Luego de 28 años de sequía, la Selección argentina ganó la Copa América nada menos que en Brasil, donde Lionel Messi, su mayor apóstol, finalmente festejó. Un logro que se celebra en el Obelisco, en Rosario y en todo el universo futbolero, que, ansioso, esperaba ver feliz con la celeste y blanca al mejor jugador del mundo.


Como en un cumpleaños de 15, uno a uno los futbolistas de la Selección argentina fueron tomándose un retrato con el agasajado. Sonrisa, clic, foto. ¡Siguiente! Faltó la velita, sobraron los mimos. “Me haría más feliz que Messi gane el Mundial que ganarlo yo”, sostuvo Emiliano “Dibu” Martínez días antes del arranque oficial de la Copa América 2021. Y el deseo del Dibu, que fue meme y también figura, era el deseo de todos: que Lionel Andrés Messi se consagrara campeón con la celeste y blanca.

Tras el pitazo final del árbitro uruguayo Esteban Ostojich, en pleno Maracaná, sus compañeros fueron a arrodillarse con él, a celebrarlo, a pedirle una foto en este ágape personal, en su propio cumpleañito (que hasta tuvo sanguchitos y fernet). Después de 28 años, la Argentina rompió con la maldición y salió campeona contra el poderoso Brasil y en el estadio donde el Scratch nunca –o casi nunca– pierde. Adiós, fantasmas. Gracias, Leo.

Con los ojos rojos y brillantes, todavía llenos de lágrimas, posó el culo sobre el verde césped y le pegó un tubazo a su familia. Ring, ring. “Hola, ¿dónde están? ¡Mirá, Ciro!”, le dijo Messi a Ciro, el más pequeño de sus hijitos. Después de cuatro intentos (Copa América de 2007 ante Brasil, Copa del Mundo de 2014 ante Alemania, Copa América de 2015 ante Chile y Copa América Bicentenario de 2016 también ante los trasandinos), Messi consiguió un título con la Selección y pudo mostrarles a sus hijos (y a Antonella, su compañera, y a todo el mundo del fútbol) la tan ansiada medalla. Lo quería él, lo quería el planeta entero. Era la foto que faltaba.

Desde ahí, un desahogo: después de darle mil besos a la copa, de sacarse fotos con todos sus compañeros y de la call con la flía, Messi se entregó a una charla con Neymar, su rival de la noche, uno de sus grandes amigos. Hubo llantos, hubo risas. Lo quería él, lo quería el planeta entero y, también, hasta lo quería Neymar, indiscutida figura brasileña: en Instagram, Ney se despachó con un largo y emotivo posteo en el que aseguraba que odiaba perder pero que este era el título de Leo, su amigo, y que, por supuesto, todos estábamos esperando este momento.

Tras una reverencia del técnico verde-amareloTite y luego de un abrazo con Lionel Scaloni, jovencísimo DT de la Selección, domador profesional de periodistas deportivos, Leónidas de Pujato y papá de la Scaloneta, Messi se juntó con los suyos de cara a los argentinos presentes en el estadio (“Oh, yo soy argentino/ PCR, negativo”, entonaron) y, mientras vitoreaban su logro, sacó chapa de líder: “No”, espetó y rajó como un rayo. Entusiasmado, Rodrigo De Paul, figura excluyente del partido, había encarado intempestivamente un cántico en contra de los brasileños. “No, no”, dijo Messi, y lo frenó en seco, mientras salía disparado para el lado contrario de la cancha. Ganar es, también, respetar el dolor ajeno. Y Messi, a esos golpes los conoce bien.

Llegó el vestuario, los pasitos de Alejandro “Papu” Gómez (que baila todos los ritmos), las stories documentales de Nicolás Otamendi y los streams en plan comedia de Sergio “Kun” Agüero. Hubo unos traguitos, la joda presagiaba un alivio: la Argentina era campeona. Siguieron las fotos con Leo, como la de Julián Álvarez, el pibe de 20 años de River Plate que ve en Messi a un ídolo de póster, a un personaje del Pro Evolution Soccer.

Y en el vestuario, faltaron los Javier Mascherano, los Sergio “Chiquito” Romero, los Lucas Biglia, los Gonzalo “Pipa” Higuaín, sus viejos compañeros de mil batallas. Y allí, en esta nueva escena, asoman sus flamantes socios, los que advierten en Messi no a un contemporáneo sino a un héroe, a una especie de mito inmarcesible: Cristian “Cuti” Romero, Nahuel Molina Lucero, Nico González, Giovani Lo Celso, Lautaro Martínez y demás. “Que de la mano/ de Leo Messi,/ todos la vuelta vamos a dar”, cantaron todavía sudados, en el micro, en el avión, cada vez que pudieron.

