Joaquín Vítola: "La clave es siempre sentirme un alumno"
Tras una etapa de cambios, el líder de Indios retoma el pulso de la banda nacida en Rosario y presenta su nuevo disco, Artificio, en el Complejo Art Media. En diálogo con EPU, lo define como “el resultado de hacer arte”, reconoce que la curiosidad es su mayor motor creativo y afirma: “La clave es siempre sentirme un alumno”.
A Joaquín Vítola se le nota esa sed de probar, de aprender, de buscar. No parece temerle a la transformación o a meterse en distintos universos. Pero hay algo que mantiene: esa esencia singular que lo caracteriza y que deja fluir cada vez que pisa el escenario junto a Nicolás de Sanctis, Patricio Sánchez Almeyra, Guillermo Montironi, Agustín Majdalani y Federico Pellegrini. Esa banda que nació durante su adolescencia en Rosario y a la que bautizaron Indios en una servilleta de papel sigue teniendo la frescura del principio. Hoy, a seis años de su disco Besos en la espalda, sus integrantes se reencontraron para lanzar Artificio, una creación que los unió para descubrir su evolución sonora y artística.
Jugando como siempre un poco al rock, otro poco al pop, a lo duro y a lo blando, a ser showmans y a la vez profundos e introspectivos, en su nueva oleada de shows ya tocaron en Niceto Club, Cosquín Rock, Lollapalooza Chile, el Festival Bandera, el Buena Vibra, el Harlem Festival y la Fiesta de La Confluencia. El 23 de agosto presentan Artificio en el Complejo Art Media para volver a hacer bailar, sensibilizarse y despegar un poco los pies de la Tierra a todos sus fieles.

–A grandes rasgos, ¿qué pasó en estos años, entre el disco anterior y este que están lanzando?
–Hemos sido pacientes entre disco y disco. En la búsqueda, en lo que estábamos haciendo. En 2019 giramos, en 2020 hicimos el Vive Latino en marzo y quedamos varados una semana en un hotel en México mientras acá ya estaba todo cerrado por la cuarentena. Teníamos 15 años de actividad, mucha gira acá, en Latinoamérica, cambios de ciudad. La cuarentena nos dio de golpe unas ganas de salvajearla y decir: “¿A ver qué pasa si no contás con esto?”. El éxito de tener una banda y que te vaya a ver gente, poder conocer el mundo con la música. Y un poco la pregunta filosófica de quién soy, que creo que le puede haber pasado a todo el mundo.
Si bien en 2021 volvimos a tocar cuando se abrió todo, se dio esta cosa de dejarlo reposar, por distintas inquietudes de cada uno hacia la vida. Porque después pasa el tiempo y decís: “Bueno, siempre hice esto: shows, componer, sacar disco”. Cuando uno corta eso aparecen nuevos desafíos, vacíos. Yo hice un poco de teatro, acompañé a otros músicos. Siempre fui muy frontman, y de repente tuve otro lugar desde donde expresarme, viendo a otros brillar.

–¿Cómo fue reencontrarse para volver a crear? ¿Se encontraron muy diferentes?
–Lo que no cambia es ese algo que nos constituye y reconocemos del otro. Personalidad, qué sé yo, rasgos distintivos de cada uno, que juntos hacen que ese engranaje sea tan especial, y que así sea Indios. Sí nos refrescamos mucho en este aire que le dimos al proyecto. Indios es un organismo aparte: uno puede entrar y salir como si fuera un barco que te lleva. En esta pasividad que tuvimos, siento que acumulamos mucha energía para después desplegar.
–¿Cómo fue tu infancia en Rosario? ¿La música llegó a vos desde chico?
–Varios de nosotros somos de las afueras de Rosario, de Fisherton, una zona bien arbolada, lejos del centro. Fue una infancia muy feliz; mis viejos la rompieron. Hubo mucha bici, y al mismo tiempo mucho verde, eso me dio una paz, calles de ripio. La época que pude vivir estuvo muy linda y me dio mucha libertad para encontrarme con los amigos de la cuadra. Y después, conocer al Flaco, el bajista, y a Pirilo, el guitarrista y compositor, en un kiosquito que se llamaba Chipaco. No estábamos en un ambiente muy musical, éramos pibes que nos copábamos jugando al fútbol o haciendo cagadas. Y cuando nos encontramos con la música, descubrimos un páramo ahí. A los 15 ya estábamos haciendo canciones de corazón roto. Y ahí nació Indios.

