Soledad Villamil: "El reconocimiento no me hace sentir que ya está, sino que me genera más entusiasmo por actuar"
Actriz, cantante, autora y directora, construyó una de las trayectorias más singulares de la escena argentina. Mientras protagoniza Las hijas junto a Pilar Gamboa y Florencia Peña, reflexiona sobre el presente de la producción audiovisual, el vínculo con el público y la curiosidad que sigue guiando su carrera. “Trabajar solo para buscar la aprobación del público te quita mucha libertad, te condiciona y te limita”.
Soledad Villamil sabe manejar los matices. Es capaz de transmitir tristeza y alegría sin perder la sutileza. Durante la charla con El Planeta Urbano, elige sus palabras con esa misma intención, esta vez para desgranar sus ideas sobre la profesión que tanto ama.
Cada noche, junto a Pilar Gamboa y Florencia Peña, integra el potente trío protagónico de Las hijas en la calle Corrientes, bajo la dirección de Adrián Suar. Allí, cuando el Alzheimer expone los primeros síntomas de debilidad y dependencia en una madre todopoderosa, el dolor y la comedia logran una catarsis conmovedora.
En tiempos de biopics y pantallas saturadas, la actriz que vivió en primer plano la alegría de un Oscar elige la ficción pura, la autogestión y el refugio de lo presencial. Nos adentramos con ella para analizar los hilos de su oficio, el abismo entre actuar y cantar, y la libertad creativa frente al público, en una conversación íntima, sofisticada y reflexiva.
–En Las hijas encarnás a Inés, quien pasa del control absoluto a la vulnerabilidad frente al Alzheimer de su madre. ¿Cómo se compone un arco dramático tan delicado?
–Me basé en la idea de que ante el dolor cada uno reacciona de maneras diferentes. Inés es un personaje que se refugia en el hacer y en tomar el control de la situación para no sentir el sufrimiento que le provoca la enfermedad y el vínculo tan tormentoso que mantiene con su madre. Se escapa del dolor hacia adelante, tratándolo como si fuera simplemente una cuestión práctica para evadir inconscientemente la tristeza y la angustia del deterioro.

–La obra expone a tres hermanas adultas lidiando con el declive de una figura materna abrumadora. ¿Qué impronta psicológica comparten?
–Es una madre jueza e independiente que dejó marcas muy impregnadas en las tres. Al no haber elaborado ese vínculo, las tres llevan a la madre como si aún fueran niñas con las heridas infantiles a flor de piel. El psicoanálisis ayuda a desenredar la trama y a separar la madre real de la imagen interna. Sin embargo, en la obra ellas no tienen esa elaboración y luchan constantemente con sus propios fantasmas.
–Hablemos del final. Sin revelar de más, hay un recurso que termina por corporizar esa ausencia. ¿Qué peso tiene esa resolución?
–La última escena es fundamental porque ese llamado expone la situación real. Hasta ese momento, todo lo que dicen las hermanas es una especulación o un deseo propio; la realidad de la enfermedad se corporiza recién cuando la madre aparece al final.
–El ritmo de la obra oscila constantemente entre la risa y el llanto. ¿Cómo se calibra ese timing tan sutil desde la dirección?
–La mirada externa de la dirección es imprescindible para ajustar el ensamble y precisar las zonas a las que vamos. Buscamos el timing de la comedia, que es muy específico. A veces se subestima la técnica que se necesita para hacer comedia, y la realidad es que puede ser casi más difícil que la técnica para el drama.

–Al momento del saludo final, la emoción colectiva en la sala es evidente. ¿Cómo se gestiona el regreso a la realidad al apagarse las luces?
–El último tercio de la obra es sumamente emocional. Cuando saludamos y se prende la luz de la sala, ver la conmoción en las caras de la platea redobla nuestra propia emoción. Es un encuentro único; de hecho, nunca me había pasado estar en una obra donde tanto las actrices arriba del escenario como el público terminamos todos profundamente conmovidos. La transición de volver a mí y a la vida ocurre abajo, en el camarín, mientras me cambio y me saco el maquillaje.
–Como actriz te amparás en un texto, pero como cantante la exposición es directa. ¿Qué abismo divide a estos dos mundos?
–En el teatro interpretás a un personaje detrás de la “cuarta pared”, esa pared invisible que separa el escenario del público generando la mayor intimidad posible, como si la platea estuviera espiando algo privado. En mis shows musicales esa pared no existe: estoy todo el tiempo teniendo en cuenta al público, interactuando, hablando y siendo yo misma –con muchas comillas–, porque siempre hay algo de ficción en el escenario, pero es muchísima menos que detrás de un personaje.
–Se te reconoce como una creadora de profunda curiosidad. ¿Es esa búsqueda constante tu principal herramienta en el escenario?
–Totalmente. Me ayuda en los ensayos, que son un proceso puro de investigación y exploración. Pero también en las funciones: sigo subiendo a escena cada noche a explorar. Aunque el teatro se repita en las palabras, siempre es distinto; hay un campo enorme para descubrir pequeñas sutilezas en la mirada, el cuerpo y la emoción en la interacción con mis compañeras.

–El teatro vive de la devolución del público. ¿Cómo lográs que esa mirada externa no condicione tu libertad creativa?
–Sin público ni mirada de afuera el acontecimiento no sucede, y cada noche el registro cambia sutilmente según la platea. Sin embargo, con los años aprendí a equilibrar eso con cierta autonomía. Trabajar solo para buscar la aprobación del público te quita mucha libertad, te condiciona y te limita. Ese equilibrio es un arte que se trabaja noche tras noche.
–En un contexto complejo para la ficción audiovisual argentina, las salas teatrales resisten llenas, ¿a qué creés que responde este fenómeno?
–Ante la crisis del audiovisual y la baja producción en televisión y plataformas, muchos actores, autores y directores nos volcamos al teatro como un lugar de refugio. Además, el público siente la necesidad de ver a sus actores en vivo al no tenerlos en la pantalla. De todas formas, el teatro también siente el golpe económico; la gente no tiene plata y debe elegir meticulosamente qué espectáculo ver. No es un momento de florecimiento absoluto, la crisis golpea a todos.
–Con el auge actual de las biopics en plataformas, llama la atención tu distancia con el género. ¿Por qué preferís evitarlo?
–La verdad es que no soy tan fanática de las biopics para protagonizarlas. Me gustan más las historias de ficción, las historias inventadas. Las biopics exigen demasiadas consideraciones y condicionamientos sobre cómo se retrata a la persona real; libertades que la ficción pura sí te permite. Me hace más ilusión contar nuevas historias.

–Con un Oscar y un reconocimiento internacional indiscutible, ¿qué motores mantienen intacto tu entusiasmo inicial?
–Mis motivaciones siguen siendo muy parecidas a las del principio; el reconocimiento no me hace sentir que ya está, sino que me genera más entusiasmo por actuar, escribir, dirigir, cantar y generar nuevos proyectos. Yo me formé a principios de los noventa con todo lo que tenía que ver con la herencia del Parakultural y de movidas muy autogestivas. Aprendí a ejercitar la autogestión y a no estar esperando que me llamen para actuar en la tele o en el cine, sino a producir de manera independiente. Esa mentalidad autogestiva es la que me impulsa, sostiene el placer por lo que hago y me impide dar nada por sentado.

