Gabriela Cabezón Cámara: la voz más singular de la nueva literatura argentina

Su novela “Las aventuras de la China Iron” integra la lista de los cinco libros nominados en Francia para el premio Montluc Resistencia y Libertad.

Por Silvina Giaganti

Sentada al lado de una salamandra que se le resiste, pero que finalmente consigue encender, la escritora Gabriela Cabezón Cámara inicia un zoom desde su casa container en Abasto, La Plata, para hablar sobre ser una autora reconocida, sobre el arte de decir que no y sobre fugar de la ciudad para tener la huerta propia y la cabeza más despejada. 

–Sos una autora reconocida, tus novelas son traducidas a distintas lenguas, en el 2020 fuiste finalista del Booker Prize, y por tanto estimo que no estás corriendo de un lugar a otro para llegar a fin de mes. ¿Cómo es poder dedicarte a escribir sin tener que hacer trabajos alejadísimos del oficio?

–Los trabajos, aunque no sean alejadísimos del oficio, son trabajo y te quitan la cabeza de la escritura. No es que si yo hiciera carpintería en vez de dar talleres y dar clases en la facultad y escribir artículos sería un impedimento para escribir, al contrario, a veces pienso que sería genial hacer un trabajo como carpintería, manual, y dejar la cabeza sólo para la escritura. No todo corriendo por el mismo canal, todo el día, todos los días. Me encantaría mover otros canales, ser carpintera, tener un vivero, son todas cosas que me parecen preciosas.

Por otro lado, la no precarización es muy circunstancial, ¿viste? Te va bien con un libro y mientras ese libro se vende tenés ahí una ayuda para vivir, pero es sólo eso, después te tiene que ir bien con otro para salir de esa precarización, y si eso va a suceder no se sabe nunca. De ninguna manera puedo tener la certeza de que nunca voy a tener ningún problema económico, yo laburo un montón, doy un montón de talleres, doy clases en la facultad. No conozco a casi nadie en la Argentina que viva sólo de escribir.

–¿Cómo te llevás con esa otra parte del reconocimiento que son las demandas? ¿Sos permeable?, ¿sabés decir que no?

Para mí siempre fue muy difícil decir que no, en todos los ámbitos de la vida, y es uno de los trabajos de mi vida aprender a decir que no y tratar de entender qué es lo que quiero y lo que no quiero. A mí, en principio, me entusiasma todo, pero después tengo que ver qué puedo y qué no puedo en función de tener una vida. Tengo que cuidar la huerta, tengo que cuidar a los animales, tengo que ver a mis amigos, tengo que ver a mi familia, tengo que escribir, tengo que trabajar, tengo que hacer gimnasia, tengo que ir a hacer las compras, tengo que cocinar y también tengo que estar tirada panza arriba mirando el techo, entonces es una ecuación entre que diría a todo que sí, viviría todo el día acelerada y de joda, y entre lo que realmente puedo hacer.

–¿Y cómo sos vos con tus propias demandas hacia tu escritura?

–Mi relación con la escritura sigue siendo más asilvestrada: escribo, me trabo, sufro, soy feliz. “¡Ay, qué voy a hacer, no puedo escribir, qué angustia! ¡Ay, qué bien me salió un párrafo!” Yo lo vivo así; no es que me siento todas las mañanas de 9 a 14 y escribo pase lo que pase. 

–Hace poco escuché a un escritor preguntarse, retóricamente, quién iba a decir que el soporte papel finalmente iba a ser el lugar de máxima libertad para escribir, en contraposición a las plataformas digitales, que se crearon con la promesa de producir mayor libertad y terminaron creando control. ¿Coincidís un poco con esto?

–Sin duda. Las redes, francamente, son mecanismos de vigilancia capilares ya. Ni la tecnología de la confesión de la Iglesia tenía la eficacia de controlar la información y generar conductas que tienen las redes. Y, además, cuando vos escribís algo con la expectativa de una reacción, estás esperando causar un efecto y ver muchos likes, porque entonces te hacen sentir que te quieren. Bueno, eso no es una escritura libre, esa es una escritura muy condicionada. En cambio, si vos escribís en el papel no vas a tener ningún like pronto, y en el caso de que vayas a tener alguno, en el momento en que estás escribiendo no lo sabés; pueden pasar años hasta que termines un libro y alguien lo lea.

Con el papel es completamente distinta la disposición y la actitud, y también la recepción es mucho más distante. Vos tenés alguna idea de que a alguna gente le gustó lo que hiciste o que va a hacer una reseña, pero eso es muy mediado, son todas acciones muy mediadas y muy en el largo plazo. Un libro jamás va a tener una reacción inmediata, jamás va a tener la cantidad de lectores que puede tener un tuit afortunado o desafortunado. Muy difícilmente un libro vaya a tener veinte mil personas aplaudiendo o pegándote todas juntas en el mismo momento. Por ahí un libro va a tener veinte mil lectores, pero los va a tener en cinco años. Es completamente otro fenómeno. 

–En tus libros les otorgás voz a personajes que, de habitar la sociedad, no serían muy escuchados. ¿Esto es un reflejo de experiencias personales con el margen?

–En algunos casos sí y en algunos casos no. Y tampoco es otorgar voz, es hacer un uso de la voz del otro; toda literatura se hace con muchas voces. Todos los que escribimos sabemos que escribir es dejarse atravesar por un río de un montón de voces, nada sale de la nada, y la escritura tampoco. Se escribe con lo que se escucha, con lo que se ha leído, con lo que está en el aire en la cultura en un momento. En el caso de La Virgen Cabeza, Cleopatra es un homenaje a una amiga que tuve en la adolescencia, una chiquita travesti que yo amaba profundamente. La quise muchísimo, y cuando apareció esa voz mientras estaba escribiendo, la amé, porque era mi amiga y murió jovencísima, como lamentablemente suele suceder y espero que estemos dejando atrás con leyes como el cupo travesti trans para los trabajos. Pero no es que le otorgué voz; amé y admiré a mi amiga y me acuerdo de ella.

–¿El insumo más importante a nivel literario para escribir Las aventuras de la China Iron fue el Martín Fierro?

–Sin duda.

–¿Pensás que tiene algún valor leer el Martín Fierro?

–Sí, primero porque está buenísimo. La ida es una genialidad y yo diría que la vuelta hasta la parte de los indios también. Segundo, porque está hablando de la misma estructura económica que padecemos hoy: agroextractivismo y genocidio, no cambió mucho.

–Te pregunto por otros libros formadores que cualquier argentino y argentina, que tengas ganas, tiene que leer, además del Martín Fierro.

Facundo y Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos.

–Te fuiste a vivir al campo, ¿es la primera vez que lo hacés?

–Sí, antes había alquilado casas en el delta, pero nunca me había podido quedar como me puedo quedar ahora. Yo trabajaba en relación de dependencia, iba todos los días y terminaba de laburar muy tarde.

–¿Mudarte al campo y salir de San Telmo te cambió la manera de gestionar tu escritura?

–Yo pensé que me la iba a cambiar pero, bueno, ahora sé mucho más de huerta.

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