Pappo: un viaje a través del salvaje corazón del rock argentino
El estreno del documental Algo ha cambiado: un viaje quijotesco al Pappo’s Blues ilumina otra faceta del guitarrista más importante de la Argentina: el tipo sensible detrás del personaje. La histórica consagración junto a B.B. King en el Madison Square Garden y la vigencia intacta de una leyenda que nunca quiso ser domesticada, son solo una parte del inabordable mundo de Norberto Aníbal Napolitano.
Pappo nunca terminó de encajar en el relato ordenado del rock. Y tampoco quiso hacerlo. Su lenguaje fue siempre otro: mecánico, rutero, eléctrico y pesado. Mientras buena parte de la escena local le rendía culto a la inteligencia conceptual y a discursos sofisticados –por vocación artística, pero también como una forma elegante de gambetear la censura de la época–, El Carpo apareció para ser una anomalía necesaria, engendrada por el impulso carnal de una Les Paul. No obstante lo cual, como reza el tema, reducirlo a eso sería quedarse en la superficie.
A partir del estreno del documental "Algo ha cambiado: un viaje quijotesco al Pappo’s Blues", dirigido por Sergio “Chapete” Bonacci Lapalma, la figura de Norberto Aníbal Napolitano vuelve a atraer la atención, pero en un territorio menos explorado de su historia: su travesía por Estados Unidos en los años noventa. “Me han dicho muchos que la película muestra un Pappo sensible. Quizás no es para cualquiera”, explica Chapete.
Más que un registro de vida, el documental ilumina una obsesión que llevó a un pibe de La Paternal a ganarse un lugar en la mesa de los grandes. Permite volver sobre su historia con una certeza: para tocar blues no hace falta haber nacido en Mississippi, sino tener el alma lo suficientemente curtida.

EL HOMBRE SUBURBANO
Si bien pasó un tiempo por Los Gatos y Los Abuelos de la Nada, El Carpo no estaba hecho para ser parte de algo que ya tenía forma. Su estilo empezaba a desentonar con la psicodelia beat porteña y eligió mantener el volumen alto. Fundó Pappo's Blues para cantarle al asfalto, a los trenes y a la libertad de ser un hombre suburbano.
A fines de los setenta disolvió aquella primera encarnación y partió hacia Europa, donde se empapó de la nueva violencia sonora que llegaba desde Inglaterra: la new wave del metal y el punk. Su destino se cruzó con titanes como su mentor Peter Green –fundador de Fleetwood Mac y ex John Mayall & the Bluesbreakers–, Mick Taylor, exguitarrista de The Rolling Stones, y Lemmy Kilmister, futuro líder de Motörhead. “Fui a eso –recuerda–, a encontrarme con los monstruos”.

En 1980, de regreso en Buenos Aires, reclutó a una guardia pretoriana hecha a su medida: allí estaban el ritmo sísmico de Michel Peyronel en la batería y la presencia hercúlea de Víctor “Vitico” Bereciartúa en el bajo. Junto a Boff Serafine formaron Riff, una máquina de guerra sonora que rompió con la estética hippie y propuso otra manera de habitar el rock. “Nosotros hacíamos revolución con nuestra música y evolución con nuestra actitud –resumiría años después–. En ese entonces la banda más pesada era Serú Girán, con eso te digo todo”.
Fue una apuesta arriesgada, un gesto que incomodó a un mundo que aún miraba con desconfianza todo lo que oliera a cuero, motos y volumen sin ironía. Pero debajo de esa superficie había algo más complejo: un entendimiento profundo de la arquitectura del sonido como sostén absoluto. Vitico anclaba. Peyronel detonaba. Pappo abría camino. Esa impronta de garaje era su mayor acto de rebeldía: en un mundo que pedía conceptos abstractos, Riff respondió con acordes que golpeaban directo en el pecho, demostrando que la verdadera vanguardia consistía simplemente en no disfrazar la esencia. Y que El Carpo también sabía ser el capitán de una flota blindada.
¿QUIÉN ERES TÚ, FORASTERO?
El documental Algo ha cambiado: un viaje quijotesco al Pappo’s Blues desplaza el foco hacia su travesía por Estados Unidos, donde el guitarrista argentino volvió a una condición casi primaria tocando en clubes donde su nombre era apenas conocido. Compartió escenarios, absorbió códigos, dinámicas, silencios. Era fundacional y extranjero al mismo tiempo.
Allí la música no era herencia cultural sino oficio e historia encarnada. Las voces que aparecen en el documental –artistas, compañeros de ruta y testigos de esas noches como Melvyn “Deacon” Jones, Gilby Clarke, Carmine Appice, Tony Coleman, Moris y Botafogo, entre otros– no hablan desde la cortesía: hablan desde el respeto. Recuerdan su sonido como algo vivo, indócil, genuino. Como si Napolitano no fuera un intérprete del blues sino parte de esa conversación.

