El ave fénix del tenis: un recorrido por los altibajos de la increíble carrera de Juan Martín del Potro

Un enfoque diferente para entender la dimensión de un jugador que lo ganó todo, transitó entre las sombras y siempre supo cómo resucitar.

Por Pablo Amalfitano

Juan Martín del Potro conoce a la perfección las dos facetas de la etapa profesional de un deportista. Acaso como nadie, saboreó el éxito y masticó la frustración en porciones similares: subió, festejó, bajó y volvió, más de una vez. Su historia personal, aquella que emergió como un ejemplo de superación, trascendió cualquier límite que se ajustara a lo que sucede exclusivamente en la cancha.

Su fructífera carrera estuvo tan signada por los rayos más luminosos como por las penumbras más oscuras. El placer del cielo y la profundidad del infierno. El triunfo y la derrota: la vida en su apariencia más genuina.

Formado en el Club Independiente de Tandil, su tierra natal, Del Potro se moldeó a sí mismo como un campeón anómalo, avasallante en canchas rápidas: el último jugador diferente que surgiría en un territorio argentino cuya base está cimentada en el polvo de ladrillo. No existen fórmulas para fabricar a un fuera de serie. Mucho menos si sus extraordinarias cualidades no sólo resultan eficientes con una raqueta en la mano sino también ante cada adversidad fuera de la cancha.

La era dorada

El tandilense compartió la era dorada del tenis contemporáneo, en la que probablemente hayan convivido tres de los jugadores masculinos más relevantes de todas las épocas: Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic. Y les ganó a todos. Lo conquistó todo con un juego explosivo, desbordante, inteligente y veloz, además de haber cultivado, en simultáneo, un fabuloso dominio de la atmósfera que lo convirtió en uno de los jugadores más queridos en todo el mundo.

Con apenas 20 años se consagró en el Abierto de los Estados Unidos, en 2009, a fuerza de palazos: aquel pegador serial arrebató el respeto de los grandes y volteó nada menos que a Nadal y a Federer en los últimos dos partidos para apoderarse de Flushing Meadows. El tiempo y los escollos lo transformarían en un deportista más emocional en términos abstractos, más integral en la cosmovisión del juego y más revolucionario en plena permanencia en el sistema.

Pocas semanas después de alcanzar la cumbre en Nueva York se lesionó la muñeca derecha y debió pasar por el quirófano, en el que fuera el primer paso en un extenso calvario minado de problemas físicos severos. A partir de ese momento recrudeció la pulsión por retroalimentarse con su propio entorno, se encerró en su propio mundo.

Volvió y, con el regreso, reapareció su capacidad para hablar en la cancha: se mantuvo arriba los siguientes dos años, les ganó a los cinco primeros del ranking, cosechó más conquistas y, a la par, se desmarcó del establishment del tenis argentino, el sistema conformado por los clubes más tradicionales que gobernaban la Asociación Argentina de Tenis. Enemistado con Héctor Romani, el dirigente más fuerte de aquel tiempo, renunció a jugar la Copa Davis.

Lesiones y traspiés

En enero de 2014, cuando había escalado una vez más a la cúspide para pelear en la mesa chica, apareció la lesión en la muñeca izquierda. En total fueron tres las intervenciones quirúrgicas que lo marginaron de la competencia, antes de edificar su vuelta más cinematográfica. En el medio, mientras permanecía inactivo, sacó a relucir el animal político interno: en pleno ejercicio del poder de Romani, él y su padre Daniel se reunieron con dos dirigentes de menor fuste para comenzar a construir un acercamiento.

En una reunión del Consejo Directivo, en noviembre de ese mismo año, el secretario legal Diego Gutiérrez y el vicepresidente tercero Daniel Fidalgo se negaron a apoyar la decisión de poner a Gastón Gaudio, del riñón de Romani, como capitán de la Copa Davis. Expusieron, entonces, lo que prefería Del Potro, el astro necesario para pelear el título del mundo, para cuando pudiera recuperarse de la lesión: un capitán de imagen discreta y bajo perfil. Así llegó Daniel Orsanic. Así se fue Romani.

El ave fénix del tenis

Del Potro resurgió como nunca antes en 2016: como el 1.045° del mundo, su menor ranking desde que se hiciera profesional en 2005, jugó sin el revés de dos manos y, ante la limitación natural, se volvió un jugador más completo respecto de aquel que había irrumpido años atrás con sus misiles.

La conmoción explotó en Río de Janeiro, en los Juegos Olímpicos, el torneo en el que comulgó a fondo con sus emociones, se permitió soltar el llanto más de una vez y bajó a monstruos como Djokovic y Nadal para colgarse la medalla de plata. El milagro Del Potro, la magia de su lado más humano.

Antes de aquella semana indeleble en Brasil había cumplido su palabra: la vuelta al equipo de Copa Davis después de cuatro años. Su distintivo talento resultó clave para saldar la deuda más importante que mantenía el deporte argentino: sacó adelante los partidos de mayor riesgo contra los mejores y, acompañado por Leonardo Mayer, Federico Delbonis y Guido Pella, que aparecieron cuando el equipo los necesitó, levantó la Ensaladera de Plata por primera vez en la historia. El aporte fue por duplicado: capitalizó el giro político para volver y completó su trabajo en la cancha.

