Lucas Niven, el enólogo al frente de una bodega familiar que marca tendencia en el mercado interno y exporta al mundo

Hace una década reconvirtió la bodega familiar de la mano de vinos que revalorizaron antiguas y olvidadas cepas. Hoy es un referente de las nuevas tendencias, pero respetando lo clásico y las raíces de la viticultura argentina.

Difícil ubicar a Lucas Niven para hacerle una entrevista. No porque el joven enólogo que hace una década viene abriéndose camino con sus vinos, que se balancean entre lo clásico y lo moderno, sea reacio a la charla, sino porque el trabajo en la bodega le insume buena parte del día.

Lucas es un hombre joven y enfocado: ni bien atiende el celular, interioriza al interlocutor sobre las dificultades que sufre hoy la industria vinícola, relacionadas con la escasez –problemas de importación mediante- de la tinta para imprimir las etiquetas y tapones para las botellas.

Bodega Niven es un emprendimiento familiar del que Lucas es la cara visible. Sus vinos se comercializan bajo las líneas Pala Corazón, Criolla Argentina, Corazón Valiente, Rompe Corazones, Tintos del Paraíso y Aquí estamos todos locos.

Vienen de varias zonas de Mendoza: el este, donde está la bodega y la vieja finca de 120 hectáreas que es propiedad de la familia, Valle de Uco (Gualtallary, Los Chacayes, Altamira) pero también Jujuy (Quebrada de Humahuaca) y Río Negro (Choele Choel). Con un 87% de su producción dedicada al mercado interno, también exportan a Brasil, Inglaterra, Italia y Paraguay.

Ubicada en Junín, la bodega donde esos vinos se embotellan es de 1926 y fue adquirida por la abuela de Lucas cuando su hijo, papá del enólogo, era muy joven (hoy el hombre tiene 71 años y es el ingeniero agrónomo del establecimiento).

Junto al edificio se encuentra la citada finca, con viejos viñedos de donde provienen las uvas que permitieron a los Niven dedicarse durante muchos años a producir vino a granel, jugo de uva y mosto para las clásicas damajuanas. Una etapa que acabó cuando Lucas propuso reconvertirla.

En el proyecto están involucrados todos los miembros de la familia “Mis abuelos, que eran de provincia de Buenos Aires, se han dedicado toda la vida a la agricultura, al campo; mi abuela tenía pasión por lo vitivinícola y fue así que terminamos acá, en Mendoza. Actualmente, mi hermana más grande, Luchi, es la que está abocada al diseño de etiquetas; y mi hermana más chica nos ayuda con la parte comercial, lo mismo que mi mujer, Ana”, cuenta Lucas, que se ríe cuando señala que hasta su hija más grande, Juana, de 7 años, muestra “un perfil de sommelier increíble: le gusta sentir el aroma de los vinos, tiene mucha percepción”. En cambio Feliciano, el más chico, de 4, se desvela por los tractores.

Mi tierra

La finca de los Niven tiene historia: “Son tierras que pertenecieron al General San Martin”, explica Lucas. “Se llamaba Chacra de los Barriales, porque cuando llovía se formaba un barro que la hacía prácticamente impenetrable: esta es una zona muy arenosa, acá no hay piedras, es bien desértico. Y también es llano: nosotros estamos al pie de la cordillera. El clima es de mucho calor durante día y frío de noche. Esas son las características de la zona”. Así, casi sin que se le pregunte, Lucas introduce el vino en la conversación

Con una larga experiencia previa en Catena Zapata, además de trabajos en otras bodegas, Lucas llegó con el proyecto de bodega familiar en sus manos y, como él mismo cuenta, torció totalmente lo que venía haciendo la familia. “Propuse elaborar vinos de terroir, en pequeñas cantidades y enfocado mucho en que el viñedo tuviera un manejo natural. En la elaboración también, con levaduras nativas y siempre la mano del hombre: nada sería posible hacer lo que hacemos sin su intervención; no hay que engañarnos, eso de que el vino se hace solo y es 100 % terroir es mentira”.

- ¿Cómo era la finca cuando arrancaron con el proyecto?

- Rara para la zona porque tiene muchas variedades tintas; y lo que se acostumbraba era uva criolla y uva blanca. En particular, tiene mucho Tempranillo, Sangiovese, Garnacha, Lambrusco Maestri, Greco Nero, Bequignol, Bonamico, variedades mayormente italianas. Mi viejo plantó hace unos 25 años algo de Cabernet Sauvignon, y el fondo de la finca tiene un parral de uva Criolla con Malbec. Después, atando cabos, me di cuenta de que era para hacer vinos tintos con volumen.

- ¿Cuánto te sirvió tu paso por otras bodegas?

- Mucho. Yo tuve una experiencia larga con Catena, bodega que me paseó por diferentes sectores: I+D, producción grande de vinos importantes; también me pagó una maestría en Viticultura y Enología en la Universidad de Cuyo y me dio la posibilidad de terminarla en Montpellier, además de poder trabajar en la bodega Gallo, en los Estados Unidos. Una experiencia muy rica de la que me llevé todo lo positivo, además de haber trabajado con Alejandro Vigil, con quien tengo una excelente relación, con Pepe Galante, con el Colo Sejanovich.

- ¿Cuándo te diste cuenta de que podías encarar tu propio proyecto?

- Francia me abrió mucho la cabeza, vi mucha diversidad, vi mucho de Garnacha, de hacer maceraciones carbónicas. Mis 10 meses allí me hicieron hacer un clic y volví con una idea muy fija, convencido de que el camino era ese. Hice una primera elaboración, en 2012, y luego fui creciendo año tras año hasta que llegó un momento en que tuve que dedicarme 100% al proyecto. Un camino de ida que de 2.700 botellas en 10 años pasó a las 250 mil. Yo había empezado un poco antes, en 2009, pero me costó arrancar. Era otro momento: las redes sociales no empujaban como ahora. Tenía que cargar la camioneta, viajar por toda la Argentina ofreciendo mi vino; y recién en 2015 tuvimos una subida con respecto a las ventas.

