Joaquín Navajas: "En la política, la cantidad de odio a los otros es mayor a la cantidad de aprecio a los propios"

El científico argentino fue elegido como el representante de TEDxRíodelaPlata en el escenario global de Vancouver, donde expuso una mirada lúcida sobre los desafíos de nuestro tiempo. En diálogo con El Planeta Urbano, reflexiona sobre el impacto de las redes sociales, la polarización y la dificultad de convivir con quienes piensan distinto, sin perder de vista aquello que todavía nos une.

¿Es la democracia una superstición, como provocó Borges, o la expresión de nuestra inteligencia colectiva? Sobre este interrogante, Joaquín Navajas construyó la tesis que llevó al escenario global de TED en Vancouver. Físico, doctor en Neurociencia y profesor en la Universidad Di Tella (UTDT), se define como un “nómade académico”. Su propuesta fue la ganadora de TEDx Global Idea Search en Buenos Aires, la única ciudad de habla hispana elegida entre nueve sedes mundiales. Como destaca Hache Merpert, director de TEDxRíodelaPlata, este hito corona un trabajo sostenido desde 2009 para potenciar el talento local y amplificar ideas que impacten en el pensamiento global.

En una era donde los algoritmos premian la provocación y transforman al rival en enemigo, Navajas usa las ciencias del comportamiento para desarmar mitos y proponer una mirada urgente: el desafío democrático no es erradicar las grietas, sino aprender a convivir en el desacuerdo.

¿Cómo es la experiencia de compartir una idea en un escenario TED, con todos los reflectores apuntando como si fueras una estrella de rock?

–Es una situación atípica para un académico. A Vancouver llega un representante de nueve ciudades del mundo tras una búsqueda de ideas globales. Que hayan elegido Buenos Aires es espectacular y un mérito increíble de TEDxRíodelaPlata. En ese proceso de selección, quedan diez oradores finalistas que van haciendo distintas charlas y pruebas hasta que se anuncia la idea elegida. Es una especie de reality show (se ríe). Es fuerte pararse en el escenario local, imaginate en el mundial, donde pasaron personas que realmente influyeron en el pensamiento global como Bill Gates o Daniel Kahneman, el padre de la economía del comportamiento. Cuando lo pienso, no caigo.

Partís de una reflexión de Borges sobre la democracia que plantea que si no confiamos en una votación para resolver un problema matemático, ¿por qué lo haríamos con las decisiones políticas? ¿Qué significa esto?

–En el último tiempo estuve trabajando mucho en inteligencia colectiva: cómo las personas, bajo ciertas condiciones, tomamos mejores decisiones juntas que separadas. Si pensamos cuál es la decisión colectiva más importante dentro de una sociedad, claramente es la democrática. En un momento oscuro de la Argentina, Borges planteó que la democracia es una superstición. Su idea no era original ni correcta, pero abre el juego a plantearnos cómo las ideas colectivas pueden transformarnos.

¿Qué mensaje sentís que es necesario llevar a un escenario global en un momento donde la polarización política atraviesa la sociedad?

–Lo que quiero transmitir es que tenemos una intuición de que la polarización es mala, que nos divide. Es una intuición que yo también tuve. Esta charla representa un cambio de opinión personal. Y la realidad es que nos vuelve una sociedad más diversa, con un espectro mayor de ideas. Si todos pensáramos igual, no habría una democracia realmente vibrante. ¿Dónde está el problema? El problema está cuando se traspasa el límite, como con la violencia política.

Y eso ocurre porque vemos a las personas que piensan distinto como enemigos que no merecen ningún derecho y que hay que pisotear sus ideas o hasta incluso, las deshumanizamos tratándolas como animales. Eso es lo que daña la democracia: no tenemos que ponernos de acuerdo, sino aprender a vivir en desacuerdo.

La violencia política está más latente que nunca en las redes sociales, especialmente en Twitter. ¿Qué notás en esas narrativas digitales?

–Hay dos motivos por los cuales esos tipos de discursos se propagan tan fácilmente en redes sociales: online u offline, nos gusta interactuar con personas que sean parecidas a nosotros mismos. Eso se conoce en la psicología desde los años 60, pero en un trabajo que hicimos hace unos años nos encontramos que acá, en política, en realidad no nos atraen las personas que son iguales a nosotros mismos sino las caricaturas que son versiones más extremas de nosotros mismos.

