Leonardo Sbaraglia, la ficción de su vida: "Almovódar es como una especie de Dios"

Dueño de un inmenso talento y gran versatilidad para la interpretación, el actor asumió el desafío de encarnar al alter ego del mismísimo Pedro Almodóvar en Amarga Navidad, película que se estrenó el 28 de mayo en el país y por la que fue ovacionado de pie en Cannes. También se prepara desde hace meses para protagonizar el nuevo film de Damián Szifron, en un papel que siente que será de los más importantes de su carrera. “Convertirme en otro, transformarme, le da sentido a mi vida”, cuenta en esta entrevista.

Con un pie en cada lugar en el que la actuación lo convoque, Leonardo Sbaraglia atraviesa un presente soñado. Mientras comienza a rodar El sobrino, su nueva colaboración junto a Damián Szifron luego de Relatos salvajes, se estrena en Argentina Amarga Navidad, la película de Pedro Almodóvar, donde encarna al alter ego del realizador manchego. El film, que tuvo un paso exitoso por salas españolas, también se presentó –ovación de por medio– en el Festival de Cine de Cannes, donde figura en la Competencia Oficial.

En diálogo con El Planeta Urbano, Sbaraglia reflexiona sobre su trabajo, su vínculo con el público, la popularidad, y promete volver con Los días perfectos, unipersonal con el que llenó el Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires y demostró, una vez más, su inmenso talento.

–¿Cómo te sentís con el estreno de Amarga Navidad y su participación en el Festival de Cine de Cannes?

–Trabajar en una película con Almodóvar no es solamente trabajar en una película con Almodóvar, es también todo el universo social, festivalero, estético, de indumentaria… todo un universo paralelo del mundo Almodóvar. Es lindo, muy disfrutable. Participar en una película de Almodóvar es como estar en una especie de marca, tener una línea de ropa en ZARA, por ejemplo. Está bueno, hay que disfrutarlo y honrarlo, soy muy agradecido por eso.

–¿Qué sentiste cuando Almodóvar te convoca y te cuenta sobre el proyecto, esta idea de ser su alter ego?

Miedo, esa fue mi primera reacción. Además yo estaba filmando con Marion Cotillard, una película francesa que también se estrena en el Festival de Cannes, Karma, de Guillaume Canet, que va a ir a la Sección Oficial pero fuera de competencia. Así que la primera conversación que tuve con él fue desde París y por teléfono. Ahí me contó la historia y me contó que para mi personaje quería eso, una especie de alter ego suyo.

Al principio no me sentí capaz, me parecía muy difícil, pero después mientras lo iba haciendo fui encontrando la forma. Lo más difícil de trabajar con Pedro es poder darle lo que necesita, porque busca algo muy preciso, como quirúrgico, podríamos decir, cosas muy precisas de su lenguaje, de su manera. Lo primero que me dijo es que era un relato de autoficción.

–Has tenido grandes desafíos en tu carrera. Venís de hacer cosas que por ahí uno cree imposible, por ejemplo Menem, y ahora, Pedro…

–Para cualquier actor trabajar con Pedro es bravo porque él es muy exigente y además no se da cuenta lo que genera en los otros y en su entorno. Uno también pone muchas cosas en la figura de Pedro: es de los directores de cine más admirados en el mundo, el que más me ha inspirado… es como una especie de Dios. Por eso lo primero que hay que lograr en un trabajo así es calmar la propia autoexigencia.

–¿Te acordás cuál fue la primera película que viste de él?

–Sí, Matador. Después más o menos, vi todas en orden. Creo que también Mujeres al borde de un ataque de nervios fue de las primeras que llegaron acá. Después llegaron todas: La ley del deseo, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, todas… Al estar laburando con él, querés estar a la altura. Él es muy admirador de los actores argentinos, y además es un tipo muy culto, pero muy: ve todo, lee todo.

–Produjo películas acá también…

–Claro, él produjo Relatos salvajes, junto con El Deseo y Esther García, que también fue productora ejecutiva de esta película.