–El concepto de lo “indie” no existía en ese momento. ¿El nombre “Indios” fue una premonición?
–Está bueno, porque en realidad “indie” viene de lo independiente, y hay algo en Indios de hacerlo por tus propios medios. Cuando tuvimos que estrenar la banda, pensamos: “¿Cómo le ponemos?”. Y después de escribir varios nombres en una servilletita, apareció Indios. Yo era fanático de Jamiroquai, de su mensaje ecologista que criticaba al sistema. Se dice que Jamiroquai viene de los iroqueses (N. de la R.: pueblo formado de tribus norteamericanas),y había algo de reivindicar a los pueblos originarios que nos gustaba. Yo iba a un colegio parroquial, había mucho de Dios, pero prefería pensar que Dios somos nosotros: vos podés modificar tu propia situación. Entonces, usamos este juego de palabras de in-dios, es decir, que el dios lo tenés adentro. Un poco budista. “Hacelo por tus propios medios, no esperes cosas de afuera, activá.”
–Dentro de la escena actual, ¿qué bandas creés que tienen esta búsqueda de hacerlo por sus propios medios?
–Justo el fin de semana estuvimos con Dillom, y él y su colectivo Rip Gang son un gran ejemplo. Tienen una capacidad muy grande de generar equipo. Usted Señálemelo, la movida mendocina, “el manso indie” le decían; Perras on the Beach también. Creo que el núcleo de la tierra manda un magma que ilumina una zona. En Córdoba pasó con Discos del Bosque, un sello independiente que hacían unos pibes. No existía Spotify y subían unos discos para descargar gratis. También pasó en Rosario con la Trova. También está bueno para las bandas que están empezando generar una red. Manos sincronizadas pueden dar un mensaje mucho más grande.

–Yendo al disco actual, ¿qué sería para vos un artificio?
–Nos divertía el artificio como un elemento alquimista, mágico, lúdico, medio de brujería. La música puede guardar algún secretito, con una guitarra se puede transmitir un mensaje. Hay que estar en eje para que uno pueda estar atento, perceptivo a situaciones que pasan. Si los ves a Charly o a Pity, tienen una antena que está todo el día prendida. Ese es el artificio: ese instrumento que te hace modificar esa energía que viene del aire, traducirla a energía eléctrica a través de un instrumento, y hacer canciones. Artificio quiere decir “el resultado de hacer arte”. Un disco es eso, si pensamos el arte como lo veo yo, como sensibilidad. No me gusta definir al artista. El Diego es un artista, ¿por qué? Porque le da tiempo a la sensibilidad. Esto de tomar un poco lo que viene de afuera y generar una obra. Puede ser un plato de comida, una jugada de golf o una canción.
–El tema “Absurdo” dice “no entiendo nada, no sé ni cómo me llamo”. ¿A qué viene esa sensación?
–La gira tiene mucho de eso. Ese no lugar, y al mismo tiempo ese lugar que más habitás, que puede ser un hotel. Decís: “¿En qué piso estoy hoy?”. Me hizo acordar a la serie Severance. Pasamos mucho tiempo en ascensores, y el descenso es inminente, porque al final perdés mucho la referencia de dónde estás. Igual, siempre abierto a que la gente interprete lo que quiera.

–“Es mala amante la fama”, canta Rosalía. ¿Coincidís con esa frase?
–La frase está buenísima y ella es la que más autorizada está para hablar del tema. Yo no la puedo identificar, o es una palabra que no la entiendo y me hace un poco de ruido. Siempre me flasheó el tema de la fama, lo famoso. Yo no me siento famoso. Pero sí está bueno en una banda ser reconocido, que la gente pueda ir a verte a ciudades que no conocés. La música nos ha llevado a conocer ciudades como San Luis Potosí, en México, que le dicen “pueblo mágico” porque tiene una historia muy identitaria. Llegás, ves todas las montañitas y hay gente cantando tus canciones. Ahí decís: “Hay algo de la globalización que me gusta”. Un vehículo para uno poder desplegar su expresión y su mensaje. Al mismo tiempo es doble filo, porque si después no podés caminar por la calle se pierde mucha intimidad. Yo prefiero estar en mi barrio y ser amigo del kiosquero.
–Pensando en otro de sus temas de antes, “Adolescencia”, ¿seguís sintiéndote un adolescente?
–Sí, porque al final adolecer es como que te falta algo, y siempre te falta algo. No existe un humano que diga “tengo todo”. Por ahí sí, pero siempre estás incompleto, tenés un error, algo por mejorar. Y yo soy uno que trata siempre de sentirse un pibe joven. Tengo 35 años, pero para mí la clave es siempre sentirme un alumno. Y eso es un poco adolecer. Veo gente más grande que yo, que me dobla de edad, pero está re fresca, y esa es la gente que está en constante investigación, sintiendo que le falta un elemento para completarse. La adolescencia es un poco de frescura, o sentirse perdido, confuso. Creo que eso siempre está en el humano.
Fotos: Giuliana Corbatta

