Dalia Gutmann, 20 años arriba del escenario: "El humor es tragedia más tiempo"
Los jueves de julio, la comediante sube al escenario del Teatro Astros con “No me calmo nada!”, un espectáculo donde, fiel a su estilo verborrágico y desenfrenado, convierte en comedia el caos de ser una mujer que no encaja en ningún molde
Hay algo distinto en este show de Dalia Gutmann, algo más firme, más asentado. Después de veinte años arriba de un escenario haciendo reír a la gente, la comediante parece haber encontrado un nuevo lugar desde donde pararse: el de estar plantada en quién es, sin pedir permiso, sin necesidad de calmarse para nadie y habitando más que nunca el presente. En un tramo del unipersonal, Dalia recuerda esa adolescencia de los '90 en la que el desamor tenía soundtrack propio: nos poníamos el tema “Te recuerdo” o “Desierto sin amor” y sabíamos sufrir con estilo.
En el festejo de la función número 100, la anécdota dejó de ser añoranza para volverse realidad cuando CAE irrumpió como invitado especial y cantó sus hits con una platea llena coreando cada estrofa. Aunque no se sabe a ciencia cierta cuándo se repetirá eso, ni falta que hace, porque “No me calmo nada!” funciona solo, sin necesidad de invitados.
Ahí está Gutmann, con su caos de siempre, su intensidad, sus dudas, todo eso tan de ella que la hace genuina y reconocible. Ingeniosa para leer una época y, sobre todo, para leerse a sí misma, la artista logra ese efecto que solo consigue el buen stand up: que miles de personas, a través del humor, se identifiquen en una sola historia. Todos los jueves de julio, en el Teatro Astros, ese ritual se repitió.

–El título del show tiene algo que te define de entrada. ¿De dónde viene?
–Yo pertenezco al grupo de la gente intensa. Me dedico a la comedia pero soy dramática, exagerada: todo es re importante todo el tiempo. Y hay quien te encuentra infumable y te quiere calmar. Pasa mucho con los intensos, que una gran mayoría te quiere tranquilizar. Entonces, es como una decisión de vida: soy así, vivo así y voy a tratar de juntarme con gente que me banque. De ahí viene el “No me calmo nada”. Y además hay algo específico en que a la mina intensa siempre la quieran calmar, hay una cosa de género ahí, y yo no me quedo con eso: soy así y pienso seguir siéndolo, porque me gusta; siempre y cuando no esté jodiéndole la vida a los demás, no me vengas a querer cambiar mi estilo.
–Tu materia prima siempre fue transformar lo que te obsesiona, lo que te angustia, lo que te ocupa en algo humorístico. ¿Existe algún límite donde algo te resulta tan fuerte o te sentís tan expuesta que preferís guardártelo para vos?
–En general, uno puede hacer comedia con los temas más dramáticos del mundo. Lo que pasa es que a veces es más difícil con ciertas cosas, la muerte, por ejemplo. A mí me gusta jugar con eso, especialmente cuando algo me hizo sufrir, me llevó un tiempo, la pasé mal, pero después, con terapia o con lo que sea, pude verlo desde un lugar donde ya no me afecta tanto. Convertir eso en humor me parece espectacular.

Hay una frase muy conocida: “El humor es tragedia más tiempo”, y creo que cuando uno se puede reír con algo es porque ya lo puede ver desde otro lado. Yo tuve cáncer de mama, en un momento hice comedia con eso y después sentí que ya era suficiente y no quería seguir trayendo ese tema a mi show. Así que sí, hay un límite, pero es más intuitivo que racional.
–¿Sentís desde el escenario ese alivio que produce el reconocimiento, cuando algo que nos pesa se dice en voz alta y la sala se ríe?
–Sí. Reírse es aliviador, salís del teatro más liviano espiritualmente. Muchas veces me han dicho cosas como “hoy tuve un día muy difícil, qué bien que me hizo venir” o “me ahorraste mucho tiempo de terapia” y esta re bueno; después uno vuelve al quilombo de su vida, claro. Pero hay algo que siempre me fascinó de este género: cuando empecé a ver y hacer stand-up, me resultaba increíble que alguien se riera de cosas que a mí me hacían sufrir, que alguien hubiera logrado dar vuelta ese dolor y convertirlo en comedia. Eso me marcó desde el principio. Si al público le pasa algo parecido cuando viene a verme, para mí eso es parte del plan.

–El stand-up es un género muy solitario, estás vos y tus propios pensamientos. En ese diálogo interno que sucede en vivo, frente a la gente, ¿qué es lo que más te divierte y lo que más te desafía?
–Me costó muchos años dominar mis pensamientos arriba del escenario. Soy hiper dispersa, entonces trabajo mucho para que nada me saque de foco: si veo a alguien con cara de orto, tengo que desactivar eso al toque, porque yo quiero actuarle a los que vinieron a divertirse. El laburo máximo del que hace un show unipersonal es no dejar entrar a los pensamientos intrusivos que te quieren joder y poder estar clavada en el escenario. Es un desafío enorme para mí, pero ahora estoy muy concentrada en que nada me cague la función. Y en eso también ayuda que ahora no me siento tan sola, tengo un equipazo: la productora ejecutiva es mi amiga del jardín, la directora es lo más, estoy con gente que quiero de verdad y estoy cómoda. Me llevó mucho tiempo descubrir que ese era un ingrediente que me faltaba.
–¿Cómo te llevás con el hate, sobre todo en un contexto de redes donde es tan fácil y tan instantáneo?
–Depende del momento del mes y del día en que te agarren las cosas. Una cosa es recibir hate un día que estás re empoderada y otra muy distinta es cuando estás con la autoestima endeble, hormonal, con la guardia baja. En general, como soy una neurótica que ya me bardeo bastante sola, el hate externo no me hace tanta mella.

Además, creo profundamente que nadie que esté bien humanamente va a escribirle a alguien “¿quién te creés que sos, pelotuda?”. Habla más de lo mal que está esa persona que de otra cosa. Yo puedo pensar que algo es una porquería, pero nunca se me ocurriría comentarlo en una red social. Entonces, trato de dominar más el vínculo conmigo misma que de enojarme con alguien que no sé bien quién es.
Fotos: Alejandra López

