierta porque sentía que era meterme en la boca del lobo. Me ofrecieron un montón de magazines donde fuera la cocinera y la verdad es que no me sentía preparada. Me iban a terminar pidiendo que bailara con los invitados”, se ríe. “Pero después de varias temporadas en El Gourmet, donde me fue superbién, sentí que ya estaba parada en otro lugar. Cuando vi que estaba Christian Petersen –persona a la que admiro– como jurado y que iba a ser una competencia, me pareció otro enfoque. Fue difícil la decisión, yo tenía un hijo chiquito. Cuando te metés en la tele abierta es mucho trabajo, mucha la exposición y además no sabés para dónde va a ir el programa. Y la verdad es que la experiencia es superpositiva”, afirma con satisfacción.

“En redes ya estamos todos; pero si una se quiere destacar tiene que hablar un idioma que todos entendamos. O tal vez encontrar qué es lo que falta y aún no se haya dicho.”

–Muchas veces declaraste que al haber surgido de un concurso sentías que te faltaba ese plus que da comenzar la carrera en un gran restaurante o bajo el ala de un chef célebre. ¿Te sacaste de encima por fin esa mochila?

–No. Siento que me faltó eso y que seguramente siempre me falte. Por más que pueda hacer un montón de cosas hoy, o esté en lugares en donde nunca pensé que iba a estar, o no me crea menos que ningún cocinero, me pesa todavía. Sé que muchos quisieran lograr lo que yo logré, pero creo que quieren ser como yo por la exposición. De verdad lo pienso así.

–¿Y el sueño del restaurante propio, algo de lo que también hablaste en varias ocasiones, todavía sigue?

–Agradezco no tenerlo hoy, con esta realidad. Pero, en serio, después de que pase esto, me encantaría. Lo vengo pensando, analizando, tengo ganas e ideas.

Corazón contento

A cuatro años de la salida de You Cook, Sudamericana lanzó Cocina feliz. Comé como quieras, comé bien, y la propuesta de Felicitas se reencontró con ese canal único que es el libro (por objeto estético, por practicidad, por la felicidad que provoca tenerlo en un estante, siempre a mano). Preparaciones para comer con las manos, para el desayuno, para todos los días (y las noches) y dulces dulcísimos, en una colección de recetas frescas, cancheras y entrañables. Como ella.

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