Desde hace un tiempo hasta hoy, la escritora y periodista argentina avanza a paso firme en el mundo de la literatura y, a fuerza de distinciones y premios internacionales, lleva al género del terror a un protagonismo rezagado en los últimos años.


Mariana Enriquez es la escritora argentina de la que todos hablamos. Maestra latinoamericana del gótico, se anima a explorar miedos ancestrales y otorgarles una actualidad urgente. Ganadora del Premio Herralde de Novela por Nuestra parte de noche, sobre sus hombros recae un poco la renovación en el panorama de la literatura argentina.

Como directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes, sabe que ahora también sus decisiones pueden colocarla en el ojo de la tormenta, pero nadie puede quitarle el refugio de la buena literatura, la música que la acompaña desde siempre y una cuenta de Instagram que exhibe la sofisticación de una auténtica conocedora.

–Se cumplen 25 años de Bajar es lo peor, una novela que publicaste cuando tenías apenas 21. ¿Qué te impulsó a escribir?

–En ese momento yo vivía en La Plata y no tenía ningún contacto con el medio literario: no iba a talleres, tampoco conocía a escritores, nada de nada. Lo que me impulsó fue que leía mucho y acá no encontraba un material que hablara de mi vida, de mis amigos, de nuestros gustos. Eso estaba en el rock, en revistas como Cerdos & Peces, pero no en la literatura de acá. Sí en la de afuera, con Bret Easton Ellis y William Burroughs. Quise escribir algo así pero sin la intención de publicar, se lo mostraba a mis amigos. Pero en ese momento la editorial Planeta estaba buscando una novela de tema juvenil. Gabriela Cerruti, que ahora se dedica a la política, pero en ese entonces era periodista y autora estrella por su libro El jefe, era hermana de una amiga mía, y lo llevó a la editorial para una colección que dirigía Jorge Lanata. También lo leyó Juan Forn, así que terminó saliendo en la colección de Jorge editado por Forn. Yo estudiaba periodismo y fue como un arrojarse a escribir.

–La música siempre fue muy importante para vos. ¿Es verdad que estuviste en el mítico recital de The Cure en Ferro del 87?

–Sí, tenía 13 años y me escapé de mi casa para ir. Era muy chica, pero lo que más recuerdo es el viaje, porque tenía miedo después de haberme escapado. También me quedó en la memoria esa cantidad de gente, la oscuridad, el quilombo, la experiencia un poco extrema. La música es superimportante para mí, escucho canciones, me gusta leer sobre la vida de los músicos.

–¿Qué tipo de lector te imaginás mientras escribís?

–Ninguno en particular, aunque quizás en Nuestra parte de noche imaginé a un lector con puntos de interés afines conmigo. Hay referencias muy directas a Lovecraft, a Stephen King, a cierta literatura de terror cercana al ocultismo británico. Imagino a un lector cómplice de esas cuestiones, aunque la novela es más amplia que eso. No es un libro que sólo puedan disfrutar aquellos que capten las referencias. En general, pienso en un lector joven pero más que nada desprejuiciado, que pueda acercarse a un texto de género, a una novela larga, sin estar pensando que es algo menor o de entretenimiento. Todas esas cuestiones son muy anticuadas y también muy alejadas de la literatura argentina. Nuestro canon literario es el fantástico, me parece rarísimo que cuando surge un texto de género sea considerado juvenil, no algo para adultos. Me cuesta creerlo en una literatura regida por Bioy, Borges, Cortázar, Silvina Ocampo, Marcelo Cohen. Todos nuestros grandes escritores escribieron género.

“El terror, para dar miedo, necesita emanar de la realidad, y el tema de la dictadura argentina se constituyó en mí como un trauma histórico y personal muy largo en mi vida.”

–Hablando del género fantástico, es inevitable preguntarte sobre la inusitada polémica que se desató por el Concurso del Fondo Nacional de las Artes. ¿Te sorprendió la irritación que causó esa intención de premiar obras de género?

