Daniel "Pipi" Piazzolla: "Mi sueño no era tocar en River ni con grandes estrellas del pop, sino estar todas las noches en clubes de jazz"

Baterista y líder de Escalandrum, logró forjar una identidad propia más allá del legado familiar. Con versatilidad, recorre el jazz y multiplicidad de géneros en una trayectoria tan intensa como plural.

Una de las características que mejor definen a Daniel “Pipi” Piazzolla es la hiperactividad musical. De alguna manera, siempre se las ingenia para estar en varios proyectos a la vez. “Creo que no tengo un día libre hasta fin de año. Tal vez un lunes o un martes”, advierte a punto de subirse a un avión a España para grabar el próximo álbum de estudio de Escalandrum, que saldrá en 2026.

Este año verá la luz el concierto que la banda brindó en el Teatro Colón en 2024, donde conmemoró el 50° aniversario de los discos "Libertango" y "Reunión cumbre" del gran Astor Piazzolla. Además, el baterista está de lanzamiento con "Apocalipsis", el nuevo trabajo de su propio trío. Eso, sin contar otros discos que saldrán próximamente y lo tienen a él tras los parches. “Todo convive de manera muy natural”, asegura.

–Tu nuevo disco atraviesa muchos estilos, además de que estás en grupos muy diferentes. ¿Cómo coexiste toda esa variedad en vos?

–Nunca me casé con un solo género y tampoco me gusta pertenecer solo a un gueto musical. En ese sentido, soy un músico bastante abierto y escucho de todo. Por ejemplo, con Hernán Jacinto y Daniel Maza hago un repertorio de música uruguaya, que escucho desde los 20 años. También estoy en Latinaje, una big band de música latina con mucha influencia de Brasil. Con Fernández 4 hacíamos un funk intelectualizado, y Versus es medio electrónico y me remite a la adolescencia, cuando me gustaba el techno. Para mí, lo que uno escucha lo puede interpretar porque tiene el sonido en la cabeza. El problema es cuando hacés algo que nunca te interesó.

En realidad, lo más difícil de la convivencia de tantos proyectos –son alrededor de quince agrupaciones– es la agenda, pero a mí me encanta. Mi sueño no era tocar en River ni con grandes estrellas del pop, sino estar todas las noches en clubes de jazz, y creo que lo logré. Todos los días tengo que tocar diferentes cosas, puedo improvisar y hacer un par de solos. El jazz es un género donde vos podés tocar con tu sonido, y esa libertad está buenísima.

–En la historia, muchos bateristas lideraron combos de jazz, pero nunca fueron mayoría. ¿Cómo es estar al frente de un grupo desde esa posición?

–Liderar para mí no significa ser el dueño del grupo, sino organizar los ensayos, probar cosas nuevas o incentivar a tus compañeros a que aporten música. En todas las bandas en las que estoy tengo la actitud de ponerme las cosas al hombro, sin faltarles el respeto a otros líderes, pero siempre tiro para adelante. Escalandrum, por ejemplo, nació como un grupo de amigos y yo lo lidero por una condición natural que se dio así, pero hay mucha música de todos sus miembros. Es difícil encontrar grupos en el jazz, casi siempre son proyectos solistas, así que en ese sentido tenemos un enfoque más rockero de lo colectivo.

Hace como 25 años que tenemos la actitud de ensayar toda la semana y somos siempre los mismos, cada persona tiene su importancia y el ego se deja de lado. Eso nos permite hacer distintas cosas, desde nuestra propia música hasta composiciones de Astor Piazzolla, Mozart, Ginastera, los Redondos y hasta María Elena Walsh. Esa característica que tenemos es lo que nos hace crecer. Nunca decimos que no a ningún desafío y aun así siempre logramos mantener nuestra identidad musical, que es un jazz único que tiene influencias sutiles de la música argentina, como el folklore, la milonga y el tango.

–Escalandrum logró algo impensado para el jazz argentino, que fue ganar el Gardel de Oro. ¿Qué recordás de ese momento?

–Cuando ganamos el Gardel de Oro ni siquiera sabíamos lo que eran los Premios Gardel. No entendíamos por qué estábamos nominados con un disco de música instrumental con temas de mi abuelo de entre ocho y diez minutos. Me acuerdo de que en la ceremonia nadie sabía quiénes éramos y aun así un montón de productores y músicos que votaron nos tuvieron en consideración. Ahí nos dimos cuenta de que son premios bastante transparentes porque, si no, hubiera sido imposible que ganáramos nosotros.

Escalandrum en las escalinatas de los estudios Abbey Road de Londres.

–La batería no fue tu primera opción, ¿verdad?

