Francisco Cerúndolo: "Lo más lindo de tener esta vida es el desafío de medirte con los mejores"
El tenista argentino más destacado del momento cumplió uno de sus mayores sueños: en un fin de semana para el recuerdo y en el barrio que lo vio nacer, conquistó el torneo más importante del país y celebró el título en el show de Bad Bunny. En un viaje de sensaciones junto a EPU, el “1” comparte un presente repleto de retos y demuestra por qué es firme candidato al top 10 mundial.
Se deja caer el sol en las inmediaciones de Palermo. Afuera, ahora, se puede respirar: el calor no sofoca como algunas horas atrás y mucho menos de la forma en que lo hizo durante la semana. Ya se escurrió un puñado de minutos de las siete de la tarde del sábado. No menos de treinta periodistas, instalados en el interior de la sala de prensa, aguardan por la llegada del hombre franquicia del evento. Aguardan ante la necesidad de escuchar sus sensaciones por dos razones: acaba de ganar el partido de semifinales ante Tomás Etcheverry, un gran amigo al que conoce desde los ocho años, pero también restan menos de 24 vueltas de las agujas del reloj para el gran día, para su gran oportunidad.
Francisco Cerúndolo se sienta y cuenta que está feliz por haberse clasificado a su tercera final en el Argentina Open, el torneo de tenis más valioso del país, y en las entrañas del mítico Buenos Aires Lawn Tennis Club, a unas cinco escasas cuadras de su casa de toda la vida. Instantes después charlará con El Planeta Urbano a menos de un día del gran desafío: el domingo peleará, una vez más, por conquistar el trofeo en el torneo que sueña ganar cada argentino que alza una raqueta. En su barrio, con sus aromas, con sus 27 almanaques y con varias temporadas en el circuito, pero con una diferencia: por ocasión primera atravesó toda la semana como el tenista número uno del ranking nacional.
La condición de máximo favorito no pareció haberle pesado en el camino. Más bien, todo lo contrario: había repetido, una y otra vez, que era el número uno de la Argentina. Lejos de querer quitarse la pesada mochila, le agregaba más y más kilos. Parecía disfrutar de la carga: ser el mejor del país según el ranking de singles de la ATP y exponerlo sin tapujos. “El hecho de salir como uno no me cambia. Es lindo ser el número uno del torneo, acá en casa, y es algo que no me había pasado. Pero no me cambia en nada ni me genera más presión”, había reproducido el 19° del mundo, con claro potencial para colarse entre los diez primeros.

La carga sigue ahí. Yace en las espaldas de Cerúndolo y sobrevuela en la velocidad, casi imposible de emular, del latigazo de su drive. Sigue ahí porque resta subir el último escalón para materializar uno de los anhelos de su vida, enmarcada en una familia en la que solo se inhala deporte, conformada por su padre, Alejandro “Toto” Cerúndolo, 309° como tenista en 1982 y entrenador de varios jugadores destacados; su madre, María Luz Rodríguez, tenista profesional de menor recorrido y psicóloga (UBA), y sus hermanos menores, María Constanza (25 años; jugadora de hockey de Belgrano Athletic y de Las Leonas) y Juan Manuel (24 años; también tenista, 70° del mundo).
Figura rutilante del Argentina Open, el hijo mayor supo acuñar un particular apodo por parte de su padre: Billy The Kid, por el legendario vaquero estadounidense. Así lo describió el Toto, algún tiempo atrás: “Sus partidos son como en los pueblos en los que no queda nadie en la calle, están él y el rival, y hay un cartel que dice ‘dead or alive’: Fran y el otro a los tiros, esquivando balas, y gana el que mete el último balazo. La vida de Fran es la de un pistolero: sabe que tiene mucho poder de fuego y lastima siempre que golpea”.

