Desde hace un par de años hacia acá, el pop encontró en esta artista rioplatense su versión más renovada y groovera. De la tranquilidad uruguaya a la tempestad porteña, la hija menor del Negro Rada navega los mares de la música con la corriente a su favor y la convicción de llegar siempre a buen puerto.


“Tarde o temprano iba a terminar cantando”, dice Julieta Rada del otro lado del Zoom. Los datos de rigor cuentan que la artista, hija del popular percusionista y gran compositor uruguayo Rubén “el Negro” Rada, nació en Buenos Aires un 25 de mayo de 1990, que se nacionalizó uruguaya y que es la menor de tres hermanos. Antes de meterse de lleno con la música, practicó danza clásica durante varios años. Hasta que sufrió una hernia de disco. Después de esa lesión no pudo volver a ser la misma y decidió que lo de pararse en puntas de pie no iba más. “Cuando volví, bailaba con miedo. Sentía que había quedado fuera de mi nivel y me iba llorando de todas las clases”, dice, y admite con una sonrisa que en su familia parece haber algún tipo de inconveniente con los deportes. “A mi padre le pasó prácticamente lo mismo: quiso ser jugador de fútbol, pero como de chico tuvo tuberculosis no lo quisieron agarrar de ningún equipo. No pudo ser futbolista y terminó cantando. Dice que jugaba bien y era muy rápido.”

A partir de los 16 años estudió canto y velozmente se largó en un ciclo de tango que se hacía en un bar de Uruguay, cerca de su casa. Al tiempo conoció a Nicolás Ibarburu (guitarrista, entre otros, de Jaime Roos, Fito Páez, Dante Spinetta, Hugo Fattoruso y Rubén Rada), se enamoraron y comenzó un idilio afectivo y musical del que salieron los discos Afrozen (2012) y Corazón diamante (2015), con el que obtuvo un Premio Gardel como “Mejor álbum nuevo artista pop” y fue nominada a los Latin Grammy en la categoría “Nuevo artista”. Pero su relación con Ibarburu terminó y tuvo que volver a empezar. “Dejé de tocar con la persona con la que aprendí a hacer música y con la que había formado todo un proyecto musical y una carrera”, reconoce Rada.

La ruptura la mantuvo cuatro años en silencio, hasta que en agosto del año pasado lanzó Bosque. En el medio, Andrés Ciro la invitó a cantar en su disco Naranja persa 2 y su voz aparece en el tema “Por Cel”. Después de esta experiencia, el ex cantante de Los Piojos le propuso sumarse como corista a Ciro y los Persas.

Además de seguir sumando conquistas en su carrera, hace poco la cantante recibió el premio Gardel como “Mejor álbum artista pop” por Bosque, y por segunda vez fue nominada a los Premios Graffiti por “Mejor álbum pop” y “Solista femenina del año”. “Son reconocimientos que hacen bien y sirven para difundir la música de mis colegas”, dice sobre este galardón que premia todos los géneros de la música de Uruguay, que se va a celebrar el 19 y 20 de este mes.

“Los premios y los reconocimientos hacen bien y sirven para difundir la música de mis colegas.”

Cuando salió tu primer disco, ¿imaginabas que tu carrera podía llegar a tomar esta dimensión actual de premios, giras y reconocimientos?

–Siento que fui bastante inconsciente. La juventud tiene un poquito eso de no estar midiendo qué puede pasar. Cuando saqué el primer disco me divertí y en su momento hice todo con Nico Ibarburu, que además fue mi pareja durante mucho tiempo. Estaba feliz y como en un idilio. No dimensioné todo lo que significaba. Los discos posteriores fueron los que me ayudaron a ver las cosas de otra manera. Cada uno me fue haciendo crecer musicalmente y como persona.

En este último disco, Bosque, te encontraste con otro estado de situación a la hora de componer. Antes las canciones se gestaban desde la simbiosis amorosa/artística con Nico Ibarburu, ahora toda la maquinaria pasó a estar a tu mando ¿Cómo fue ese proceso de soltar amarras en lo afectivo y en lo compositivo con tu pareja de toda la vida?

