Elena Roger: "Durante años, me quité a mí misma el derecho a jugar por temor a equivocarme"
Tras agotar funciones en el Teatro San Martín con Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires, la reconocida artista repasa el impacto de la ópera rock basada en temas de Charly García, la responsabilidad del prestigio y su libertad para romper moldes: “Arriba del escenario jamás interpreto una melodía si no es desde el compromiso dramático”.
Luego de una temporada marcada por el éxito en la sala Martín Coronado, Elena Roger se prepara para bajar el telón de Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires –la ópera rock que enlazó los sucesos de 1806 y 1807 con el cancionero de Charly García– y volver a recorrer el país con una propuesta íntima a piano y voz. En una charla profunda, la artista reflexiona sobre el peso del prestigio luego de tres décadas de trayectoria, el rescate de las figuras femeninas en los relatos fundacionales, su vínculo con el prócer del rock y la decisión innegociable de involucrarse en cada decisión de su carrera.
–La obra se propuso abordar un acontecimiento histórico a través del rock. ¿Cómo nació el proyecto y qué resonancia tiene en tu historia personal?
–Vino a través de Ricardo Hornos, a quien conocí en Estados Unidos mientras hacía Evita. Ricardo venía de investigar sobre José de San Martín y, como le fascina Charly García, se le ocurrió enlazar sus canciones con las invasiones inglesas. Cuando me lo propuso, la temática me sedujo de inmediato.
Al vivir en Barracas, siempre tuve una fascinación particular por esa época: vivo muy cerca de la avenida Montes de Oca, la antigua “calle larga”, y siempre me imaginaba el paso de las tropas por ahí. Cuando el boceto tomó una dimensión mayor, entendí que el espacio natural para montarlo era la sala Martín Coronado, por la escala del relato. Se lo presentamos a las autoridades del teatro, les interesó y asumí el compromiso de encabezarlo.

–Protagonizar obras tan consagradas como Piaf o Evita suele elevar la expectativa a niveles extremos. ¿Cómo administrás esa exigencia sin perder la libertad creativa?
–Cuando lográs un trabajo muy premiado y con tanto prestigio, te colocan en un estándar altísimo para todo lo que hagas después. La platea aguarda eso y más. Durante años conviví con una responsabilidad tan rígida que me quité a mí misma el derecho a jugar, por temor a equivocarme o a defraudar la expectativa general.
En ocasiones me animé a romper el molde: al concluir Evita, mi primer álbum solista no fue de teatro musical sino de tangos y canciones populares. Sabía perfectamente que un repertorio de comedias clásicas se hubiera vendido mucho mejor, pero prioricé mis sentimientos de aquel momento. Arriba del escenario me costó más soltarme, porque escasean las propuestas donde el papel encaje justo con mi perfil y a la vez convoque masivamente. Por eso Invasiones I significó una verdadera jugada.

–En escena interpretabas el papel de una figura andrógina que hilvana la trama junto a treinta artistas. ¿Cómo encontraste la identidad de ese papel?
–Fue lo más complejo de todo el proceso. Se trataba de una mujer con ropas masculinas que hacía de narradora, cantando lo que otros iban escenificando. Había que lograr que tuviera un viaje propio y que brillara dentro de una dramaturgia donde los textos de Charly oscilan entre la literalidad y la metáfora pura.
Durante los ensayos descubrimos algo fundamental: la necesidad de visibilizar la intervención femenina en las luchas de la época. La patria se construyó con muchísimos héroes anónimos y nombres clave como Macacha Güemes, quien junto a su hermano contuvo a los realistas durante seis años en el norte mientras se preparaba la campaña libertadora. La crónica oficial suele silenciar estas figuras y el espectáculo terminó dialogando fuertemente con esa reivindicación.
–Charly García estuvo presente en las funciones. ¿Cómo viviste ese encuentro y qué lugar ocupa su obra en tu vida?
–Estaba profundamente conmovido y muy satisfecho con los arreglos que se hicieron sobre sus temas. Contar con su aval fue determinante. Para mí es un prócer y un ídolo total. Antes de viajar a Londres para hacer Evita, brindé una serie de recitales de despedida en el Ópera y El Nacional donde la columna vertebral eran sus composiciones, porque marcaron mi infancia y adolescencia.

