Lionel Messi, el último tango: ¿Qué lo moviliza cuando ya no le queda trofeo por ganar?
Con cinco mundiales en las piernas y Qatar tatuado en el alma, el capitán de la Selección Argentina vuelve a pararse ante el planeta, pero esta vez sin nada que demostrar. La síntesis de una vida hecha leyenda que, desde la libertad y la pasión, elige ir por más.
De repente el bombeo de todos los corazones presentes se detiene. La imagen provoca estupor, sobre todo porque el asunto en el Nu Stadium de Miami, hasta hace escasos minutos, marchaba con la normalidad de los días corrientes. Se trata de un soplo. Un santiamén. Lionel Messi entrega una foto que puede contener un tinte fatídico: se retira del campo de juego, cabizbajo, mientras se toma la pierna izquierda. Abandona un partido que Inter Miami, su equipo, le gana a Philadelphia Union, por la MLS de los Estados Unidos. Se va después de brindar dos asistencias y coquetear más de una vez con el gol propio. Ni siquiera escoge sentarse en el banco de los suplentes: se dirige directo a los vestuarios. Ocurre durante la noche del 24 de mayo de 2026 y restan apenas 18 días para el inicio de la Copa del Mundo.
El peligro está latente. El primer interrogante que surge justifica por sí mismo la preocupación global: ¿qué ocurre si Messi no llega al arranque de su sexto mundial? Entonces emerge otra pregunta: ¿qué mueve a Messi? Un hombre de casi 39 años que ya no necesita ganar el Mundial –ni nada más– para completarse, que no tiene propósitos ni sacrificios que demostrar en términos deportivos porque ya lo demostró todo.
Puede resultar imperioso regresar a la imagen que origina la tensión planetaria. Pero no porque Messi vaya a perderse la Copa del Mundo –apenas hay una “fatiga muscular en el isquiotibial izquierdo”–, sino porque algún obsesionado con la mirada lateral de los acontecimientos no consigue develar las razones por las que Messi elige estar allí, en un campo de juego del que acaba de retirarse por precaución, cuando podría estar en cualquier otra parte, con familia y amigos, en el merecido reposo de un guerrero que ya atravesó con éxito, y quizá como ningún otro de su especie, el camino del héroe que materializa toda narración literaria.

Hay algo en esa figura, tan plausible como simbólica, que condensa esta etapa de la vida de Messi mejor que cualquier logro, récord o proeza futbolística. Es la síntesis de un jugador al que ya nadie le exige ganar el Mundial para solidificar una leyenda. Es el concepto de libertad para un hombre que tuvo que reconstruir el vínculo con un país que demoró años en comprender su esencia. Podría estar en otro lugar, en infinitos lugares. Y elige estar allí: en el césped mojado, en pleno ocaso de una temporada irregular con Inter Miami y en el propio epílogo de una trayectoria que brillará en los tiempos y que ya pudo haber llegado al capítulo final. Porque los deportistas inmensos como él se retiran cuando el cuerpo empieza a decirles basta o cuando ya no tienen objetivos por perseguir.
El niño sigue vivo
La historia orgánica dice que Lionel Andrés Messi Cuccittini nació en Rosario el 24 de junio de 1987. La otra historia, la que tiene los focos, comenzó algunos años después, con una jeringa. La Pulga tenía diez años cuando los médicos le diagnosticaron una deficiencia en la hormona de crecimiento. El tratamiento consistía en la aplicación de inyecciones subcutáneas, un ritual nocturno que su padre Jorge le suministraba en las piernas.
Alguna vez lo rememoró el propio Messi: “Una vez cada noche me pinchaba la hormona del crecimiento. Y cambiaba de pierna: primero una, después otra. No me impresionaba. Al principio me la ponían mis padres, hasta que aprendí y lo hice solo”. No había ninguna garantía; solo se trataba de una apuesta: que el niño aguantara para que la biología no le cerrara las puertas antes de que él pudiera abrirlas.

