Nico Vázquez: "No existe una persona en el mundo que no pelee día a día por salir adelante, que se caiga y no se levante"

En la segunda temporada de Rocky, el actor y productor redobla la apuesta con una superproducción que cruza épica, emoción y riesgo en la calle Corrientes. Con el aval de Sylvester Stallone y el apoyo del público, reflexiona sobre el oficio, el negocio del espectáculo y la resiliencia como motor de su vida: “Rocky somos todos, porque nos caemos y nos levantamos. Yo no veo forma de no levantarme”.

Llevar un mito cinematográfico al escenario es, por definición, un riesgo. Hacerlo en medio de un contexto económico hostil y lograr que el propio Sylvester Stallone avale el resultado es una declaración de principios. En el teatro Lola Membrives, Nicolás Vázquez protagoniza y produce la segunda temporada de Rocky, un espectáculo que se vale de la épica del boxeo como excusa para diseccionar la anatomía de la resiliencia con un lenguaje poético y, curiosamente, sin golpes bajos.

A esta altura de su carrera, el artista ha dejado de ser únicamente un actor popular para consolidarse como un productor que rehúye a la subestimación del público. Pero más allá del despliegue escénico y la visión comercial, la verdadera fuerza de esta apuesta radica en el punto exacto donde la fantasía y la realidad se funden, evidenciando la íntima conexión entre el personaje y la biografía de quien lo encarna. Marcado por pérdidas profundas y experiencias límites, Vázquez ejercita su propio instinto de supervivencia en cada función, abrazando la misma filosofía de resistencia ante la presión que celebra en figuras como su amigo Lionel Messi.

“Rocky somos todos, porque nos caemos y nos levantamos. Yo no veo forma de no levantarme”, confiesa. Una conversación franca sobre el negocio del espectáculo y la obstinada convicción de seguir de pie.

–Stallone es celoso de su creación pero validó la obra. Al actuar, ¿sentís libertad creativa o la presión de rendir un examen constante?

–Son dos cosas completamente distintas. Primero, la emoción de saber que él nos registra desde el primer momento, cuando entregamos la adaptación de la obra y fue aceptada tanto por su equipo como por él. Eso genera una alegría inmensa. Después, cuando comprobó el suceso de la obra, pidió imágenes para constatar lo que estaba pasando y le encantó. Al interpretar a su personaje, la libertad creativa es limitada porque la esencia ya fue creada por él. Lo que busco es que el espíritu de Rocky siempre esté presente; que el público vea a Rocky en lugar de ver una imitación o a mí mismo. Me da mucha satisfacción encontrarme cada noche con personas que me dicen que no solo vieron a mi personaje, sino que sintieron que veían la película. Como admirador de la saga, necesitaba que los espectadores se identificaran con la obra de esa manera y ser lo más fiel posible a la historia original.

–¿Cómo construiste tu propio Rocky evitando caer en la imitación?

–Mi primer objetivo fue evitarla. El personaje tiene características icónicas que deben estar presentes: su forma de caminar, la gestualidad, el movimiento de las manos o cómo se acomoda el sombrero. Pero lo principal era encontrar su espíritu. Su forma cansina de caminar o de hablar tiene un ritmo muy distinto al mío, que soy una persona más eléctrica. Me basé en manejar esa energía particular y en trabajar intensamente la voz. Como tengo un registro agudo, llevo más de un año haciendo ejercicios para bajar la voz al tono grave que usa él. Sentía que, si lograba esa particularidad al hablar, ya tenía la mitad del trabajo hecho.

–¿Hoy por hoy qué te agota más: la exigencia física del ring o la carga emocional del personaje?

–El personaje tiene una carga emocional inmensa, pero la exigencia mayor está en el plano físico. Es muy difícil recrear todas las noches el entrenamiento y el combate arriba del ring. Tengo que mantener un excelente estado físico, casi como un atleta, especialmente porque hacemos las rutinas con la misma intensidad cuando hay dos funciones por noche. Para el final de la pelea, junto al codirector Mariano Demaría, elegimos no hacer una coreografía tradicional, sino golpearnos de verdad, tal como hizo Stallone en la pantalla. La diferencia es que en el cine se graba un par de veces y queda registrado; acá lo hacemos todas las noches. El riesgo es mayor porque hay que saber dónde pegar para no lesionarse, pero el esfuerzo vale la pena. Estoy cumpliendo un sueño, así que rápidamente me recupero de los cansancios físicos.

–¿Por qué creés que en la Argentina de hoy la gente se conecta tanto con esta necesidad de “aguantar las piñas”?

–Porque es una trama universal. No existe una persona en el mundo que no pelee día a día por salir adelante, que se caiga y no se levante. Por eso es tan rica la historia de Rocky: habla de la vida misma, y eso puede ocurrir en cualquier rincón del planeta. Cuando era pendejo, veía una película sobre un boxeador que corría con música épica para aguantar quince rounds. De adulto, entendí que era una historia de amor bellísima entre dos personas marginadas e invisibles para la sociedad, como Adrian y Rocky. Hoy comprendo que la vida es exactamente eso: te golpea, caés y tenés que levantarte. La historia nos marca profundamente porque esa necesidad de resistir nos atraviesa a todos.

–¿Esta profesión se parece a la que soñabas en tus inicios?

