Después del éxito de su disco Popular, sus magnéticas canciones atraparon cada vez a más adeptos, y en plena pandemia lanzó Santo entendimiento, su último álbum grabado en Nueva York. En esta nota para El Planeta Urbano, la cantante nos revela qué fue todo eso que comprendió y cómo lo adaptó a su vida.


“La” María. La que canta con el corazón en mano y deja salir angustias, iras e incomodidades cada vez que compone. La que no se animaba a creer en ella y tuvo que esperar a que otros lo hicieran para reivindicar lo que le brotaba inevitablemente desde sus doce años: la música. La hace salir desde un lugar tan íntimo y visceral que se siente en todas sus letras, en el pulso de sus melodías. En plena pandemia, María Campos sacó su último disco, Santo entendimiento, y aprovecha esta entrevista para contarnos un poco todo eso que entendió hasta ahora en su vida.

–¿Si pudieras inventarte una definición de tu estilo, cuál sería?

–Sería “estilo propio combinado”. Cuando me pongo a escribir, no tengo ningún tipo de prejuicio, entonces se me mezcla cualquier herramienta de cualquier género que haya escuchado y que me haya conmovido. De Goyeneche, cualquier versión me rompió la cabeza, y por ahí al mismo tiempo me gustó una canción de Damas Gratis, y me encantó un tema específico de Lou Reed, y me voló la cabeza Édith Piaf cuando la escuché.

–El disco se llama Santo entendimiento. ¿Qué sentís que entendiste?

–Entendí el deseo de seguir adelante como motor inevitable en esta vida. Es una combinación de palabritas que tengo en la cabeza desde los 18 años; se metió en una de estas últimas canciones y me pareció un lindo nombre. Entender ese deseo que tiene uno de salir adelante pese a que no tiene garantías. Y así te hayas caído, te volvés a levantar. Es como una mezcla de esperanza; lo contrario a la queja.

–¿Tenés algún ritual para componer?

–Escribo cuando me pasa algo muy desagradable o estoy incómoda, enojada o triste. Es como una terapia, no es que digo: “Ay, qué lindo, voy a escribir una canción”. Es una compañía secreta. Canto arriba del escenario o para grabar. Nunca me vas a ver cantando porque sí. Me molesta mucho la gente que te dice: “Cantate algo”. Sería un sometimiento absurdo en mí. No lo disfrutaría nunca.

–Y después de componer, ¿pasás a otro estado?

–Sí, siento un desahogo enorme. Tengo una conexión sana con la música; es el único lugar donde me pongo vulnerable y acepto mi cincuenta por ciento de cualquier cosa. Me dignifica mucho porque saco lo mejor de mí y me termina calmando.

–¿Cuál fue el último concierto que diste y qué recordás de eso?

–Fue en Niceto. Me asusté. Imaginate que escribo canciones desde los doce años; me animo a grabar un disco a los treinta. Un día abro los ojos y está Niceto cantando unas canciones que yo hice sola en mi casa, en el mismo sillón que tengo desde hace treinta años. No lo asimilo. Al principio, cuando me empezaba a venir a ver gente, yo pensaba que mi hermano les pagaba para que vinieran porque le daba pena.

–Y eso que tuviste muchas situaciones donde se legitimó tu talento.

–Es que me parecía que lo que cantaba no tenía ningún sentido ni le iba a gustar a nadie. No tenía seguridad ni autoestima, tardé mucho en construirlas. No vine con eso dentro. Siempre hacía todo para alguien, para quedar bien con la maestra, con mamá y papá. No tenía mucha entidad, y de afuera pensabas que sí. Ahora estoy mucho mejor. La música me permitió ir reconociéndome y apostando. Fede Scialabba, un productor, confió en mí antes de que yo lo hiciera. Sentí ese último llamado, dije: “Si no lo hacés ahora, te vas a tirar por el balcón, literal, María”. Y después de haberle dicho que no a Santaolalla, no podía decir más que no. Antes no tenía ningún tipo de estabilidad, era algo que entraba y salía. No lo podía sostener. Tocaba y después desaparecía tres meses.

–¿Y qué hacías en esos tiempos en que te desaparecías?

–Componía, crié a mi hija, que tiene doce años. Eso te da una estabilidad, porque necesitás recursos urgentes para algo que es más importante que vos. Desarrollé más cuidado, más paciencia. Tenía muchas fantasías en la cabeza, un hijo te baja a la realidad. Si no la hubiese tenido, no sé qué hubiese sido de mí.

–¿De qué vivencia salió tu tema “Separadas”, que se usó para la serie?

–En ese momento había sufrido una especie de depresión familiar horrible, y empecé a darme cuenta de que no era tan dirigida hacia mí. Las traiciones, las mentiras no son dirigidas hacia el otro. La naturaleza humana es muy chota, me incluyo. Y entonces empecé a pensar en la mujer, el hombre, las caras de una misma moneda.

–¿Qué hacés en tus tiempos libres, cuando no componés?

–Me gusta escribir sin género, sin melodías. Si me quedara sin voz, aún escribiría. Trato de hacer algo de gimnasia para no enloquecer. Y bailo. Ahora me gusta mucho ver culebrones, tipo Marimar. Es pura fantasía. También ayudo mucho a mi hija con el colegio. Lo que no me gusta nada es leer. Me genera una angustia espantosa. Ya me siento tan aturdida en la vida con la información que leer es un doble esfuerzo. No puedo, empiezo a pensar en otras cosas y me pierdo.

–¿Y qué sentís que te aturde?

–Todo. Todo el tiempo vivo aturdida. Pienso mucho. Soy muy desbolada, pienso muchas cosas a la vez. No vivo en paz. Vivo cada vez mejor, pero no disfruto demasiado. Soy medio neurótica. Me gusta la gente. Hay gente que me calma, me cambia. La pandemia me hizo ver que estoy rodeada de objetos enloquecedores. Ahora estoy más sola y mejor. Se me generó un reseteo emocional de prioridades. Vi a muy poquita gente. Enseguida empecé a detectar a la gente que me ponía muy nerviosa.

–¿Qué te gustaría que sintiera la gente que escucha tus canciones?

–El santo entendimiento. Esas ganas de salir de cualquier cosa que duela. No que te deje de doler ni dejar de tener miedo. Tené miedo, porque es aterrador. Pero bancátela, porque se va. Las emociones son muy cortas. La ira son dos días, después se te va. Y yo en esos dos días hago desastres. Ahora hago canciones. Y también hago desastres, pero…

–¿Qué creés que hubiera pasado si no te hubieras lanzado a la música?

–Me hubiesen internado en un manicomio. Cien por ciento. Estaría dentro del Moyano, ponele. Por ahí uno más arriba. Me hubiese encerrado yo.