–En mi casa había un piano, y de chico estudié ese instrumento porque mi abuela materna me regaló un tecladito naranja, y yo con 4 o 5 años logré sacar con él todas las publicidades de la tele. Ahí empecé a tomar clases con Marta Bronstein, una profesora que también le había enseñado a mi papá. Aprendí un montón de canciones, pero después me aburrí y lo abandoné.

Mi familia siempre me dio mucha libertad y nadie me dijo nada cuando lo dejé. Me puse a hacer mucho deporte con mis amigos. Primero jugué al básquet y después al rugby. Era el más chiquitito de todos y me nombraron capitán. No era el mejor jugador, pero era el que más horas se entrenaba, el que llegaba primero y se iba último. De adolescente iba a ver a River en la popular y ahí vi por primera vez los tambores, los bombos y los platillos, y me volví loco.

En la época de los militares no era frecuente ver un grupo de percusión en la plaza, así que solo en la cancha podías ver algo así. A mí me gusta mucho lo popular, y esa fue mi primera conexión con el ritmo. Un día vi un solo de batería y me di cuenta de que ahí estaban todos los instrumentos de la murga, así que me dije: “Esto es para mí”.

–¿Ahí empezó tu formación como baterista?

Tomé clases algunos años con el gran Rolando “Oso” Picardi mientras trabajaba de cajero en el restaurante de panchos y hamburguesas de mi papá. Apliqué a una beca para estudiar batería en Los Ángeles, California, y me aceptaron. Había que vivir allá durante un año, así que mi familia hipotecó nuestro departamento y pidió un préstamo en el banco para que yo me pudiera ir. Ahí estudié con Ralph Humphrey, baterista de Frank Zappa, y Casey Scheuerell, que grabó en "Clics modernos", de Charly García. Siempre que me lo cruzaba me decía “bife de chorizo” porque había quedado fascinado con eso.

–¿Reconocieron tu apellido en los Estados Unidos?

–Yo pensé que nadie conocía a mi abuelo en Los Ángeles, pero el primer día toman lista y cuando llega mi nombre el profesor me pregunta si tenía algo que ver con Astor Piazzolla. Cuando le dije que sí, le pidió a toda la clase que me alabara. Era fuerte ver que mi papá había hipotecado la casa para que yo estuviera ahí, tener un apellido y que supieran quién era. Allá todos tocaban mejor que yo, así que más que una presión lo sentí como una motivación. Todos se iban a la playa y yo practicaba diecisiete horas al día y dormía cuatro. Cuando volví a la Argentina ya era un baterista profesional. Entré como el peor y terminé nominado entre los tres mejores.

Me tomé la música de la misma manera que mis amigos estudiaban en la facultad, cuando ninguno podía salir porque estaban ocupados estudiando. Cuando uno encara las cosas con seriedad y los mejores músicos te empiezan a llamar, como son Lito Vitale, Daniel Maza, Hernán Jacinto o Guillermo Klein, la presión del apellido desaparece porque a ellos no les interesa eso; necesitan tipos que toquen bien.

–¿Cómo era la relación con tu abuelo?

–Cada vez que tocaba en Buenos Aires me llevaba con él. Todos los teatros, el Gran Rex, el Colón… siempre íbamos los dos solos a los conciertos, o con Laura, su mujer. Él me regaló mi primera batería y me invitaba a su casa a escuchar música, casi siempre se escuchaba jazz, así que tuve mucha suerte porque pude estar cerca de alguien que fue un distinto, como estar al lado de Maradona o Messi, y tener una relación supernormal.

–¿Qué se escuchaba en la casa de la familia Piazzolla?

–Sonaba mucha bossa nova, jazz y un cassette de mi abuelo en el cual también había tocado mi papá, que era el álbum en vivo del Octeto Electrónico en el Olympia de París (Olympia 77). Debe de haber sido lo único que escuché de tango durante mi infancia, que como disco de tango está lejos de ser convencional. Esa fue mi educación musical.

Después, con mis amigos empecé a escuchar techno y también me gustaban mucho Queen, Depeche Mode, Pink Floyd, The Police y el rock nacional. Cuando empecé a tomar clases con el Oso Picardi, me pasó discos que yo escuché en profundidad, como "Time Out", de Dave Brubeck, y "Four & More", de Miles Davis, donde tocan todos músicos icónicos del género. Ahí me atrapó el jazz. Me enamoré de la posibilidad de poder explotar mi instrumento al máximo. En el pop siempre se toca el mismo groove, mientras que el jazz es una fiesta, donde hay improvisación y todo el tiempo te la estás jugando.

Fotos: Julio Sevald

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