Lionel Scaloni, el hombre que transformó una misión imposible en la proeza colectiva más grande de las últimas décadas

Un país entero se detiene y respira fútbol, soñando con el bicampeonato mundial. En ese escenario se agiganta la figura del hombre nacido el 16 de mayo de 1978 en Pujato, provincia de Santa Fe. Lionel Sebastián Scaloni transformó una misión imposible en la proeza colectiva más grande de las últimas décadas. Que este equipo haya sido bautizado como “La Scaloneta” es el reconocimiento a un líder que supo reconstruir la identidad de la Albiceleste desde la humildad, el compromiso y la coherencia, aun cuando prácticamente nadie confiaba en él. Scaloni lo entendió mejor que nadie: en entornos donde el escepticismo es la norma, la única respuesta legítima es la ejecución impecable. Por eso esta nota no es sobre táctica ni esquemas, sino sobre el recorrido de quien llegó a liderar a un grupo humano capaz de poner en juego ni más ni menos que la felicidad de un país.

DESDE EL ORIGEN

Formado en las inferiores de Newellʼs Old Boys, club con el que debutó en la Primera División en 1995, luego pasó a Estudiantes de La Plata y fue justamente en el predio de entrenamiento del “Pincha” donde su despliegue físico y temperamento llamaron la atención del seleccionador juvenil José Pékerman. 1997 fue un año bisagra: salió campeón del mundo Sub-20 en Malasia, anotando un gol clave ante Brasil en los cuartos de final. La consagración, junto a Walter Samuel y Pablo Aimar, dos de sus emblemáticos ayudantes de campo en la actual Selección, lo catapultó al fútbol europeo, fichando por el Deportivo La Coruña.

Tras ocho temporadas en las que se convirtió en ídolo y referente del histórico del Depor (conquistó la Liga en 1999 y 2000, la Copa del Rey en 2002 y dos Supercopas de España), pasó por el West Ham de Inglaterra, el Racing de Santander, la Lazio y el Atalanta de Italia. Pero fue jugando a préstamo en el Mallorca donde conoció a quien hoy es su esposa, la española Elisa Montero, madre de sus dos hijos, Ian y Noah.

En 2006 Pékerman comandaba la Selección Mayor y lo convocó para el Mundial de Alemania. Como jugador disputó un único partido en los octavos de final frente a México, del que Argentina se llevó un 2-1 tras el tiempo suplementario, pero como futuro entrenador inició entonces un vínculo trascendental. Además de compartir habitación y tratar de quitarle presión a un jovencísimo Lionel Messi de 19 años, se dice que fue el técnico santafesino quien gestionó internamente que le otorgaran la camiseta número 19, con la que Leo se sentía más cómodo.

LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA

Tras colgar los botines en 2015, el pujatense se instaló en Mallorca y comenzó a proyectar su carrera como director técnico. “Yo me hice entrenador cuando dejé de jugar, para volver a sentir esas emociones”, confesó sobre aquel vacío que sintió al retirarse. Fue en Son Caliu, dirigiendo a chicos de 14 años en un club de barrio de Mallorca, donde empezó a forjar esa templanza y compromiso que, años más tarde, lo llevarían a la cima del mundo.

Jorge Sampaoli lo sumó como analista de rivales y ayudante de campo en el Sevilla y posteriormente en la Selección. Tras la traumática eliminación argentina en octavos de final y la salida del DT, Scaloni pidió quedar a cargo de la Selección Sub-20. Después de ganar el Torneo de L'Alcúdia, Claudio “Chiqui” Tapia le ofreció el interinato en la Selección Mayor.

“Lo primero que hicimos en esa convocatoria fue una videollamada con Messi y le contamos la situación; merecía saber, era el capitán. Se puso contento, se empezó a reír porque era llamativo. En ese momento no se esperaba que nosotros nos hagamos cargo –contó entonces Scaloni sobre la reacción del 10 a la noticia–. Le dijimos que nuestra idea era reclutar a la mayor cantidad de jugadores posibles y después de esos seis partidos, el entrenador que viniera tomaría la decisión en base a lo que se vio. Messi nos apoyó y nos deseó suerte, fue un momento inolvidable”.

Sin embargo, gran parte de la prensa y de la opinión pública criticó la decisión de forma feroz debido a la falta de experiencia de ese cuerpo técnico. Nacía así una revolución silenciosa.

