En plena cuarentena, la reconocida fotógrafa estrenó un imponente documental para Nat Geo con el que pudo conocer y retratar a diez líderes espirituales alrededor de todo el mundo.


Gaby Herbstein habla a través de fotos desde los 18, cuando de casualidad hizo un curso de fotografía y sintió magia al ver la imagen revelarse en el cuarto oscuro. “Fue una revelación, literal”, cuenta. A partir de ahí, no paró de disparar el obturador. Y siempre provocó con lo que mostró.

Sus producciones de moda para grandes marcas, sus muestras alrededor del mundo, sus memorables calendarios para la Fundación Huésped, sus retratos a celebridades argentinas, sus intervenciones en vía pública para generar conciencia ecológica; a través de esa belleza que muestra, siempre da un mensaje, que se impregna con fuerza, tiene poder. Como Creer para ver, el documental que soñó y creó (se ve en Nat Geo los martes a las 18) para dar a conocer a diez líderes espirituales alrededor del mundo: Nikolay Oorzhak en Rusia, Abuela Margarita en México, Brother David en la Argentina, Admor Hassaraf en Malta, Abuela Niña en México, Jean Shinoda Bolen en los Estados Unidos, Hiah Park en Austria y República Checa, Abuelo Héctor Falcón en México, Angaangaq en Groenlandia y Sri Sri Ravi Shankar en la India. En una charla virtual, viajó mentalmente a cada uno de estos lugares y transmitió retratos, detalles y palabras de esta experiencia transformadora.

“La Abuela Margarita me dijo que estaba muy contenta con este ‘retiro obligatorio’. Que lo veía como algo bueno, como una oportunidad. Me gustó esa forma. Porque yo al principio de la cuarentena dije ‘¡qué lindo!’, pero después ya no lo veía muy positivo, y ahora lo puedo ver un poco más así.”

–Esto de viajar y sacar fotos fue algo que venías haciendo, ¿era una práctica común en vos?

–Viajo mucho y, por supuesto, saco fotos mientras lo hago. Eso me abrió a muchas posibilidades de salirme del estudio y disfrutar de lo que ya estaba ahí, no había necesidad de armarlo. Y de disfrutar también de las culturas, charlar, comer la comida que le gusta comer a la gente de cada lugar. Tiene que ver con lo que en un primer momento quise ser, que fue antropóloga. Se mezcló todo ahora. A este proyecto un día lo soñé; soñé un libro con páginas en movimiento, donde me veía haciendo las fotos de los maestros espirituales. Me levanté pensando “¡qué buen proyecto!”. Y empecé a trabajar para hacerlo posible, lo banqué con mis ahorros, muy a pulmón. Venía transitando un camino de búsqueda; de chiquita no tuve enseñanza religiosa de ningún tipo, entonces necesité empezar a buscar más allá. Y me di cuenta de que la espiritualidad es universal y de que está por fuera de la religión. Yo venía leyendo mucho, hice el libro Aves del paraíso y Estados de conciencia, que tenía que ver con mostrar en imágenes un camino de autoconocimiento. No fue casualidad. Pero nunca me imaginé que Naciones Unidas iba a seleccionar el proyecto para apoyarlo.

–¿Cómo llegaste a los líderes que elegiste para el documental?

–La búsqueda la hice sobre la base de aportar diferentes piezas al rompecabezas de la espiritualidad. Ravi Shankar trabaja con la respiración; Hiah Park, con la danza; Nikolay Oorzhak, en Siberia, con las vibraciones de los sonidos. Es mi primera experiencia documental, convoqué a Eric Dawidson para que me acompañara. Hice una wishlist de todos los maestros que quería conocer. Quise que fueran maestros que trabajaran genuinamente en pos de la humanidad, porque hay mucho turismo espiritual y gente que no actúa de tanta buena fe. Fueron cuatro años viajando. No fue fácil llegar, creo que este proyecto fue posible porque surge del sueño de una artista. No es que yo iba a hacer remeras y tacitas con la frase del maestro.

–¿Detalles de cada lugar que se te hayan quedado guardados?