En la calle, en todas las calles, los argentinos explotaron de emoción. El Obelisco reventó de gente: niños, madres, padres, ancianos, parejas, familias enteras, curiosos, altivos, caniches con remeritas ridículas y geniales. Gritos, bocinazos, calor. Lo mismo sucedió en el Monumento a la Bandera, en Rosario. Y, como no les quedó otra, hasta los canales de televisión más rancios asumieron la excepcionalidad de festejar en medio del drama que recorre nuestro cotidiano. Por eso, este título significó, a su vez, la primera alegría colectiva en el peor año y medio de nuestras vidas. Entretanto, en cada rincón del país, durante esa noche fría e invernal, única y alucinante, cada argentino supo que Messi estaba siendo feliz y que todos, a su vez, estábamos siendo felices por Messi.

Y un poco más allá de las Provincias Unidas del Sur llegaban las imágenes vía Twitter de caravanas de motos, autos y bicicletas con la celeste y blanca que vitoreaban al 10 desde Bangladesh, Indonesia, Ghana, el Líbano, la India, Sudáfrica, China y quién sabe desde dónde más. Nenes gritándoles a tótems de cartón que cortaban las calles, adultos revoleándose sillas de la emoción, cervezas estrolándose contra televisores, fanáticos enardecidos tomando por asalto patrulleros, convoyes de caballos galopantes, banderas XXL recorriendo finitos pasillos. Hubo celebración, hubo goce, hubo felicidad por carácter transitivo: Leo fue feliz y el mundo del fútbol, que lo quería hace tiempo, también.

Desde Europa, el mayor streamer de habla hispana, el bilbaíno Ibai Llanos (a quien, junto con el fotógrafo japonés Masahide Tomikoshi, habría que ir sacándoles la nacionalidad criolla), también celebró el título de Leo. “Es el mejor de la historia sin ningún tipo de discusión”, sentenció. Asimismo, en Instagram, la red social favorita de los futbolistas, sus ex compañeros estallaron de emoción (muy activo Ezequiel “el Pocho” Lavezzi).

Obviamente, el presidente Alberto Fernández también se plegó a las felicitaciones y hasta obtuvo el saludo del Papu, uno de los más carismáticos del plantel. “Dale, Beto querido”, le respondió el delantero del Atalanta. Y, a dos días de la final y tras una larga burbuja sanitaria de más de un mes, hubo chichoneos varios: “Me levanté para los mates y no había nadie”, le firmó Leo a Leandro Paredes. “Ya fue, tirá los reyes”, devolvió Otamendi, añorando alguna merienda acompañada de un truco. Qué lindo es el fulbo.

Y después de un fin de semana maradoniano, mucho más pornográfico que erótico, con la victoria de la Selección 1 a 0 sobre Brasil y el triunfo de Italia por penales contra Inglaterra (“sus selecciones” versus las de “sus enemigos”), taza taza, cada uno volvió a su casa. Mientras tanto, Google ya dispuso una cuenta regresiva que nos infla de manija para el Mundial de Qatar 2022, el próximo objetivo de Leo, la Scaloneta y los suyos.

Por estos días, ya campeón, brilla como un mantra la frase que siempre supimos pero que nunca está de más recordar: no le debe nada a nadie, no le debe nada a nadie, no le debe nada a nadie. El cuello del cisne se dobló un par de veces pero no se rompió. Y, con Messi, el fútbol cambió para siempre: con la misma pelota que vienen pateando desde la concepción del deporte, en 1863, él hizo otra cosa. Una distinta, única, particular; con formas cuidadas, artísticas, fenomenales.

A la sazón, con la misma materia prima que todos, Leo hace algo mejor: la trata como nadie, se enamora de ella, se obsesiona hasta el fin, la maneja como el Romeo más romántico. Ama cada gajo, cada poro, cada parte de su forma redonda, cada pedacito de cuerina. Entonces, por tanto, si mañana cayera un marciano al patio de casa y necesitara conocer de qué trata el deporte, bastará para ello un resumen de la actuación del capitán argentino en la Copa América: fue máximo goleador, brindó el mayor número de asistencias y fue, por escándalo, el jugador más gravitante de todo el continente.

“Messi es un perro”, escribió en su momento el siempre pillo Hernán Casciari, haciendo alusión a su obsesión absurda con la pelotita. Así, como en Kill Bill, Lionel tachó el más sangriento y pasional de sus pendientes. Ya está, ahora sí: a sus 34 años, y con todos los récords encima habidos y por haber, Messi por fin salió campeón con la Selección argentina. Y todos –héroes y villanos, críticos y fanes, adormecidos y afiebrados, absolutamente todos sin excepción– fuimos invitados a su cumpleañito.