–Supongamos que tenés la posibilidad de hacer la película de tu vida, como escribió Pedro la suya. ¿Cómo sería? ¿Por dónde arrancaría?

–Buena pregunta, pero difícil de contestar. Hay muchas películas posibles… Es como que a través de los personajes he podido entender muchísimas cosas de mi propia vida, como si interpretar determinados papeles te liberara o te ayudara a romper cadenas; iluminar lugares cavernosos, lugares a los que no podría haber llegado de otra manera.

La empezaría muy de chico, porque desde muy temprano ya quería ser actor, tal vez a los nueve o diez años. Lo pondría a mi padre haciendo fonomímica de Joan Manuel Serrat, mi papá siempre fue muy histriónico, y a mi vieja contando de sus clases de teatro. Recuerdo a mi viejo diciendo que tenían que mandarme a clases de teatro porque, a los seis años, estaba todo el día jugando con hormigas. También creo que es importante incorporar lo duro. Lo veo a mi maestro Agustín Alezzo diciéndonos que si esto no nos gusta mucho, pero mucho, nos dediquemos a otra cosa, porque todo lo que íbamos a encontrar iban a ser trabas.

–Pero a vos te gusta mucho. Recuerdo una entrevista en el Festival de Mar del Plata a la que llegaste después de manejar no sé cuántas horas y te sentaste a hacer la nota… Sacaste el mate y ¡hasta nos convidaste a todos!

–A mí me gusta dar entrevistas. Lo que no me gusta es hacer las entrevistas rápido, porque eso es medio como lo que te robotiza y me parece un poco lo bravo de los junkets. Pero cuando te toca hacer una entrevista y tenés tiempo para hablar de tu trabajo, me parece que es lindo. A veces quizás le doy demasiada importancia pero es por dedicarme mucho a lo que me apasiona.

Ahora, por ejemplo, ya lo puedo contar, estoy estudiando piano para la película El sobrino. Estuve entre tres y cuatro horas por día, durante varios meses, estudiando porque estoy seguro que va a ser de las películas más importantes de mi vida. Es un gran personaje y con un director que es un genio, como Damián Szifron. Por eso lo estoy dando todo. Hasta aprendí a tocar el piano, aunque quizás no necesite tocar el piano porque voy a tener un doble… Pero necesité transformarme en un pianista. Es mi manera de disfrutar la vida: convertirme en otro, transformarme. También eso le da sentido a mi vida, estoy en romance con mi trabajo.

–Hablando de exigencias, hiciste el unipersonal Los días perfectos. ¿Cómo fue hacerlo?

–Fue hermoso y lo vamos a seguir haciendo. Este año no sé porque no tengo tiempo, porque tenemos esta película y la segunda temporada de Menem. Pero después sí vamos a hacer seis meses de gira en España, y tal vez después podamos volver al Teatro Cervantes, que es el espacio que nos albergó en Buenos Aires.

–¿Tenías ganas de volver al teatro con un texto así?

–Es lo que yo le digo a Ramón, mi representante: me dan ganas de hacer cosas muy puntuales de cine, como la de Szifron, obviamente, o para la televisión, como la serie de los Menem, pero si no, quiero hacer solo teatro. Y el texto de Los días perfectos es un texto que voy a poder hacer probablemente muchos años de mi vida, lo quiero hacer muchos años. Me parece re loca la conexión con el público, me sorprendió. No esperaba tener esa especie de llegada tan grande en el Teatro Cervantes.

Creo que es una obra que puede hablar de algo puntual, que tiene que ver con la pareja, o con la relación de pareja, o con el tedio de la pareja, pero también habla del tedio personal propio que uno puede tener, del óxido personal. Es una lucha en realidad contra el tedio… También está la muerte ahí presente y la creatividad y la posibilidad de la imaginación y el eros y la libido y las ganas de vivir y las ganas de crear y las ganas de amar.

Fotos: Sergio Parra

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