Agustín Aristarán: "El presente es la consecuencia de todo lo que construí"
Al frente de la versión musical de Charlie y la fábrica de chocolate, y como una de las figuras de Otro día perdido, el artista nacido en Bahía Blanca atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera. Actor, músico, mago y creador incansable, en esta entrevista repasa el camino que lo llevó de los escenarios callejeros a las grandes producciones y reflexiona sobre la vocación, el reconocimiento del público y la importancia de conservar la capacidad lúdica.
Se hizo famoso como Radagast y hoy se presenta como Soy Rada. Distintos nombres para un artista que conoce el mundo del espectáculo en su espectro más amplio. Su camino se inició en el arte callejero y lo llevó hasta escenarios míticos como el Teatro Colón. Hoy está al frente de una producción a la altura de Broadway con Charlie y la fábrica de chocolate, en la avenida Corrientes. La televisión aporta otra dimensión a este recorrido: compartir pantalla a diario con Mario Pergolini en Otro día perdido es el cierre de un círculo perfecto.
Es la distancia justa entre el adolescente que enviaba cartas desde Bahía Blanca pidiendo una oportunidad y el profesional que hoy trabaja a la par de su gran referente. Pero ese hito no marca el final del trayecto.
Lo verdaderamente singular de su trayectoria no es solo la escala que alcanzaron sus proyectos. En todos estos años nunca perdió la brújula. No habla desde la teoría, sino desde la acción, con la sencillez de quien no se olvida de sus orígenes. A contramano de los discursos empaquetados de la industria, asume la madurez como un desafío constante para no estancarse y seguir avanzando.

Su fórmula para sostener el paso firme en este oficio es puramente práctica: anclar los pies en el presente escénico, una regla que le permite mantener vivo el asombro sin tropezar con la ansiedad de lo que vendrá. Al fin de cuentas, todo su despliegue parece reducirse a una misma decisión: ser un adulto que elige transitar la vida jugando. Durante este diálogo con EPU, analiza el reconocimiento, el relevo de las nuevas generaciones y la persistencia de lo lúdico como el verdadero mapa emocional de su carrera.
–Ser Willy Wonka es un desafío enorme por la energía que demanda la obra. ¿Cómo fue tu proceso para encontrar una versión propia de un personaje tan instalado en el imaginario colectivo?
–Exige muchísimo en lo físico, algo que siempre me pasó con mis espectáculos. El gran reto con Wonka fue construir un camino propio teniendo a figuras como Johnny Depp tan presentes en la cabeza de la gente. El secreto estuvo en no intentar imitar lo conocido, sino en sumergirme en su locura y en su psicología.
–Es una puesta que atraviesa generaciones; se fascinan grandes y chicos por igual. ¿Cuál es el subtexto más fuerte que encontrás en la obra?
–Me dio una gran satisfacción notar que me viene a ver público de todas las edades por los distintos proyectos que hice en diferentes plataformas. Más allá del delirio de la puesta, el subtema real es el consumismo y la información que los padres les bajamos a los hijos. La crueldad no es de los chicos; viene de la conducta de los adultos que los rodean. Lograr que ese mensaje resuene de forma lúdica fue un gran acierto.

–Los chicos en escena suelen llevarse la atención, pero acá el talento está muy emparejado. ¿Cómo se logra esa organicidad en el escenario?
–El talento de esos pibes es impresionante. El otro día, precisamente, conversé con uno de ellos después de una función hermosa y le dije: “Hoy jugaste, no actuaste”. Esa es la diferencia clave que el público percibe: cuando estás habitando la escena en el presente, sin pensar en el texto que viene.
–En tu adolescencia le escribiste una carta a Mario Pergolini pidiéndole trabajo. Hoy comparten pantalla en la televisión. ¿Cómo se te cumplió el deseo?
–Fue una historia real. Le mandé esa carta expresando mi admiración, aunque lógicamente él nunca la leyó en ese momento. Años después, Mario vino a ver mi unipersonal y me invitó a almorzar al día siguiente porque volvía a la televisión. Se me llenó el cuerpo de preguntas, pero acepté de inmediato. Él se la jugó por mí más que nadie y por suerte la dinámica funcionó de manera excelente.

–Tenés una mirada muy lúcida y curiosa hacia las nuevas generaciones, algo poco común. ¿Cómo trabajás para mantener esa apertura?
–Es una lucha constante para no convertirme en un viejo choto. Ese concepto del tipo que reniega de todo lo nuevo y dice que el pasado fue mejor es una trampa. Tengo la suerte de tener una hija de veinte años que me trae mucha información musical y cultural. Nuestra responsabilidad como artistas es entender qué es lo valioso de lo nuevo, licuarlo con lo que ya tenemos y crear algo superador.
–Saltás de una superproducción teatral al vivo de la televisión todos los días. ¿Qué te da la pantalla que no encontrás en las tablas?
–Son códigos totalmente distintos que se complementan. Me encanta moverme en diferentes formatos, ya sea el stand-up, el musical o la ficción. La tele te da una inmediatez y un desparpajo únicos, pero el teatro sigue siendo mi refugio, ese espacio sagrado donde la conexión ocurre en tiempo real y sin filtros.

–Llevás años trabajando pero en el último tiempo el reconocimiento se intensificó. ¿Cuándo asimilaste el impacto de la masividad?
–Le escapo al término “famoso”; sé que soy muy conocido y que la gente me saluda en la calle, pero todo fue paulatino. Mi carrera avanzó paso a paso, nada llegó de golpe por un reality. Agradezco que este estallido me tocó ahora, a una edad en la que puedo procesarlo. Si me pasaba a los diecisiete años, todo hubiese sido mucho más complicado.
–¿Sentís que estás en tu mejor momento profesional? ¿Evaluaste alguna vez un plan B?
–Siento que estoy en mi mejor momento hoy, pero lo mismo dije el año pasado, el anterior, e incluso cuando hacía animaciones infantiles. El presente es la consecuencia de todo lo que construí. Ojalá el año que viene sienta que estoy mejor, porque no quiero estancarme a los 42 años. Y plan B no tuve nunca. Trabajé mucho en eventos corporativos, que es un circuito muy sacrificado donde tenés que remar contra todo, pero jamás dudé de mi vocación.

–Tu origen está en la magia, un arte que invita a creer en lo inexplicable. ¿Cómo convive ese constructor de ilusiones con tu vida cotidiana?
–Me fascinan los mundos de fantasía. Un mago que admiro mucho, Michel, dice que hacer magia es invitar al público a cruzar el espejo de Alicia. Nosotros conocemos el truco, pero el desafío es hacer que el otro se sumerja en la irrealidad. En mi vida diaria soy normal y pago Autónomos con la misma cara de culo que cualquiera, pero resguardo el juego. Cuando salgo como Wonka, no soy Agustín actuando: habito la fábrica y me permito creer firmemente en esa fantasía.
–Definiste tu vocación como el arte de entretener contando historias. ¿Cuándo fue la última vez que te conmoviste hasta las lágrimas en el escenario?
–Hace algunas funciones. Hay una escena en la que Wonka mira al nene y encuentra a su sucesor en la historia. Esa conexión me partió al medio y me conmovió pensar en el legado y en la pasión, algo muy presente en mi familia. Al final, encontré en ese fabricante de chocolate un reflejo de mí mismo: la belleza de ser un adulto que se niega a crecer y que elige pasar la vida jugando.