–En la India, Ravi Shankar quiso, antes de vernos, que experienciemos con el equipo la festividad de Navratri, y después pasar por meditaciones con cien mil personas, para que veamos lo que es realmente un Áshram. Después, en Groenlandia, acampamos frente a los glaciares, en una época del año en que siempre es de día; eran las tres de la mañana y parecían las cinco de la tarde, teníamos que dormir con antifaces. Uno siente hermandad como humanidad, por más que estés en otro punto del planeta. Angaangaq me decía frente al glaciar: “Esto se derrite en cuatro años, no se puede hacer nada, el daño ya está hecho”. Ver eso, y todos los chamanes cantándole al Gran Hielo, que es como su dios, te da desesperación, decís “¿cómo puede ser?”. El mismo Angaangaq siente que falló, porque si bien estuvo durante quince años advirtiendo sobre esto, hablando en Naciones Unidas, hoy estamos viendo las consecuencias. En el episodio llora y dice “yo fallé”, y pobre, hizo todo lo que pudo.

–¿Qué te quedó de tu charla con Abuela Margarita, en México?

–Cuando nos estábamos despidiendo, estábamos ante un momento que para mí era insoportable: hacerle firmar el derecho de imagen. La Abuela Margarita me dice: “OK, yo te lo voy a firmar pero con una condición: que vos el año que viene vengas a visitarme a la montaña, a hacer una búsqueda de visión, porque yo quiero que te conozcas a vos misma, para poder transmitir el mensaje de este documental. Y vas a venir el que viene y el otro, así durante cuatro años”. Fui dos años seguidos, y este se suspendió por la pandemia. Fue el encuentro más groso que tuve conmigo en toda mi vida.

–¿Cómo fue la experiencia de acercarte a la kabbalah?

–Yo ya venía estudiando, y conocerlo a Admor Hassaraf, tener conversaciones sobre física cuántica, te abre la cabeza, te lleva a otro nivel. Nosotros nos regimos por nuestros sentidos, lo que vemos, tocamos, olemos. La kabbalah te habla de que vivimos en un uno por ciento, que hay un 99 por ciento que no percibimos con nuestros sentidos, y esa es la realidad. Entonces te pone en un lugar que te saca de la estructura a la que venís acostumbrado, a cómo uno entiende la realidad.

–Tu cabeza debe de estar llena de imágenes ¿Hay alguna que se te venga recurrentemente?

–La Abuela Margarita no quería que le sacara fotos, me decía que por qué a ella, que mejor al cielo, y yo le intentaba explicar que su imagen física también inspiraba mucho, su sonrisa. La logré convencer, y me dijo: “Haceme la foto pero arriba de un árbol”. Y eligió un árbol muy viejito, como ella, que tiene 86 años. Se abrazó a un árbol, y su piel era de la misma textura. En un momento se fue, entró en meditación. Justo en estos días hablé con ella y le pregunté: “Cuando se subió al árbol, ¿adónde se fue?”, y me dijo: “Yo me abrazo a los árboles y a las piedras porque son sabios, mantienen el conocimiento intacto. Me gusta mucho abrazarlos porque tienen el conocimiento impregnado, ellos no olvidaron”.

–¿Te trajiste souvenirs de cada lugar?

–Me pasó que en cada lugar que estaba, alguien que no conocía se acercaba y me traía una piedra. Me regalaron piedras. Entonces las fui guardando.

–¿Reflexiones que te hayan quedado de los maestros, que invoques, más por estos días de cuarentena?

–La Abuela, respecto de la cuarentena, me dijo que estaba muy contenta con este retiro obligatorio. Que lo veía como algo bueno, como una oportunidad. Me gustó esa forma. Porque yo al principio dije “qué lindo”, pero después ya no lo veía muy positivo, y ahora lo puedo ver un poco más así.

“Este proyecto es creer en un sueño y llevarlo a cabo, asumir que es posible y de pronto, mágicamente, se van abriendo las puertas. Todo lo que vi me abrió muchísimo a diferentes formas de ver la realidad. Pero es un camino esto; hay que caminarlo todos los días.”

–Teniendo en cuenta el nombre del documental, Creer para ver. ¿En qué sentís que creés vos?

–Yo creo que tiene que ver con creer en uno mismo. Este proyecto es creer en un sueño y llevarlo a cabo, creer que es posible y de pronto, mágicamente, se van abriendo las puertas. Todo lo que vi me abrió muchísimo a diferentes formas de ver la realidad, a creer. Pero es un camino esto; hay que caminarlo todos los días. Es un poco la búsqueda de la felicidad. Como dice Admor: “¿Para qué vinimos a este mundo? Para ser felices”. Se trata de buscar la felicidad, pero es un transitar, y equivocarse, y darte cuenta, y remediarlo. Nadie te puede enseñar nada. Lo tenés que experimentar.