Vera Spinetta: "La creación está todo el tiempo en la vida que habitamos"
Entre la maternidad, la escritura, la música y su debut escénico en No tiene un desgarrón –la obra que protagoniza junto a Julieta Cardinali, bajo la dirección de Rita Cortese–, la actriz encuentra en la sensibilidad una forma de resistencia frente al vértigo contemporáneo. En esta charla íntima, reflexiona sobre la crianza, la necesidad de transcurrir el tiempo con mayor calma y la importancia de construir vínculos más humanos desde el arte y la vida cotidiana.
Vera Spinetta es, ante todo, una constructora de sentidos y una apasionada de lo simple. Como madre, actriz, escritora y música, en un mundo que empuja a la velocidad y a la capitalización de cada segundo, ella elige la lentitud como forma de vivir la creación. Su tono es hipnótico, uno podría estar escuchándola por horas, tiene una parsimonia al hablar que no es duda, sino respeto por el peso de las palabras. No busca fama, le cuesta la exposición, prefiere el refugio en su núcleo íntimo y, sin embargo, algo la llevó a dar el salto de subirse a un escenario por primera vez a hacer teatro.
Hoy, esa decisión la encuentra todos los miércoles en Santos 4040, protagonizando No tiene un desgarrón junto a Julieta Cardinali, bajo la dirección de Rita Cortese. Desde esa calma que habita, Vera se sienta a conversar con EPU sobre el oficio de ser madre, la libertad de mutar y el arte de aplicar el amor y la compasión ante todo en la vida.
–Estuviste mucho tiempo al borde de hacer teatro y nunca se terminaba de dar. ¿Qué tuvo este proyecto para que dijeras que sí?
–Un poco la combinación de Julieta, de Rita y de ese texto hermoso que es una adaptación del primer acto de Heldenplatz de Thomas Bernhard. No hay cosa más espectacular como actriz que te llame Rita Cortese para dirigirte en una obra, porque sabés que va a ser una especie de clase de teatro magistral para siempre: escucharla, que te dirija, entender cómo ella ve la actuación, desde dónde la aborda. El texto, el equipo, lo actoral, todo era impactante para mí, sobre todo porque nunca había hecho teatro. Estudié muchos años, pero otra cosa es ir, poner el cuerpo y montar una obra al lado de estas dos bestias como son Julieta y Rita. Fue un gran desafío y, a la vez, un sueño hecho realidad.

–¿Cómo fue el proceso de composición de personaje, los ensayos, la búsqueda?
–Fue hermoso. Tuvimos varios meses para ablandar ese texto tan complejo, tan profundo, y darle cotidianidad a los personajes. Nos zambullimos muy en serio, fueron muchas horas, muchas veces por semana. La corporalidad, la voz y las acciones dramáticas fueron apareciendo en los ensayos. En mi caso, mi personaje (Gerta) tiene poco texto, la procesión va por dentro y mi desafío era contar mucho con pocas palabras. Lo abordamos desde las lecturas, tratando de hacer el camino inverso, ir de lo literario, de la cabeza, a la emoción. Julieta nos llevó como una flecha, con una naturalidad con el texto y su personaje que pareciera haberse escrito para ella. Y Rita es súper precisa, exigente en el mejor sentido, alguien que sabe mucho y comparte su saber. Fue un combo espectacular.
–El arte dramático es bellísimo, pero puede volverse arduo. ¿Tuviste ganas de abandonar en algún momento?
–Sí, por supuesto, pero por miedo. Soy bastante cagona en algunas etapas de los procesos. Me da pánico escénico, pánico de estar haciendo cualquier cosa. Me pasa con la música y con la actuación, que digo: “¿Por qué me expongo a todo esto, si me sale pésimo?” (se ríe). Con la escritura es diferente, es algo que siento muy natural en mí. Escribí toda la vida desde muy chica y siempre desde un lugar muy poco pretencioso, sin juicio, es como si las palabras y las imágenes me aparecieran de lugares que no dependen del todo de mí.