–Si miro hacia atrás, los resultados superaron mis expectativas. Soñaba con vivir de la actuación y ser feliz, pero nunca imaginé liderar una de las productoras teatrales de mayor éxito ni impulsar proyectos que antes no se hacían. Como actor ocurrió lo mismo. El público me recuerda por programas televisivos muy populares, como Son amores, Los Únicos o Casi ángeles, pero antes de eso hubo presentaciones a la gorra en la calle y unipersonales en bares. Hoy me encuentro en una posición de privilegio: puedo generar los proyectos que elijo y armar equipos con personas que, además de talentosas, son grandes seres humanos. El cariño constante que recibo del público es un honor que nunca hubiera imaginado alcanzar.

–En plena crisis económica armaste una superproducción. ¿Es la única forma de ganarle al streaming o un riesgo desmesurado?

–Al elegir obras, nunca las evalúo exclusivamente como un negocio, aunque soy consciente de los riesgos económicos que implican producciones tan grandes. Me pasó con Una semana nada más: era una comedia pequeña, pero decidí hacerla a gran escala porque no hay que subestimar al espectador. Sentía que el teatro necesitaba una renovación escénica. Ese salto de calidad continuó con Tootsie y ahora con Rocky. Los críticos y el público coinciden en que marca un antes y un después, en gran medida porque creamos una versión propia que fusiona el lenguaje teatral con el cinematográfico. No compito con la televisión ni con el streaming; mi único objetivo es ofrecer el mejor espectáculo posible y honrar el escenario trabajando en equipo.

–¿Cuánto del éxito de tus obras es intuición sobre el público y cuánto es puro marketing?

–Podés tener la mayor maquinaria de marketing del mundo, pero si lo que sucede en el escenario no es bueno, la obra fracasa en una semana. He visto espectáculos con grandes campañas de prensa y publicidad en la vía pública que tuvieron que levantarse en pocos meses. Al público no se lo puede engañar ni subestimar; es el espectador quien llena la sala a partir de la calidad de lo que experimenta. Lo más genuino es lograr que la gente vuelva y recomiende la obra. En el arte, el boca a boca es determinante y no hay aparato comercial que pueda reemplazarlo. El “boca a boca” es demoledor; puede hacer que subas o bajes.

–Rocky debe sobreponerse constantemente a la frustración. ¿Te sentís identificado con esa lucha?

–Absolutamente. Por eso sostengo que “Rocky somos todos”. La vida perfecta no existe; constantemente debemos sobreponernos a frustraciones o situaciones dolorosas. Nos caemos y nos levantamos. En lo personal, me han sucedido cosas difíciles de procesar, pero siempre intento mantener una mirada optimista. Considero que es hermoso vivir, especialmente para honrar a quienes ya no están en este plano. La vida está llena de pequeños detalles que pueden volverse extraordinarios: desde compartir un café con un amigo o pasear al perro hasta gozar de buena salud y conocer el amor. Despertarse todos los días con el deseo de seguir apostando a la vida es un verdadero privilegio.

–Tu amigo Leo Messi es el mayor ejemplo de aguantar los golpes hasta la cima. ¿Qué aprendiste de su forma de manejar la presión?

–La visita de Leo generó una revolución, algo natural donde sea que él vaya. Yo tenía muchas ganas de que mis compañeros de elenco conocieran a mi amigo, a esa persona que mantiene una profunda humildad a pesar de la figura que representa. Él se cayó y levantó innumerables veces, convirtiéndose en un gran ejemplo no solo como deportista, sino como ser humano. He conocido a mucha gente en el mundo, pero alguien que ocupe su lugar con tanta sencillez, generosidad y afecto es verdaderamente extraordinario. Dudo que vuelva a existir alguien como él.

–Siempre das un mensaje de resiliencia, pero puertas adentro, ¿te permitís sentirte derrotado sin culpa?

–Puertas adentro, por supuesto, atravieso momentos de tristeza y tengo días difíciles. Sin embargo, termino superándolos gracias a mis ganas de vivir. Soy muy consciente de los procesos duros que transité: la pérdida de mi hermano cuando yo era muy joven, la muerte de mi suegro durante la pandemia o haber sobrevivido al colapso del edificio en Surfside por apenas seis segundos (N. de la R.: Se refiere al trágico derrumbe del condominio Champlain Towers, el 24 de junio de 2021 en Florida). Todas esas experiencias me dejaron un profundo sentido de agradecimiento y la certeza de que la vida es un instante que debemos disfrutar. Mi mensaje de resiliencia se resume en eso: podés sentirte derrotado y en el suelo hoy, pero en algún momento te vas a poner de pie, volverás a caminar y, eventualmente, a correr de nuevo. Lo importante es no rendirse.

–Con todo el camino recorrido, ¿qué te ayuda a levantarte cada mañana con ganas de seguir apostando?

–Me levanto con energía porque tengo una vida hermosa. Vivo de mi vocación, tengo padres espectaculares, amigos extraordinarios y el acompañamiento constante de mis hermanos. Siento el apoyo de Santi desde otro plano, y el de Sole, que está a mi lado y es mi gran orgullo. Soy un bendecido; las adversidades que me tocó enfrentar no se comparan con la belleza de lo que vivo a diario. Compartir la felicidad con otra persona hace que la existencia sea muchísimo más linda. Solo me queda agradecer.

Fotos: Machado Cicala

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