Entonces, a ese comportamiento que es algo humano, se suma lo algorítmico, ya que las redes sociales aprovechan ese sesgo para sugerirte, generar lazos y amplificar discursos que te llevan hacia los extremos. Y es necesario aclarar algo: uno puede tener opiniones extremas y que estén bien, estén justificadas. Podemos pensar en la esclavitud, por ejemplo. Nosotros dos tenemos opiniones extremas en contra y está bien que así sean. Lo que está mal es cuando las opiniones empiezan a ser directamente violentas.

Y más allá de la violencia, también está la variante de la provocación para generar más interacción, el famoso bait

–Sí, a mí me pasa con personas que conozco cara a cara, que son divinas, tranquilas, razonables, y que a veces cuando las leo en redes sociales son completamente distintas y utilizan un lenguaje muchísimo más violento, con esta idea de baitear. Hay evidencia de que los mensajes extremos se amplifican en las redes. A mí no me encanta esta propuesta, pero hay gente que propone regular las redes sociales. Me parece un problema muy complejo y no estoy seguro de que sea algo bueno.

Como docente, ¿observás polarización en las ideas de los jóvenes?

–No, y de hecho las universidades son lugares donde justamente se promueve el diálogo racional y razonable. Lo que sí es cierto es que los jóvenes crecieron en una sociedad agrietada. Hoy tienen 18 años y son quienes toman decisiones políticas del futuro del país. Y no es necesariamente malo que haya grieta, mantengámosla si así queremos, pero pongamos límite en la violencia. La violencia es un tobogán donde realmente las cosas pueden terminar muy mal.

Se cumplieron 50 años del golpe del 76 y tenemos todo para no repetir esos errores. Podemos pensar que tanto libertarios como peronistas, “gorilas” como “mandriles” –siguiendo el juego del lenguaje despectivo que circula–, están todos de acuerdo en que haya democracia. Ahora bien, cuando la violencia política empieza a subir el volumen y los discursos empiezan a hablar de exterminar al otro, la situación podría no ser siempre así.

Hay una liviandad en la utilización del lenguaje que también se da porque se relativiza el peso de las palabras…

–Lo que pasa es que también eso refleja que hay un sector de la política argentina que llegó a través de las redes, entonces siguen usando un lenguaje medio baitero aunque tal vez genuinamente querrían decir otra cosa. Estaría bueno que eso no sucediera directamente, porque si no, pareciera que las reglas del juego de un país son las mismas que las de Twitter. Y, en algún punto, debería atenerse más a las instituciones que a esas lógicas de algoritmo. La consecuencia es que la sociedad pase a desconfiar de las instituciones y ahí volvemos a lo de Borges: ¿la democracia sirve?

Y si llevamos esto al terreno del fútbol, donde también somos apasionados, ¿notás algo distinto?

–A mí la analogía del fútbol me llega muy profundamente porque, de hecho, estoy más polarizado ahí que en la política. Soy de familia platense, somos fanáticos de Gimnasia, maradonianos, de Favaloro, Griguol y todo el legado del Lobo. Y en la ciudad hay una polarización muy fuerte con Estudiantes, pero al mismo tiempo, convivimos en todos los espacios construyendo una vida de manera pacífica. Ahí entra en juego la polarización afectiva.

En la política eso es imposible, ¿no?

–Si yo te pregunto cómo te caen las personas de tu propio club versus cómo te caen las del club opuesto, puedo tratar de ver cuál es la diferencia. En general, querés a los propios y odiás a los otros. Pero en la política, la cantidad de odio a los otros es mayor a la cantidad de aprecio a los propios. Una polarización tóxica, odiás más de lo que querés. Y así como en el fútbol tenemos este cliché de que es el lugar donde ocurren los eventos de violencia más extrema y demás, lo que culturalmente genera en la Argentina es una de las cosas más sanas que tenemos como país. Tanto en las rivalidades entre distintos clubes como cuando nos unimos todos en un año de Mundial para vivir esta identidad colectiva, surge otra cosa.

Fotos: gentileza Alquimia Comunicaciones

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