–Así y todo, te subís a las tablas todos los miércoles en Santos 4040 a interpretar una obra. ¿Qué te da el escenario que no encontrás en otro lugar?
–Me da libertad de juego. Eso es lo que más adoro de la profesión, poder probar cosas distintas a las que yo haría o pensaría, imaginar otro cuerpo, otra voz, otra forma de ver las cosas y poder sentirlo efectivamente. Ese es el desafío máximo para una actriz, porque es un juego que tiene sus reglas; en el momento que no lo sentís, se nota y es un desastre para todos (se ríe).
En esta segunda temporada me pasó algo interesante: estuve haciendo Antes muerta, una obra de danza teatro con Cata Briski, totalmente opuesta, muy física, descontracturada, grotesca y absurda, y siento que eso me complementó mucho para volver a No tiene un desgarrón. Ese juego más libre, más amorfo, me dio tranquilidad para abordar después la formalidad de lo otro. El oficio de un actor es también vivir la vida, estar permeable, disponible, curioso con lo que pasa alrededor. Todo eso te nutre, te marca en cómo vas a abordar lo que tenés por delante.
–El teatro es un ritual que conserva tiempos pausados. ¿Cómo conviven tus tiempos de creación en todas tus facetas con la velocidad frenética y el ruido de esta época?
–El teatro es casi lo opuesto a las leyes de lo que está pasando hoy en el mundo moderno: la inmediatez, el resultado, el éxito, la eficacia y también la capitalización de la propia vida, hacer y no parar nunca porque si no pareciera que perdés el tiempo. Yo soy una persona lenta: hablo lento, pienso lento, mi ritmo es sin prisa pero sin pausa.

El aburrimiento, para mí, no existe como sensación perpetua, porque ese “aburrimiento” te da la posibilidad de buscar algo más, algo de desarrollo, de expansión. Me muevo mucho a partir de eso, hay magia en confiar en ese tiempo de la creación. Soy mamá y ese es mi propósito máximo de cada día: ser una mejor madre, pero lo digo de verdad, profundamente.
–La maternidad es uno de los roles que más disfrutás. ¿Cómo lo linkeás con el propósito creativo?
–Amo a Eloísa y a Azul como a nada en este mundo, pero más allá de que son mis hijos, hablo de un amor al universo, al ser humano, a la esperanza del amor. Estoy ayudando a estos dos seres a que vivan en este mundo: ¿cómo lo puedo hacer de manera amable, amorosa y consciente? La creación va apareciendo en función de mis días con los chicos, mis días sin ellos, los tiempos del colegio. Por suerte mis hijos están muy acostumbrados a vincularse con mi creatividad y con la propia, son niños que están constantemente haciendo cosas que les gustan: jugando, pintando, escribiendo, leyendo, bailando.

La invención no responde a un momento específico, es una construcción constante y, con la entrega que conlleva, no creo que sea algo que se pueda apurar. Es un camino de estar despierto, de percibir, de escuchar las ideas propias, las ajenas, de ir compartiendo con otros y prestar atención a lo que les pasa a las personas que tenés alrededor. La creación está todo el tiempo en la vida que habitamos y, en ese sentido, aprendo y me divierto mucho estando cerca de los chicos.
–Tenés un padre que es un prócer de la música, pero también te encargás de mencionar siempre que tu mamá, Patricia, fue un pilar fundamental de la familia, que sin ella no hubiese sido posible que existiera un Luis Alberto. ¿Qué sentís que te quedó más impregnado del legado de tus viejos?
–El amor, el respeto y la libertad de ser uno, de ir descubriendo quién sos y que eso no sea un estigma, sino todo lo contrario. Si uno está atento a que va creciendo, mutando en sus formas y modificándose, puede respetar y entender que el otro está en el mismo proceso. Eso es lo que más aprendí de mis papás, sobre todo, viéndolos a ellos moverse como seres humanos en el mundo. Nos regalaron, a mí y a mis hermanos, la libertad de poder ser quienes éramos, dándonos la seguridad de que podíamos existir siendo nosotros mismos. Intento hacer eso con mis hijos, pero es muy difícil desestructurarse tanto como para aceptar todo lo que llega. Uno cría desde lo que aprendió, desde lo que vivió, desde su historia personal.

Me di cuenta teniendo a Azul que cada ser requiere cosas muy diferentes. Para mí lo fundamental es observar, respetar al otro y amarlo como es, sin juzgarlo, porque creo que ahí empieza a surgir el odio, la discriminación, la marginalización. Mis viejos se tomaron el trabajo de ser así con nosotros, de intentar estar blanditos, y yo estoy en un constante desarrollo de eso, conmigo, con mis hijos y con el mundo, de poner el amor y la compasión antes que el juicio.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

