La Chola Poblete: "En la ambición, una sueña cosas que parecen imposibles, y en eso dejás la piel.”

La primera artista trans-queer argentina en recibir una mención honorífica en la Bienal de Venecia sigue expandiendo los límites de la industria con una obra atravesada por el marrón, la memoria familiar, el deseo y la furia.

Texto: Mercedes Ezquiaga

La Chola Poblete no deja de cosechar éxitos desde que en 2023 obtuvo el Premio Artista del Año que otorga el Deutsche Bank en Alemania. En 2024 se convirtió en la primera artista trans-queer argentina reconocida con una mención honorífica en la Bienal de Venecia, al exhibir su obra en la exposición “Extranjeros por todas partes”, curada por Adriano Pedrosa. Desde entonces, su nombre –Chola fue el nombre artístico que adoptó en sus primeras performances– quedó grabado como uno de los más potentes de la escena contemporánea internacional. Mientras tanto, sigue corriendo los límites de su obra, entre lo íntimo, lo político, lo simbólico y lo pop, construyendo una narrativa visual que combina vírgenes rotas, choripanes, Evitas, un tinto, cumbia y banderas de resistencia.

“Cuando recibí el premio fue de un vértigo tan grande que el pos Venecia me dejó una gran pregunta, y era ‘¿qué más se puede hacer después de esto?’. Finalmente, llegaron nuevos proyectos y con ellos grandes desafíos. A mí me encanta estar en movimiento. No me conformo. Quiero más, aunque a veces me arrepiento porque, en la ambición, una sueña cosas que parecen imposibles, y en eso dejás la piel”, le dice la mendocina a El Planeta Urbano.

Su trabajo es, a la vez, profundamente autobiográfico y universal. En su producción, Poblete parte de su color marrón, de su historia personal, de su identidad chola resignificada, para abrir preguntas sobre la belleza, el poder, la iconografía y la memoria colectiva. Su obra es un espejo deformado donde conviven el glamour y la rabia, lo marginal y lo divino, la alta costura y el barrio. Y si bien su figura se convirtió en un símbolo, ella insiste en no romantizarla.

Uno de sus temas son las vírgenes cholas, ligadas a una historia familiar. Le contaron que su abuelo encontró una virgencita tirada en su Bolivia natal. Y cuando alguien encuentra una virgen, debe enterrarla para rendirle culto. Pero su abuelo no lo hizo: la tiró y al hacerlo se rompió. Por lo que, entendieron, lo iba a perseguir una maldición. Él murió a los 33 años, y su nieta, hoy, pinta vírgenes.

Su arte, sus raíces, lo que significa crecer a la sombra de la cordillera en Guaymallén, los íconos que la obsesionan, el dolor convertido en belleza y cómo sigue reinventándose para no caer en el encierro de su propio yo son algunos de los temas que abordó en esta entrevista. Todo, mientras prepara su próxima muestra individual en Barro Galería, para noviembre, donde promete sorprender una vez más.

–Solés decir que volver a Guaymallén, Mendoza, es una necesidad vital: la tierra, tu familia, tus amigos de la infancia. ¿Qué lugar ocupa ese territorio en tu obra y en tu identidad?

–Guaymallén es el lugar en donde me hice mis primeras preguntas respecto al arte. Hay algo del paisaje que por momentos parece tan hostil, es tan colosal. Crecer mirando la Cordillera de los Andes es algo inexplicable. Creo que esa sensación de sentirse oprimida por la montaña me hizo ser quien soy hoy. Intentar ver más allá. Como el cóndor.

–En tu obra han aparecido múltiples versiones de La Chola: una Venus de Botticelli contemporánea, una modelo de alta costura con orejas de pan, una madre con aguayo, una figura pop pisando papas fritas. ¿Sentís que estás construyendo una nueva iconografía?

–Estoy obsesionada con la vida de los íconos del pop y del rock. No sé. A mí me encantaría ser recordada en alguna remera de una marica en una marcha. No sé si estoy construyendo una nueva iconografía. Quizá solo las estoy resignificando.

–En una de tus acuarelas que mostraste en Venecia se veía una Virgen que es Evita; un león tachado, un choripán, la frase “el que corta no cobra”, un tinto, cumbia… ¿Dirías que la actualidad social y política siempre está presente en tus trabajos?

–Sí. Si bien en este momento soy una privilegiada por poder vivir de mis obras, yo vengo del barrio de verdad. A mí el arte me cambió la vida pero no a mi familia. Entonces estoy muy en contacto con las distintas realidades de este país. No podría dejar de hablar de cosas que me duelen o me disgustan. Este presidente ha generado una carencia intelectual en los más jóvenes que asusta. Las cosas que replican algunos o lo que intentan borrar es de terror. ¿Podés creer que salía con un chico que tenía en su casa una foto de Videla enmarcada, y esta persona es fan de Milei? Terrible, ¿no?

–“Yo tengo que hablar de mi color marrón”, dijiste una vez, al contar cómo el nombre La Chola fue una forma de resignificar una palabra despectiva y visibilizar tu identidad. ¿Cómo te ayudó la performance a hacer de ese enunciado una práctica artística? ¿Y cómo hacés para no quedarte, como decís, “ensimismada”, y seguir preguntándote por el arte más allá de lo autobiográfico?

–La performance entró en mi vida sin yo saber muy bien qué era. Me encontré haciendo ejercicios que me ayudaban a mí de una forma terapéutica. Estaba pasando por un gran duelo, entonces mi forma de salir de ahí era inventarme actos psicomágicos, por decirlo así. Luego entendí que quería abandonar mi cuerpo y ser otro alguien, y ahí comencé a explorarme. Intento buscar nuevos motivos vitales para seguir creando, supongo. No sé. Aunque intente dejar de hablar de mí, siempre lo estaré haciendo. Quizás de manera un poco menos explícita.

–En una entrevista hablaste de tu búsqueda de “una idea propia de lo bello”, más allá del género y de los cuerpos normativos. ¿Cómo se construye esa belleza disidente en tu obra y en tu vida?

–Creo que, a medida que uno crece en todos los sentidos, hay cosas que ya dejan de interesar. Es todo tan efímero. El dolor puede ser algo bello. Podríamos romantizar todo. Fui encontrando en cada persona o situación distintas ideas de lo que es bello. Después, respecto de mi obra, en un momento se volvió demasiado “diario íntimo” y me harté de mí. Así que ahora solo pienso en cómo abstraer todos esos elementos que la componen y cómo abstraerme con ellos. Podría decirte que encuentro la belleza en las cosas que no tienen una forma reconocible.

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