- ¿Qué recordás de aquellos primeros vinos?

- El primero fue un Malbec de Gualtallary. Lo hice en una pileta de concreto, me cuando que me prestaron hasta las barricas. Era de uva comprada, de muy buena calidad, algo que sigo manteniendo hoy y que por otra parte me ha ayudado a que el proyecto sea sólido. Yo quería que mi primer vino fuera del mejor lugar.

Pero la enumeración de Lucas va más allá y llega hasta nuestros días. “Seguimos con Gualtallary: todos los años elaboramos Malbec, Pinot Noir, Torrontés con uvas de la zona. Después le fui sumando Chardonnay, Malbec de Altamira, Bonarda de la zona este. En 2015 nosotros teníamos un portfolio de 5 vinos y hoy ya son 38 las etiquetas, con vinos de la Quebrada de Humahuaca (en la bodega Amanecer Andino) y de Río Negro. Un proyecto federal”, cierra, orgulloso.

También desgrana, como quien está dando una (bienvenida) lección, las características de cada lugar donde elabora vinos: “En Quebrada de Humahuaca el potencial pirazínico de todas las variedades es lo que más me llama la atención; hacemos vinos sin madera y eso se siente mucho, puntualmente en un Malbec que parece Cabernet Sauvignon: mucha concentración, mucho color pero a la vez no tenemos un tanino rústico sino uno más rugoso y de textura. Los de Jujuy son más cítricos, más tropicales, de muy buena acidez y frescura, bajo alcohol, es una zona súper interesante, de suelos bien oscuros y donde cosechamos en enero.

Y luego tenemos la zona este de Mendoza, arenosa, de suelos pesados, donde encontramos mucha fruta, vinos fáciles de tomar, con un desarrollo de uvas criollas, autóctonas, de cosechas bien tempranas. Y claro, todo lo que es Gualtallary, Altamira, Los Chacayes, con vinos más de altura y donde encontramos todos esos aromas a guinda, a fresa, a mora, esa mineralidad, esa textura. Ni hablar de las variedades blancas, que en Valle de Uco se dan bárbaro y cada vez salen mejores. En lo que es Río Negro, que para mí es una experiencia nueva, encontramos vinos aromáticamente especiales, con la impronta del clima frío, en el caso de los tintos con mucha concentración y un perfil más salvaje”.

De la Garnacha hasta hoy

Volviendo a los primeros años, Lucas rememora el entusiasmo que le provocó el rescate de la Garnacha. Los memoriosos lo recuerdan en las ferias, mostrándolas, dándolas a probar. “Lamentablemente ha sido muy difícil crecer en términos de la variedad porque hay muy poca en la Argentina; pero la que hacemos la mandamos a botella y se vende toda. Hemos hecho dos tipos de Garnacha: una es un corte que sale como un vino tinto, y después hacemos una bajo maceración carbónica que es rosadita, muy clarita, la versión que más me gusta, por la frescura y la fruta”.

- Aquel carácter disruptivo, ¿en qué líneas está presente hoy?

Te diría que en Rompe Corazones y en Tintos del Paraíso, que son single vineyards, partidas muy pequeñas y particulares. Y la línea que más se la juega es Aquí estamos todos locos, con técnicas de elaboración y variedades raras, poco conocidas: Bonamico, Bequignol, Garnacha, Tempranillo/Ancellota. Vinos no tan comerciales ni tan difundidos. De nicho, aunque quienes los prueban los vuelven a comprar. Hacemos volúmenes pequeños. Por ejemplo, de Garnacha elaboramos por año unos 5 mil litros, que serán 7 mil botellas; y después son todas partidas chicas, de 1.500 o 2 mil botellas, producciones que se acaban, quiebran stock. A mí me gusta que sea así: hay hasta acá y listo.

- Ese espíritu distintivo está también en las etiquetas.

- Ahí importa la parte artística, hay muchas personas detrás de cada etiqueta. Están hechas por ilustradores que dibujan a mano, incluso hay una diseñada por una chica que es profesora de yoga y pinta murales, estamos muy conectados con toda esa onda. Y también está involucrada la familia: son etiquetas que transmiten mucho mensaje, no nos quedamos en que sólo den información del vino. Hemos ido más allá en ese sentido: nuestras etiquetas hablan de unión, de familia, de pasión, de amor.

- Ustedes hacen tanto vinos de perfil más clásico como otros más a la moda: naturales, de baja intervención. ¿Qué opinás de esa diversidad que hoy muestra el mercado?

- Los vinos de baja o mínima intervención están muy en boga, son tendencia. No sólo en vinos caseros o de baja escala, porque si hay algo tiene la vitivinicultura hoy es que a gran escala también podés hacer este tipo de vinos que hoy conviven con los más industrializados o con intervención; nosotros hacemos muy pocos vinos así, y vienen de plantas salvajes que no se riegan, fertilizan o podan; tampoco se les coloca herbicida, fungicida ni nada. En nuestro caso, nosotros con esta técnica hacemos un vino soleado: cosechamos de forma tardía, sobremadurado, y luego hacemos estos vinos inspirados en los de la región de Jerez.

Lo viejo y lo nuevo conviven: ser vintage también está de moda, y los enólogos de mi camada hacemos de todo: vinos bajo velo, oportos, cosechas tardías que se elaboraban hace 30 años y se dejaron de lado por la fruta y los vinos más modernos. Pero hoy hay una vuelta a todo eso y es muy interesante para el consumidor.

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