“Dejarlo todo por los ideales, por amor al arte y a la memoria. Eso es bien quijotesco. También la amistad, que es uno de los ejes del film: la hermandad entre Deacon Jones y Pappo, dos tipos que se encontraron a pesar del idioma y la distancia, como Quijote y Sancho. Y la estructura misma de la película es una road movie, una travesía que va de Los Ángeles a La Paternal, igual que los caminantes de la Mancha”, declara Chapete.
EL LLAMADO DE LOS DIOSES
En ese recorrido aparece también una secuencia que hoy tiene peso de leyenda: el 10 de agosto de 1993, El Carpo se sube al escenario del Madison Square Garden de Nueva York de la mano de B.B. King. No como gesto protocolar, sino como reconocimiento entre iguales.
“Fue algo realmente fuera de lo común para mí o para cualquiera de los que vivimos en Argentina”, se confesaba mientras se filmaba con una cámara en el hotel, casi como anticipando –sin proponérselo– la liturgia moderna de hablarle a un aparato.

“Todavía no lo puedo creer”, decía. Contaba que se pasó la tarde regulando y afinando “la Flecha”, una Gibson Flying V a la que también lustró y le cambió las cuerdas. “Me compré un traje de seda italiana lavada. Me salió bastante caro, pero por la envergadura del evento se merecía que yo tuviera un traje italiano, ¿cierto? Ya que nunca lo tuve, entonces aproveché la situación”, agregaba.
El Madison Square Garden estaba repleto. Detrás de escena le preguntaron a B.B. King qué significaba Pappo para él y dijo que, además de ser un gran amigo, era el mejor guitarrista que había encontrado en 67 países a lo largo del mundo. Al escenario subieron Buddy Guy, Junior Wells, Koko Taylor, Eric Johnson, Lonnie Brooks. El Carpo creyó que la lista terminaba ahí y pensó que se quedaba afuera. Entonces uno de los productores se acercó y le susurró una frase inolvidable: “Vos sos el postre. El invitado especial de esta noche”.

Minutos después, ya de regreso en camarines, llegó otra: “Te felicito, estuviste muy bien. Cualquier cosa que necesites, me avisás”, le dijo B.B. King. El guitarrista argentino relataba todo con la humildad incrédula de quien todavía no terminaba de entender lo vivido. “No sé lo que pasó, pero me mandé un solo de la gran puta”, comentaría más tarde con su mezcla perfecta de desparpajo y asombro respecto de su performance.
EPÍLOGO DEL REY DEL BLUES LOCAL
Si algo definió a Pappo fue su resistencia a la domesticación. En una escena que muchas veces coqueteó con la intelectualización del rock, sostuvo una estética cruda, casi primitiva, que lo volvía incómodo para ciertos relatos demasiado prolijos. Pero esa incomodidad era precisamente su potencia. Su vínculo más estable no fue con la industria ni con los medios, sino con la gente. “Si no fuera por el público yo ya hubiera dejado de tocar”, decía, cansado de una estructura que rara vez protegía a sus artistas.
No había en él cálculo ni estrategia. Tocaba como vivía: al límite, sin filtros, con un voltaje que encontró refugio en la lucha contra la chatura de lo cotidiano. Su muerte en 2005 cerró una vida vivida con la misma intensidad con la que tocaba. Sin transiciones suaves. Sin despedidas programadas.

Volver a Pappo hoy, a través de este documental, obliga a revisar qué se entiende como auténtico en la música. En tiempos donde todo parece estetizado, medido y optimizado, su figura emerge como una contraimagen poderosa. No fue perfecto. Ni prolijo. Ni complaciente. Fue real.
Su frontalidad dio lugar a interpretaciones simplificadas: el tipo rudo, el exceso, un humor seco que hoy sobrevive como meme –“conseguite un empleo honesto”– pero que entonces tenía menos de chicana y más de código. No era cinismo. Debajo de esa aspereza había una ética feroz: la necesidad de diferenciar lo auténtico de lo impostado. Una idea de integridad sin concesiones.

El film no viene a cerrar ese enigma. Lo expone. Recupera una figura que eligió el camino no para llegar, sino para seguir buscando. Porque incluso hoy, El Carpo sigue escapándose. Cada intento de fijarlo deja algo afuera. Cada relato ordenado pierde parte de su desborde.
Y sin embargo, ahí está. Como toda leyenda que no se deja explicar del todo. Ese hombre que, aun expuesto a plena luz, sigue siendo –inevitablemente– oculto.
Fotos: Gabriel Rocca