–Me costó encontrarme y entender que quería hacer música. Mi separación fue el doble de dolorosa. Nicolás fue mi primer novio. O sea que dejé a mi primer novio y a la vez dejé de tocar con la persona con la que aprendí a hacer música y con la que había formado todo un proyecto musical y una carrera. Fue como empezar de cero. A veces uno cuando está en pareja se mimetiza y cree que hace las cosas porque el otro te incentiva a hacerlas. Tuve que encontrar realmente quién era yo y cuáles eran mis pasiones, mis gustos y mis deseos.  Si bien la falta de ese compañero se sintió, por otro lado también estuvo bueno porque de algún modo me empoderó. Me hizo sentir más independiente y segura de mis decisiones.

Como en todos los aspectos de la vida, la música también tiene eso de caerse y levantarse, ¿no?

–Es un camino muy complicado, difícil y cruel. Si no lo hacés desde el corazón y la pasión, es muy fácil abandonar. Es más sencillo dedicarse a un trabajo de ocho horas y tener cierta estabilidad. La música no te da estabilidad emocional ni económica. Estás siempre surfeando las emociones y tratando de sobrellevar las cosas de la mejor manera.

¿Sentís que Bosque sirvió como inyección anímica en esta nueva etapa de tu carrera?

–Lo que tiene este disco es que es medio bisagra. Está en el medio de algo. Siento que lo que va a venir después va a ser diferente en cuanto al lugar en donde yo me pare. Este disco todavía tiene canciones que hice con Nico. Tiene cuatro temas en los que compusimos juntos la música: “Stevie”, “Reconocer”, “Bosque” y “Solté tus manos”. En menor porcentaje, todavía está la presencia de Nico. Igual agarré estas canciones y las vestí como quise. Si hubiera estado él, hubiese sido muy diferente.

–Entre toda la gente que mencionás en los agradecimientos que escribiste en tu Instagram por el premio Gardel, nombrás a Martín Buscaglia por enseñarte a jugar con la música.

–A Buscaglia lo adoro. Estuvo en todos los discos. Ahora tenemos un tema nuevo que quizás lo sacamos. Es una persona que realmente me ayudó mucho en esta trancadera que tuve. Es un tipo muy creativo y tiene una forma lúdica de ver la música. Se la toma desde un lugar divertido, y eso me sirvió para sacarme la presión de que lo próximo a componer tenga que estar bueno. Entendí que a veces hay que hacer algo y punto. Y divertirse.

–¿Tu padre es de involucrarse en lo que estás haciendo?

–Papá es un tipo muy generoso, pero no se mete en lo mío. Si es desde un lugar musical me da una mano, pero desde cosas más logísticas y de estrategias, no me da ni bola. Eso está buenísimo porque me ayuda a que me resuelva sola. Igual, en este último disco estuvo más presente porque grabé en su estudio y me coacheómucho para cantar.

¿Te llevó mucho trabajo independizarte del nombre de tu padre?

–Ahora está mucho mejor. Cuando saqué mi primer disco fue difícil, sobre todo en Uruguay. Estaba ese prejuicio de decir: “Ah, sos la hija de Rada y sacaste un disco porque te lo pagó tu padre”. Pensaban que hacía algo por mi papá, o que me metía en festivales y me garpaba cosas. Y nunca tuvo nada que ver mi padre en lo que yo hago. Por suerte, ese prejuicio se fue diluyendo con el tiempo y hoy me siento más aceptada por la gente en Uruguay. Se dieron cuenta de que venía desde un lugar verdadero.

¿Qué planes tenés para lo que resta del año? ¿Cómo te llevás con el formato streaming?

–Con el streaming hice sólo el Cosquín Rock y estuvo bueno. Fue raro porque fue mi primer show de esa manera. Tocamos en una sala vacía de un museo. Parecía una prueba de sonido definitiva antes de un show. Después, cuando lo vi, me di cuenta de que había estado bueno y de que se escuchó bien. Mi plan de ahora es tocar en vivo en noviembre con mi banda y presentar Bosque. No a sala llena, porque no está permitido, pero lo bueno es que acá en Uruguay se pueden hacer cosas presenciales. Y también tengo la idea de que a la vez sea streaming y se pueda ver en todos lados. Tengo que ver con qué plataforma lo hago.