Sus imágenes fueron publicadas por medios como Vogue, Nylon y Milk, pero su futuro promete ir aún más lejos. Así trabaja la artista que llegó a ser finalista de los Sony World Photography Awards 2021 y fantasea con crear un libro fotográfico inspirado en los sueños.


Sería injusto decir que la pasión de Loli Laboureau por la fotografía nació en la primera fila de los desfiles más tops de la Fashion Week. Es cierto: el punto cúlmine de su carrera (al menos hasta ahora, porque tiene un futuro prometedor) llegó en Nueva York, pero su interés por el arte data de los primeros viajes en familia, acompañada por sus padres y sus dos hermanos. “Cuando éramos chicos, mi mamá nos inculcó mucho el hecho de ir a museos. Si viajábamos, por más de que fuéramos a un pueblo y el museo sólo tuviera una cacerola, si o si teníamos que ir. Eso, sin dudas, despertó algo en mí”, cuenta, instaladísima en la escena artística. 

En plena transición a directora creativa, Loli llegó a publicar sus trabajos en medios como Vogue, Dazed, Nylon, Milk y Harper´s Bazaar, trabajó con la marca Chanel e incluso una de sus imágenes fue elegida como la mejor fotografía de la Semana de la Moda de Nueva York por el vicepresidente de IMG en 2019. Pero, además, en plena cuarentena, fue premiada en los Sony World Photography Awards 2021: ganó el tercer premio del concurso Latin America Professional con una serie titulada Ciudadanos del mañana, en la que combinó tomas del mundo pre-pandémico y una serie de retratos que describen la “nueva normalidad”. 

«The Fortune Teller», seleccionada en la competencia Sony World Photography Awards 2021

Aunque su presente es frenético (su vida transcurre de rodaje en rodaje), hubo un tiempo en el que abandonó la fotografía por autoexigencia propia. “Me di cuenta de que no era la mejor y se me pinchó el globo. Fue la época de la decepción, del ego, hasta que me di cuenta de que la carrera es con uno mismo. No te podés quedar con la soberbia de decir que sos el mejor, porque siempre va a haber alguien mejor que vos”, asegura, mucho más madura. 

Con un paso fugaz por el diseño de indumentaria (al día de hoy confirma que ni siquiera sabe identificar telas), volvió al mundo de la imagen, otra vez impulsada por su familia. “Un día me llamó mi hermano porque estaba organizando una pasarela en Ecuador y me pidió que sacara fotos del backstage. Ese día me cambió la vida para siempre”. 

—En el mundo 3.0, donde todos tenemos cámaras al alcance de la mano, ¿qué hay que tener para ser un buen fotógrafo?

Yo separo lo que a mí me gusta, que en general son directores creativos que hacen fotografía. Hay fotógrafos que le sacan fotos a un pájaro, y si bien yo no veo la belleza en eso, entiendo que hay gente a la que sí le gusta. Para mí eso es muy básico. Quizás me encanta una foto de un león a punto de cazar, pero eso ya me cuenta una historia. Creo que esa es la respuesta: hay que saber contar historias. 

—¿Cómo puede entrenar el ojo un fotógrafo?

Vos muy bien lo dijiste, el ojo es músculo, no nos olvidemos de eso. Es como llevar el ojo al gimnasio, te levantás todos los días y no solamente sacás fotos sino que te ponés a ver libros de publicidad, libros de fotografía, museos. Es un toque de práctica y teoría, aprender qué te va a hacer bien para el músculo y después ponerlo en práctica. Pero es un ejercicio de todos los días.

Foto: Nikki Ortiz

—Alguna vez contaste que parte de tu proceso creativo pasa por tus sueños. ¿Cómo es eso?

Sí, desde chica sueño mucho. No hay noche en la que no tenga más de cinco sueños, y mucha gente piensa que es una locura. Yo viví un año y medio en Nueva York y hubo una época en la que estuve muy mal. Extrañaba mucho Buenos Aires y tenía un laburo en prensa de moda en el que me trataban pésimo. Trabajaba doce horas por día, me pagaban re tarde, y un día tuve un sueño muy fuerte para mí: soñé con un león apoyado en mi regazo mientras yo lo acariciaba. Cuando alguien se me acercaba, el león le gruñía, y lo sentí muy real. Fue muy vivido, parecía una memoria más que un sueño. Me levanté y dije: tengo que salir de ese lugar. 

—¿Qué interpretaste de ese sueño?

—Yo sabía que tenía al león domado, que tenía la situación domada. Pensé: dale, vos podés, tenés la situación domada, si querés, podés domar al león. Y ahí me fui del trabajo. Cambié de laburo por ese sueño.

—¿Y cómo trasladás esos sueños a tus trabajos?

Tengo todos los sueños anotados en un cuaderno porque tengo un proyecto en mente para hacer un libro de sueños. Quiero agarrar los sueños de muchas personas distintas y representarlos en fotos. Sobre todo para esa gente que quizás no puede soñar, entonces no sabe bien cómo se ve. 

—Te llevo un rato al mundo de las redes sociales. ¿Qué cosas rescatás de publicar tu trabajo en un medio como Instagram y qué cosas no te resultan tan positivas?

Me pasa que Instagram, si bien te da visibilidad y es como un portfolio general, es muy efímero. Subís algo y la gente después se olvida, las fotos tienen tantos likes, tantos compartidos y chau, mueren en un día. Me pasa que tengo fotos que fueron re pensadas, que llevaron mucho tiempo y no son solamente para Instagram, por eso ahora empecé a imprimirlas y quiero pegar algunas en la calle. Son fotos que quiero que sean tangibles, yo quiero que mis fotos perduren. Además me pasa que termino buscando innovar todo el tiempo y me olvido de que, a veces, es necesario empujar un sólo trabajo, algo que a vos te guste y meterle mucha fuerza a eso para que tenga repercusión. 

—Vivimos en un mundo donde siempre estamos siendo aprobados o juzgados por los demás. ¿Cómo manejás la opinión ajena en redes sociales para que eso no influya a la hora de ser creativa?

Mirá, le diste en el clavo. Cuando era chica, yo era un terremoto, nada me importaba. Tuve un primer novio que fue muy violento conmigo y ahí me convertí. Cuando me di cuenta de que la vida no eran princesas de Disney ni mi novio el Príncipe Azul, me enojé mucho, porque yo contaba lo que me estaba pasando y la gente no me creía. Siempre me hacían sentir que la del problema era yo. En ese momento, sentí que perdí la voz, por eso puse todas mis energías en la imagen, en la foto. Como no tenía palabras, puse mi fuerza en la imagen. Yo empecé a crear por tener falta de voz, y hoy no quiero dejar que me vuelvan a censurar. 

—Más allá de que te enfocaste en la imagen, creo que tus trabajos tienen un mensaje fuerte. ¿Creés que recuperaste esa voz?

Sí, totalmente, me costó diez años, pero sí. Quizás yo antes era un terremoto y todo lo que decía, era desde el enojo. Y cuando vos decís las cosas así, la gente no escucha. Por más de que vos tengas razón, la gente piensa que te pasa algo. Ahí aprendí que la clave está en cómo decís las cosas, no en qué decís, y empecé a recuperar mi voz. Porque antes estaba gritando, gritando por gritar.