Crónica de una tarde de domingo otoñal en la fiesta de las bicicletas que se replica en medio mundo una vez al mes. Ciclistas versus automovilistas, movilidad sustentable, activismo y rock and roll sobre dos ruedas.


Son cerca de las cinco de la tarde del primer domingo de abril y la plazoleta frente al Obelisco porteño está llena de bicicletas. A los gritos, un hombre pide una herramienta; otro, un gomín. Son tres manipulando una bici, a la que le están cambiando la cámara. Más allá, otro grita que, apenas terminen, la Masa Crítica sale.

A simple vista se nota la heterogeneidad de tribus de este grupo de gente que anda entre los veinte y los cincuenta, y cuyo nexo en común probablemente sean sólo las bicicletas y sus ansias de libertad a pedal.

Creí que me iba a encontrar con un escenario de bicis impecables y tuneadas, pero en la masa hay de todos los colores y estilos: de paseo, de carrera y de colección. También hay rarezas, como una de tres ruedas, parecida a un sidecar, pero sin el carrito lateral, en la que el ciclista va casi recostado. Yo creía que eran todos deportistas y saludables, pero esto huele a otra cosa. En principio, a tabaco: muchos de los ciclistas urbanos esperan la señal de partida fumando.

Poco a poco se suman ciclistas en torno al Obelisco. Por ahí anda Juan Carlos, conocido como “el Abuelo”. Es un hombre de 67 años, pelo al ras, canoso, camisa a cuadros celeste y roja. Lleva once años viniendo a la Masa y sólo falta si llueve.

Masa madre

El origen de la Masa Críticase remonta a San Francisco, allá por 1992. En esa ocasión, unos 60 ciclistas salieron por las calles de la ciudad californiana para pregonar acerca de las ventajas que aporta el uso de la bici, como la reducción de la contaminación ambiental y sonora y de los embotellamientos. Un año después, ya eran 500 en este movimiento que se expandiría al mundo para pelear por los derechos de los ciclistas en el tránsito urbano y festejar el uso de la bicicleta.

A Buenos Aires llegó en 2008, y sólo dejó de salir en la cuarentena estricta del año pasado. La Masa es una fiesta que se celebra cada primer domingo del mes y cada salida nocturna de luna llena.

Podríamos decir que es un grupo anarquista, donde la horizontalidad impera, sin consignas partidarias ni sesgos políticos. Donde hay un consensorespecto a las bicisendas, ya que, argumentan, ayudaron mucho al crecimiento de la bicicleta como medio de transporte. Si comparamos con paraísos del ciclismo urbano como Ámsterdam, donde tienen más de 500 kilómetros de ciclovías, perdemos por goleada: en Buenos Aires hay unos doscientos kilómetros de bicisendas trazados.

En la Masa se proponen fomentar el uso de la bicicleta diariamente como medio de transporte sustentable, pero también fueron ganando terreno las acciones de protesta, como las de las “bicicletas blancas”, que se cuelgan o atan a algún poste en homenaje a los ciclistas arrollados por vehículos a motor. Así, una movida nacida para festejar también termina pidiendo justicia.

Maseros

Poco a poco se suman ciclistas en torno al Obelisco. Por ahí anda Juan Carlos, conocido como “el Abuelo”. Es un hombre de 67 años, pelo al ras, canoso, camisa a cuadros celeste y roja. Lleva once años viniendo a la Masa y sólo falta si llueve. En su bicicleta tiene una sillita para llevar a sus nietas, de donde cuelgan varios peluches y un cartel de cartón que dice “Abuelo en bici”. “Es como tener un coche pero a pedal. Es una distracción, y también una cuestión de salud, porque soy diabético y me ayuda. Me divierte, conozco gente, hago amigos. Acá, cada uno tiene su historia”, afirma el hombre, que intenta hacer equilibrio en la puja con los automovilistas.

Más allá, un pibe lo carga mientras posa para las fotos. El flaco se llama Nicolás y tiene el logo de la Masa Crítica tatuada en su gemelo izquierdo. También usa un tapabocas de la Masa y un gorro de Arlequín. Le dicen “el Lechero” y usa una bicicargo, donde lleva una heladerita y un parlante. Pedalea desde hace once años con la Masa y cuenta que en sus años dorados, allá por 2013, llegaron a ser unas 4.500 personas, y literalmente paraban la ciudad. “Ahora si somos 500 es una locura. Acá, con toda la furia, somos doscientos, pero como tiramos ubicación se enganchan todos en el camino. Al Obelisco vienen los más devotos”, afirma.

En el centro de la plazoleta, pucho en mano, va y viene un hombre con remera del Chapulín Colorado. Es el Chapu, uno de los que maneja las redes sociales del grupo. “La Masa es totalmente abierta, la única condición es venir en bicicleta o en algún vehículo sin motor, como rollers o monopatín”, invita entre pitada y pitada. El Chapu habla de la lucha cotidiana por los derechos del ciclista en el transito urbano, del “derecho a ser tránsito” y reclama por campañas de educación vial. “En Masa Crítica no nos juntamos para armar una mesa de debate. Después, en las redes cada uno activa donde puede activar. De acá salieron un montón de activistas. Pero acá nadie va a charlas en representación de nadie, ni nadie dice ‘lo que hay que decir’. Cada uno es libre de pensar y decir lo que quiere. Es una iniciativa para que la gente tome la posta y haga cosas en favor del ciclismo urbano.”