El cielo y el infierno

Con el correr de los meses empezó a recuperar su revés y, en 2018, acaso en una versión superadora de todas las anteriores, no paró de sumar éxitos. Alzó su último título, el 22° de su vitrina, en Indian Wells, el primero de Masters 1000. Llegó a su mejor ranking histórico: 3° del planeta. Volvió a una final de Grand Slam después de nueve años: cayó en el choque definitorio en el US Open ante Novak Djokovic. Estaba para pelear por la cima del mundo. En plena luz, sin embargo, más penumbra.

En octubre se resbaló en Shanghái, de manera tan torpe como increíble, y se fracturó la rótula derecha. Descartada la operación, tratamiento conservador. Volvió a mediados de 2019. Un puñado de partidos después, en el césped de Queens, se resintió de la lesión que lo hundió casi de manera definitiva.

Allí comenzó una lucha que, al cabo, lo terminó de agobiar. Fueron más de dos años y medio repletos de sufrimiento y dolor, con cuatro cirugías: motivo suficiente incluso para un hombre como Del Potro, acostumbrado a modificar lo imposible hasta que se volviera palpable.

La entereza y la resiliencia siempre lo empujaron a superar los vaivenes de emociones oscilantes: los máximos objetivos de un jugador único y la pesadilla de un ser humano que ya no puede, salvo un milagro más, escapar de los golpes.

El regreso y, ¿el final?

Con 33 años y un total de quince temporadas en el circuito profesional, ninguno de su especie otorgó tanta ventaja. Asombra el número: la suma del tiempo que pasó fuera de las canchas arroja cinco años y medio. Del Potro permaneció cinco años y medio sin jugar, con interminable padecimiento, pero ganó lo suficiente como para dejar su marca en los anales del tenis.

El último regreso en Buenos Aires, 965 días después, no fue el puntapié para encarar otra resurrección sino el inicio de una despedida que, de mínima, colmaba con suficiencia las expectativas de un campeón atemporal: en la cancha, con su gente y en su propio país.

La mágica noche contra su amigo Federico Delbonis quedará grabada a fuego como uno de los sucesos más icónicos de su vida de película. Felicidad y tristeza. La dualidad vivirá, indeleble, en toda su trayectoria: la capacidad para ganarle a cualquiera y las limitaciones físicas de un león herido.

Tras aquella velada buscará soluciones, aunque lo hará sin la presión de regresar. El retiro parece inminente, pero Del Potro, aclimatado a volver de la muerte, fidelizó la parte más inherente de su esencia: siempre habrá espacio para otro milagro.

Artículos Relacionados>

Por El Planeta Urbano

La conquista de la Copa del Mundo ante Países Bajos corona un camino de mística, legado y pertenencia. En esta nota, las claves para entender la dimensión de un equipo que transformó al hockey nacional en fenómeno cultural y que, a fuerza de garra y excelencia, sigue haciendo historia.

Por Tomás Gorrini

Publicado el 5 de agosto de 1966, el séptimo álbum de estudio de los británicos marcó un antes y un después en la música popular. Con canciones que desafiaron las reglas del pop, experimentación de estudio y una creatividad sin precedentes, sigue siendo, seis décadas después, una de las obras más influyentes de todos los tiempos.

Por Noelia Tegli

Visceral, disruptiva y siempre cambiante, la cantante chilenomexicana convierte cada etapa de su vida en una nueva identidad artística. En Femme Fatale, explora sus zonas más oscuras y reafirma una estética donde la intensidad emocional y la libertad creativa conviven sin límites.

Por Carolina Barbosa

La actriz rosarina, protagonista de Maldita Felicidad junto a Pablo Echarri, Paola Krum y Carlos Portaluppi, atraviesa un camino marcado por el amor propio y el autodescubrimiento. Ese presente en expansión también se refleja en su escuela de artes escénicas y en una forma de vida donde el “aquí y ahora” se vuelve central. 

Por Rolando Gallego

Lejos de la lógica de los grandes rodajes, la actriz se vuelca a un terreno más íntimo: el teatro independiente. Con No tiene un desgarrón, dirigida por Rita Cortese, explora un registro más expuesto en un momento de plena madurez artística. En diálogo con El Planeta Urbano, comparte el pulso de esta etapa y afirma: “Me encanta tener amigos creativos y hacer lo que nos gusta, me enriquece”.

Por Noelia Tegli

Con la presencia de Milo J y Cazzu en los festivales más tradicionales del país resignificando el lenguaje de los patios de tierra, queda demostrado que, para quebrar el algoritmo, lo disruptivo es volver a la raíz.

Por Gimena Bugallo

Guitarrista de The Black Crowes, construyó una carrera que lo llevó de Riff y Viticus a escenarios internacionales, compartiendo música con figuras como John Fogerty, Ron Wood y Steven Tyler. Entre giras globales y proyectos propios, mantiene un vínculo activo con su origen, avanza en un nuevo disco solista y sostiene una certeza intacta: “Argentina es mi lugar en el mundo”.

Por El Planeta Urbano

La escena contemporánea se reinventa con experiencias inmersivas y propuestas que fusionan tecnología, pintura y concepto. Una temporada marcada por la diversidad y la experimentación.