–La decisión de que el concurso fuera sobre el género fantástico, ciencia ficción y de terror tuvo que ver con la coyuntura que estamos atravesando y con las becas que hay que sostener. En estas circunstancias, se me pidió que organizara un solo concurso. Entonces decidí que fuese un concurso excepcional, fuera del programa de los concursos tradicionales, también por una cuestión de presupuesto. Yo elegí que fuera de género, algo que nunca se había hecho, y el Directorio lo aprobó. No fue una decisión unilateral, sino consensuada con ellos. También quisimos que fuese por regiones de la Argentina, porque notamos que había cierto desbalance de los participantes y queríamos que estuvieran representadas las provincias. Eso fue todo, un concurso donde se compite en todas las categorías, cuyo tema central es el género y con un jurado conformado por especialistas en la materia. Después, lo que se dijo ya no depende de mí, todo el mundo tiene derecho a opinar y también a no estar de acuerdo.

–El horror puede anidar en todos los géneros, esconderse hasta en lo más cotidiano. En Nuestra parte de noche, por ejemplo, está muy anclado en la dictadura. ¿Eso te sirvió como una realidad más propicia aun para el terror?

En la ciencia ficción uno podría armar un futuro posible o un planeta propio, pero el terror es un género mucho más cercano al realismo. Pensar en una novela de terror despegada de la realidad es muy difícil. Los escritores de género más clásicos, como Lovecraft, hacen que sus personajes circulen por lugares reales y normales. El terror, para dar miedo, necesita emanar de la realidad, y el tema de la dictadura argentina se constituyó en mí como un trauma histórico y personal muy largo en mi vida. Abarcó todo el transcurso de mi infancia, y luego, en la posdictadura, que es cuando se produce la apertura democrática, también aparece una gran apertura de información sobre lo que pasó. Entonces me encontré leyendo el Nunca más con diez años, viendo entrevistas a torturadores y a gente torturada. La dictadura es algo fantasmal que, en ese sentido, me funciona muchísimo con el género. Porque el fantasma de algún modo es un trauma, algo que se resiste a irse, una presencia que no se logra exorcizar.

–Volviendo a los concursos, ganaste premios tan importantes como el Herralde y el Celsius. ¿Qué significa para vos este tipo de reconocimientos?

–Siempre son lindos los reconocimientos, aunque yo no los busco deliberadamente; termino una novela y listo, la terminé, no pienso en eso. De hecho, el Celsius, por ejemplo, es un premio que se otorga, no hay un concurso al que te presentás; Las cosas que perdimos en el fuego ganó el Premio Ciudad de Barcelona, que tiene las mismas características, te eligen ellos. En general, yo no mando a concursos. Sí lo hice en el Herralde, porque a mi agente le pareció que podíamos hacerlo, no con demasiada confianza porque el Herralde no suele galardonar género. Estuvimos expectantes, no dijimos de entrada “con esto la rompemos”.

“La idea de una literatura femenina me parece muy demodé y me niego a captarla como un fenómeno. Que escribamos y nos lean es lo normal y debería estar pasando desde hace mucho, bienvenido que sea ahora.”

–En cuanto al Premio Herralde, si bien lo han ganado Alan Pauls, Martín Caparrós y Martín Kohan, sos la primera escritora argentina mujer que lo gana. ¿Cómo te cae esto de que se diga “la primera mujer en obtenerlo”? ¿Tiene alguna significación especial a esta altura del partido?

–Espero que la deje de tener pronto. Porque primero, no es una rareza; segundo, no hay nada que haga que un hombre pueda escribir más o mejor que una mujer. Eso siempre me pareció un concepto disparatado. Me llamaría la atención si hubiese un perro escritor, porque los perros no tienen lenguaje, pero que una mujer pueda ser escritora en 2020 es una cuestión perimida. Me parece que si las escritoras recibimos reconocimientos es porque los textos son buenos. Es cierto que en estos tiempos, debido al feminismo, esos textos son más compartidos y leídos por la gente, y lógicamente, al circular más, los jurados los descubren y los premian. No descarto también que sea un momento histórico, si querés, donde el público nos está conociendo y leyendo. En ese sentido, creo que está bien que lo aprovechemos. Pero la idea de una literatura femenina me parece una idea muy demodé y me niego a captarla como un fenómeno. Que escribamos y nos lean es lo normal y debería estar pasando desde hace mucho, bienvenido que sea ahora.

–Antes de terminar, necesito que hablemos de tu Instagram. Siempre ponés fotos de actores, cantantes y escritores.

–El Instagram es una manera de recordarme las cosas que me gustan y la gente que admiro en un mundo horrible. Es más para mí que para los demás, una especie de santoral con personas que me estimulan y a las que admiro en un mundo que tiende a ser espantoso.