En este instante, algo se está derrumbando en el interior de cada uno: es la máscara que habíamos fabricado en torno a nosotros mismos. Esta situación nos desnuda. Esta pandemia nos iguala. Esta crisis nos une.


La sociedad está abrumada. Somos adictos al ruido. Quizás entrar en un aislamiento esté bien. Quizás la salida sea hacia adentro. El confinamiento obligado en el que nos hayamos sumergidas millones de personas en las diversas partes del mundo generó un silencio en las calles nunca antes visto y, con ello, el nacimiento de una armonía olvidada que el planeta añoraba escuchar. Como en la música, que sin silencios no puede existir, el universo necesitó del mutismo para reinventarse una vez más y nos invita a bailar alson del silencio profundo de nuestra alma y a escuchar el compás de nuestro corazón.

Quizás este sea un nuevo renacer.

Estamos confinados a nuestros hogares. Nos estamos viendo empujados a estar con nosotros mismos, y quizá nos estamos dando cuenta de que no somos tan buena compañía como pensábamos que éramos, y eso está muy bien, porque reconocer nuestros puntos débiles, nuestros errores, nuestra hipocresía, es lo que nos hace ser mejores. Nos trae mayor conciencia y, por ende, la posibilidad de cambio. Ahora podemos empezar a ser quienes realmente queremos ser.

¡Por fin dejamos de estar tan ocupados! Ahora tenemos tiempo para contemplar la vida. Contemplar, que no es lo mismo que mirar. ¿Por qué nos aferramos a esa falsa creencia de que siempre tenemos que estar haciendo algo? Quizás esté bien detenerse un momento para luego avanzar hacia lo desconocido. Los procesos de transformación nunca fueron fáciles, pero siempre trajeron la sabiduría de lo nuevo y lo incierto.

Quizá sea momento de reflexionar sobre esa obsesión desmesurada que tenemos por llegar a alguna parte, haciéndonos vivir a un ritmo frenético que nos tiene a todos al borde de un infarto espiritual.

Quizás este encierro sea la liberación para el alma.

Este virus vino a recordarnos la importancia de cuidarnos entre todos.

Una crisis de esta magnitud nos iguala a todos los seres humanos, sin distinción de raza, ideología, religión o condición social. Quedó de manifiesto que todos somos parte de un todo y nuestros actos repercuten en los otros, incluido el cosmos. Que la ola de desesperación no nos arrastre. Ante la adversidad o el pánico, seamos esos faros de luz que tanto se necesitan en este momento. Con poco, podemos hacer mucho. Tenemos la oportunidad de hacer de este hecho algo poderoso, algo mágico: transformar una enfermedad mortal en un regalo evolutivo.

No nos olvidemos que cualquier persona puede mantenerse estable en una situación inestable, y el secreto está en ponerle atención a lo que se desea y no a lo que se teme. No hay pandemia más mortal que la del miedo. Unámonos en amor y hagamos de eso un efecto viral, no sólo en las próximas semanas, sino también para el resto de nuestras vidas.

Que este recuerdo de la fragilidad y la impermanencia en la que vivimos sirva para estar más entusiasmados y entender que no existe nada más que el presente. Dejemos de poner pretextos, hagamos ese llamado, digámosle a esa persona que amamos que la amamos, regalémonos tiempo de calidad, a nosotros y a nuestros seres queridos, hagamos lo que realmente hemos venido a hacer, esto nos va a llevar a estar inspirados y a ser más agradecidos con la vida. Quizá llegó el momento de dejar de lado esa actitud de reclamo hacia el mundo, como si este nos debiera algo, y empecemos a reflexionar sobre qué necesita el mundo de nosotros.

La realidad que pocos cuentan es que el coronavirus le está dejando unas maravillosas noticias al medioambiente.

Pareciera que la naturaleza entró en una cuarentena del ser humano y esto le produjo un respiro al planeta. El agua más clara de los canales de Venecia hizo que innumerables cardúmenes de peces se hicieran presentes y se multiplicaran los cisnes que por allí circulan. La reducción de vuelos hizo que miles de pájaros retornaran a los cielos descontaminados. La parálisis de tantas industrias se transformó en una bendición para la flora y la fauna. Ojalá que cuando pase el temblor no volvamos a la normalidad, porque quizás ahí, justamente, radicaba el problema. Reinventémonos, salgamos mejorados, resignifiquémonos, innovemos, seamos creativos, no interesa que no sepamos cómo, es más importante estar dispuestos que estar preparados. Y, sobre todo, confiemos en el alma, que siempre sabe cómo sanarse a sí misma. El desafío consiste en silenciar la mente.

“Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste, pero una cosa es segura: cuando salgas de ella, no serás la misma persona. De eso se trata esta tormenta.”
(Haruki Murakami)