Masa Crítica llegó a Buenos Aires en 2008 y sólo se postergó durante la cuarentena estricta del año pasado. Es una fiesta que se celebra cada primer domingo del mes y en cada salida nocturna de luna llena.

Qué pasa por las calles

El recorrido se ve sobre la marcha. La caravana parte alrededor de las 17.30. Las bicis salen disparadas por Corrientes hacia el bajo. Un pibe en skate y su perrito negro que corre a la par van al frente. La fiesta arrancó y los transeúntes miran sorprendidos.

La Masa le da la vuelta a Puerto Madero, y el sol comienza a esconderse detrás de las torres. En San Juan y autopista se produce el primer encontronazo con automovilistas. Algunos se quejan y tocan bocina. Más adelante, la masa dobla en Carlos Calvo y se interna en San Telmo. Ya circulan algunas cervezas, suena un clásico del rock rutero norteamericano y se ven caras nuevas, ciclistas que imperceptiblemente se fueron sumando. En cada cruce de calle, dos o tres “tapones” que se alternan plantan sus bicicletas para detener el tránsito. “¡Gracias, tapón!”, agradece la Masa al unísono. A veces el tiempo excede el semáforo, y entonces se replican los bocinazos. Pero a los maseros no les interesa. “¡Vamos la Masa!”, gritan y agitan en respuesta a los bocinazos. El soundtrack sigue con “Paradise City”, de Guns N’ Roses, y más adelante, “Money for Nothing”, de Dire Straits. Pasaron las siete de la tarde, se hace de noche y el loop musical sigue con Vilma Palma y Loco Mía, mientras ocupan todo el ancho de un carril de la avenida Pedro Goyena. Ya en Juan B. Alberdi y Emilio Mitre arranca el punchi-punchi, y después un remix del carnaval carioca. Ahora suena “Matador”, de los Cadillacs, y los peluches del Abuelo se iluminan con las luces led que titilan en el asiento de sus nietas.

A simple vista, se nota la heterogeneidad de tribus de este grupo de gente que anda entre los veinte y los cincuenta, y cuyo nexo en común probablemente sean sólo las bicicletas y sus ansias de libertad a pedal.

Pausa y final

Llevamos más de dos horas y unos ¿veinte? kilómetros cuando llegamos a la plaza Banderín, en Camarones y Chivilcoy, Floresta. Un mural de Diego Maradona se destaca en un paredón. Los ciclistas dejan sus bicis y se tiran en el pasto a descansar y renovar fuerzas para la última parte, de vuelta al Obelisco. Enfrente, en el supermercado chino hay que hacer cola para el agua, la cerveza, los snacks.

“Santa”, como se la conoce, lleva el pelo corto, usa una campera de licra rosa ceñida al cuerpo, guantes de ciclista sin dedos y un casco verde. Conoció a la Masa en México, donde vivió unos diez años. Participa en la Masa local desde 2018, y aclara de entrada que “acá no hay líderes”. Pero alza una voz militante por fuera de las leyes del tránsito y las ciclovías: la Santa pone el acento en las cuestiones de género. Ella participa también de Lxs Pibxs Pedaleamos, un grupo que reúne a “mujeres, trans, travas, no binaries y lesbianas que andan, anduvieron o quieren andar en bici”.

“Viajé sola por el mundo y me la re banco. Pero en la calle te acosan: por la bici que tenés, por el cuerpo. Fijate cómo se incrementó la cantidad de mujeres con las ciclovías de Córdoba y Corrientes. Es que las chicas vamos por las avenidas porque no somos hostigadas ni acosadas. Y el flujo de mujeres ciclistas aumentó mas del 300 por ciento en esas avenidas. ¡Ahora estamos pidiendo que pongan una en la 9 de Julio!” Además, reclama terminar con la violencia vial y reducir la velocidad mínima, de cincuenta a treinta kilómetros por hora. “A treinta tenés tiempo de frenar y evitar incidentes. Eso lo hicieron en otras ciudades y mejoró mucho.” Y deja también una autocrítica. “Hay algo que me pone los pelos de punta, que es no respetar al peatón. En la vereda, la bici va en la mano, pero hay muchos que no lo entienden y hay un montón de accidentes en los que se pisan peatones. Yo trabajo con adultos mayores, tengo pacientes que fueron pisados por ciclistas. Les quebraron las piernas, la cadera y nunca más quisieron salir a caminar.”

Falta poco para volver a arrancar. El Chapu está sentado con Jessica, una vecina de Villa Crespo que se sumó a la Masa hace poco, Alejandra y Atahualpa, oriundas de Venezuela. El Chapu es vehemente, y con la bicicleteada levantó temperatura. “Se puede decir que el tránsito es muy machista, de poder, de ir contra el más débil, pero cuando te bajás del auto sos un peatón más. ¿Pero qué te pasa a vos como peatón cuando subís al auto y ejercés tu violencia?” Y arriesga una parábola: “Si yo me compro un revólver, vos no tenés que comprarte un chaleco antibalas porque te puedo matar. Yo no tengo que dispararte. Si tenés un auto, sabé que podés matar a alguien. No tenés que disparar, es tan sencillo como eso”.