LA LLORONA

En pleno Mundial 2026, durante una conferencia de prensa, una periodista le consultó al entrenador qué le deseaba a La Pulga para su cumpleaños número 39. Tres días antes del 24 de junio, Scaloni sonrió: “Lo mismo que queremos todos... que sea feliz. ¿Se imaginaban otra cosa?”. Esas palabras no fueron al azar, está claro que supo leer como nadie lo que el capitán necesitaba para brillar, porque cuando Messi está contento en un grupo hace lo que mejor sabe: divertirse jugando a la pelota.

Esa capacidad de leer a las personas y los momentos explica también por qué no se desespera cuando un partido se desordena o Argentina va perdiendo. Y que quede claro: eso no es frialdad. El Gringo llora en la cancha, se emociona en sus declaraciones, no esconde nada. “Me dicen ‘La Llorona’ en el vestuario, pero a mí no me importa”, compartió. Su calma no habla de ausencia de emoción, sino de la capacidad titánica de conducir aun cuando el sentimiento es abrumador. La epifanía de este hombre no radica en negar la presión extrema, sino en transformarla en dirección en el campo de juego.

Quizás el gran triunfo de Scaloni es haber formado un equipo donde los vínculos sostienen los logros. Para él, la dirección técnica se basa en la cercanía y en los rituales grupales durante las concentraciones. “Nosotros no nos vamos a cansar de decirles a los jugadores que esos son los mejores momentos... Yo soy entrenador, no porque me guste el 4-3-3, sino porque me gusta volver a vivir esto de estar con compañeros tomando mate, jugando al truco, comiendo un asado –dijo en una conferencia, y añadió–: Son cosas que valen oro, más allá de cualquier resultado; si lo único que hacés es pensar en el partido y no disfrutás, al final llegás quemado”.

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD

El estilo de la Scaloneta no nació de un manual táctico –que igual el Gringo lo tiene; recordemos que es entrenador UEFA PRO–, sino de una necesidad personal. Gestionar un plantel como lo hizo Scaloni todos estos años es algo que nunca se había logrado en Argentina. Basta ver la comunión que existe entre los futbolistas y su cuerpo técnico para entenderlo. No impone, escucha; no busca demostrar autoridad, busca consensuar. Ahí está, tal vez, la clave de su liderazgo: un verdadero líder no es el que tiene todas las respuestas, sino el que construye un equipo capaz de encontrarlas juntos.

Por eso no sorprende que, cuando habla de conducción, no hable de táctica, sino de inspirar, transmitir y ayudar a que cada uno saque lo mejor que tiene adentro. Antes de que los jugadores salgan a la cancha, el entrenador les dice: “Disfrutá”. ¿Cómo no vas a dejar la vida por un tipo que, antes de pedirte un resultado, se preocupa por que la pases bien? Esa es la esencia más noble del liderazgo: no exige obediencia, sino que gana una entrega absoluta.

Esta semana, minutos después de haber clasificado a la final, Scaloni dio una muestra más de esa coherencia cuando un periodista lo llenó de elogios y le dijo que el partido lo había ganado él junto a su cuerpo técnico. El DT no dudó: “Hacemos lo que creemos que el partido necesita. Nos podemos equivocar, pero, como entrenador, quiero sacar lo mejor del equipo. Sin jugadores no vamos a ningún lado, yo no soy ningún mago, lo digo de corazón”. Y cerró con la frase que resume todo su espíritu deportivo: “Por delante, siempre está el equipo”.

A horas de jugar una nueva final se empiezan a acabar los adjetivos para describir lo que hace este grupo: Copa América 2021, Finalissima 2022, Mundial de Qatar 2022, Copa América 2024 y, el domingo 19, en Nueva Jersey...

Scaloni devolvió al pueblo el sentido de pertenencia. Gracias a él, hoy la Selección es un espejo donde los argentinos queremos mirarnos. El legado de este entrenador ya es eterno. Nos recordó una y mil veces que hay que creer hasta el final, que este equipo nunca te va a dejar tirado, porque cuando se queda sin piernas sigue jugando con el corazón. Todos hablan del último tango de Messi y es triste, sí. Lo que nadie quiere pensar es que, tarde o temprano, también llegará el último baile de Scaloni. Ojalá demore una eternidad.

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