Barcelona de España se hizo cargo del tratamiento cuando Messi tenía trece años. Con la historia ya transcurrida, no parece solo un detalle: el club que lo formó también lo construyó de manera textual. Y no es una alegoría, sino que la institución catalana realmente “cimentó” el cuerpo con el que Messi luego ganaría ocho Balones de Oro. Aquel desafío médico define la sustancia de un vínculo singular: lo de Messi con la pelota no es vocacional, sino existencial. El fútbol personificó el móvil por el que el crecimiento de su físico tenía una razón de ser. Ese niño, el que se inyectaba por sus propios medios todas las noches para poder correr todos los días, aún está allí. Está vivo en el campo de juego que acaba de dejar en Miami con su molestia en el isquiotibial. Está vivo cada vez que Messi decide que todavía no llegó el momento de parar.
La realización del hombre
El reloj se vuelve inmóvil. Está petrificado porque los ojos de todos apuntan a un solo sitio y en un mismo espacio temporal: la trascendencia ocurre el 18 de diciembre de 2022 en Doha, Qatar. La Selección Argentina acaba de conquistar la Copa del Mundo y Messi la levanta por primera vez. La levanta mientras llora y mientras en todos los rincones del cosmos lloran con él. El poema encuentra un cierre de fábula: el jugador más grande de su época conquista el único torneo que le faltaba, el más valioso de todos. Entonces se apaga un drama motorizado durante años por la malicia de detractores insatisfechos que empañaron el guion de una deslumbrante carrera deportiva.

“Ya está, ya está”, gesticula un Messi de 35 años, desde las vísceras del estadio Lusail, en Qatar, con la mirada dirigida a su mujer Antonela Roccuzzo y a sus hijos Thiago, Mateo y Ciro. Es la clausura perfecta porque se cree que Messi acaba de ganar el Mundial en su último mundial. Nadie imagina que, tres años y medio más tarde, con casi 39 junios en la espalda, intranquilizaría a millones de hinchas al salir reemplazado en Miami, con una molestia y a escasos días de otro mundial. Porque los cierres no siempre le ponen un final a las historias de los héroes: Messi estará en su sexto mundial. Un mundial que, en cierto modo, no necesita. Un mundial en el que Messi justificará la diferencia entre seguir porque tiene cuentas pendientes y seguir, aun como un hombre realizado, porque así lo siente.
La historia sin fin
“Es un jugador irremplazable. Con nosotros jugó partidos que solo él podía jugar, en condiciones físicas que otros no habrían podido soportar. Sus compañeros en el vestuario están pendientes de lo que hace o dice. Y la verdad es que cualquiera que lo conozca puede ver que solo es uno más”. La descripción de Messi está a cargo de Lionel Scaloni, que lo conoce desde el desastre de Rusia 2018 y que condujo el proceso de reconstrucción de la Selección Argentina que concretó el sueño en Qatar 2022.
Messi puede ser uno más en el grupo, pero es un faro: es el ejemplo y el superhéroe para sus compañeros que llegaron tras la renovación generacional que impulsó Scaloni hace ocho años. Todos los jugadores de Argentina, sobre todo los más jóvenes, siguen obnubilados las hazañas que puede hacer en los entrenamientos. Su grandeza no es acumulativa: no se explica en números, trofeos ni estadísticas; sus pares saben que conviven con el ídolo.

La incógnita que sobrevuela la imagen de Messi explora el terreno de su retiro. ¿Cuándo se terminará su carrera? La respuesta es lógica: “Al final es lo que hice toda mi vida, de chiquito, y lo que me apasiona. Lo que me gusta es jugar y competir. Cada vez que entro a la cancha, entro para ganar o intentarlo. Cuando vea que no me da físicamente, será el momento del fin”.
Surge una palabra que califica su momento: autotélico. No quiere decir que Messi solo juegue por jugar. Él sabe que estará en el Mundial para ganar. Sí, en cambio, hay un premio mayor que llegó tras la restauración de su vínculo con los hinchas de la Selección y es el de disfrutar en paz. Aquellos viejos años de críticas, cuando ganaba con Barcelona y no con Argentina, explican que Messi no llega a su sexto mundial a pesar de los años, sino gracias a lo que los años le dejaron.

Es una verdad: el último tiempo en Inter Miami no ofreció su mejor rendimiento. Hubo lesiones menores, compromisos por debajo de su nivel, espacios en los que aquel Messi imparable colisionó con la realidad de un hombre de casi 40 años en una liga que, si bien encontró cierto crecimiento, está lejos de la primera línea de Europa. Pero Messi elige estar allí: se toma la zurda camino al vestuario y enciende una señal de alerta días antes del Mundial en lugar de descansar en alguna playa paradisíaca o en una de las tantas mansiones que tiene en quién sabe cuántos sitios de la Tierra. Elige estar allí, con cinco mundiales en las piernas y Qatar tatuado en el alma. Está allí, con las reminiscencias de aquel niño de Rosario que aprendió a pincharse solo para poder correr y que siempre estará con él. Está completo, pero todavía elige estar allí porque no le alcanzó con completarse.
Fotos: Adidas