Ya nos habíamos cruzado cuando asistió a verme a Broadway y más tarde en un tributo a Palito Ortega. No somos amigos de trato cotidiano, pero nos reconocemos y respetamos mutuamente. García no solo es el gran referente del rock nacional: posee una formación académica impresionante que reluce en sus armonías, combinada con una poesía descomunal.
–Suele catalogarse a los intérpretes de tu género como “cantantes que actúan” o “actrices que cantan”. ¿Cómo te plantás frente a esa etiqueta?
–Transité mucho más tiempo la música que el teatro de texto llano, pero a la hora de vocalizar jamás dejo de componer un personaje. Para mí la frontera es invisible: nunca interpreto una melodía si no es desde el compromiso dramático, abordando lo que le sucede internamente a esa criatura en escena. Por esa razón me incomodan los encasillamientos. No soy alguien que sube a entonar notas frente a un micrófono; cuando indagan sobre mi definición profesional, respondo sin vueltas que soy artista.
–Con tres décadas sobre las tablas, ¿sentís que tu lugar mutó hacia un liderazgo creativo más integral?
–Totalmente; ya no puedo desentenderme de nada. Si encabezo un espectáculo y mi apellido figura en la marquesina, asumo la responsabilidad plena de lo que ocurra. En el exterior, sea en Broadway o en el West End, todo se encuentra sumamente parcelado y cada especialista se ciñe a su área.

En nuestro medio, tras treinta años de trayectoria, los espectadores sacan su boleto depositando un voto de confianza en mí; si algo defrauda, nadie cuestiona al área de prensa o a los inversores, sino que las miradas apuntan directo a mi persona. Por esa razón superviso desde el diseño del afiche hasta la concepción escénica. El público busca rigor, cuidado y excelencia, y yo necesito garantizar esos estándares hasta donde mis fuerzas alcancen.
–En un contexto socioeconómico complejo, las salas porteñas continúan colmadas. ¿A qué atribuís esa vitalidad?
–Somos una sociedad con una identidad cultural fuertísima. Nos apasiona salir, debatir y asistir a funciones. En el San Martín ocurrió un cruce muy singular: asistió el habitué del teatro público que tal vez esquiva la comedia musical comercial, pero también se acercaron familias que jamás habían pisado el complejo y descubrieron la casa oficial gracias a esta obra. Al fijarse tarifas accesibles, miles de personas pudieron disfrutar un despliegue que en el ámbito privado hoy maneja costos prohibitivos. Recibir el saludo emocionado y la gratitud de la concurrencia al concluir la función es la mayor recompensa de este oficio.
–Tras el cierre de esta gran puesta, retomás tu gira íntima por las provincias a piano y voz. ¿Cómo concebiste ese repertorio tan despojado?
–Es una propuesta sumamente austera que habíamos iniciado el año pasado y pusimos en pausa para abocarnos de lleno a la temporada porteña. El concierto amalgama aquellos pasajes inevitables que la platea siempre anhela escuchar, como los bloques de Piaf, Evita, Los Miserables, o el Te quiero de Benedetti y Favero, con una búsqueda arqueológica muy íntima. Rescaté partituras que integran mi biografía secreta: en 2001 audicioné para protagonizar Cabaret con la productora de Romay; quedé elegida junto a Los Amigos, pero el montaje se canceló. Ensayé tanto aquella melodía icónica durante meses que quedó grabada para siempre en mi memoria. También sumé piezas de Passion, el musical de Stephen Sondheim que estrené en Londres, mechadas con boleros y tangos. Es una travesía por las canciones que moldearon mi camino vocacional.

–Al mirar en retrospectiva tres décadas de labor ininterrumpida, ¿a quiénes reconocés como los pilares que te permitieron mantener los pies sobre la tierra?
–Siempre regreso a la cuna. A mi familia, a mi mamá, a mi papá, a mi abuela. Crecí en un hogar que me brindó herramientas éticas, contención y la templanza necesaria para encarar la exposición posterior sin marearme. Cuando preciso serenarme o valorar el presente, resuenan de inmediato los consejos de la infancia. Las raíces representan mi única ancla.
FOTOS: ALEJANDRO CALDERONE CAVIGLIA