No se trata del único sobrenombre que percibió por la pujanza de sus tiros. En septiembre actuó en la Laver Cup, en San Francisco, el selectivo torneo exhibición en el que integró el equipo ganador del Resto del Mundo, cuyo capitán fue nada menos que un ícono indeleble: Andre Agassi. El Kid de Las Vegas decidió plantarle otro alias: “‘Cisco Kid’, así lo llamo yo. Es asombroso. Ha sido un pilar para el equipo del Resto del Mundo. Es uno de los jugadores más difíciles de vencer en el tenis. Siempre está presente, con ética de trabajo, con grandes movimientos. Tiene una derecha potente, es un gran competidor. Me encanta estar con él”.
Con el poder de fuego entre los dedos, entonces, y con la entereza de un hombre que en escasas horas afrontará uno de los partidos de su vida, Fran se dirige a un sitio más apartado, un espacio reservado para encuentros exclusivos. Acompañado por su agente, Juan Acuña, de IMG, y por Melissa Caouki, de la ATP, se permite pensar, al menos por unos minutos, por fuera del entorno.
Reflexiona, entonces, sobre las vivencias con leyendas como Agassi y el día a día con los monstruos del tenis actual, como el español Carlos Alcaraz o el italiano Jannik Sinner: “Para mí se trata de aprender de todos ellos. Escuchar, conversar, compartir. Me interesa saber cómo empezaron a jugar, cómo lo viven. Cómo manejan los viajes, la presión de la competencia, cosas que en el circuito no las hablás. En eventos como la Laver Cup tenés la posibilidad de convivir como equipo y hay charlas diferentes. Ahí te das cuenta de que todos están, más o menos, en la misma condición. Y que no todos son de la misma manera ni siempre están de buen humor o la pasan bien. Muchas veces están tristes; es un poco normalizar la vida que uno lleva en relación con sus pares”.

En uno de los pocos momentos de pausa en medio de la vorágine, también rebobina y selecciona cuál fue el instante bisagra en el que, ya metido como tenista profesional, entendió, por fin, que podría vivir de su ocupación full time. “El gran puntapié de mi carrera, el primero, fue en el Masters 1000 de Miami, cuando gané grandes partidos, pude llegar a las semifinales. En ese momento pasé de estar 110 del mundo a meterme entre los mejores 40. Ese fue el puntapié inicial. Después vino la incertidumbre: saber si iba a estar a la altura de jugar todas las semanas del año en ese nivel. Saber si me la iba a bancar o no. Fue la primera puesta en escena en lo personal, y había dudas por saber si iba a poder bancarla y sostenerlo tenísticamente”, profundiza sobre su primera actuación de impacto, en marzo de 2022, en un torneo de primer calibre como el de Miami –el segundo escalón de torneos detrás de los Grand Slams–.
Antes de tenista, y mucho antes de top 20 mundial, Fran es humano. Con atributos explosivos, con la potencia digna de varios caballos, pero humano al fin. La vida del jugador profesional, entiende, engloba todo un mecanismo ajeno al común de las personas y, por ende, conlleva tanto beneficios como algunas molestias. “Lo más lindo de tener esta vida, para mí, es estar en los mejores estadios, jugar contra los mejores del mundo. Se trata de tener la oportunidad y el desafío de medirte contra los mejores, para ver cómo estás, si estás mejor, si tenés cosas para mejorar y crecer. Eso me apasiona: medirme todo el tiempo y enfrentarme siempre con ellos. Tratar de llegar lo más lejos posible; es lo que más me gusta a mí. Para eso juego”, expresa, al tiempo que admite el habitual perjuicio que persigue a cada protagonista de un deporte tan global, que se juega cada semana en cada rincón del planeta: “Lo peor es tener que viajar muchísimo. Es estar todo el tiempo muy lejos de casa. Porque ni siquiera es que estás cinco meses en el mismo lugar; cada una semana, máximo dos semanas, la vida es armar valijas, ir al aeropuerto. Todo el tiempo de un lado para el otro, con cambios de horario, cambios de hotel. Eso es lo más difícil de ser tenista”.

Y si bien las reglas del profesionalismo exigen esta abnegada dedicación, Francisco intenta abrir el juego para otros costados: actualmente cursa a distancia la Licenciatura en Management con orientación en Economía y Finanzas por la Universidad de Palermo, y con sutileza (y confesa timidez) se anima a proyectar su estilo personal a través de las producciones de moda y tendencias para redes.
Siempre está lejos de casa, pero nunca está tan cerca como durante estas horas, acaso las más álgidas y felices de su carrera. Y no es para menos: al otro día Cerúndolo levantará el trofeo con forma de mate y concretará la más especial de sus cuatro conquistas en el ATP Tour, después de superar 6-4 y 6-2 a Luciano Darderi, argentino nacionalizado italiano y segundo favorito del certamen.
La presión no se lo devorará ni en el ambiente más convulsionado: el estadio central coreará su nombre entre hálitos “chauvinistas”, pero él, siempre presente, lo utilizará como combustible. Ganará y, otra vez en menos de 24 horas, tendrá que emprender viaje a Río, porque el tenis no tiene freno y en ese mundo todo es veloz.

En el medio, sin embargo, Fran se permitirá un gusto: después de cenar y de salir a tomar algo con su familia y sus amigos, irá al estadio de River para disfrutar del recital de Bad Bunny. “Soy muy fanático y me gusta mucho su música. Tenía ganas de verlo, así que me fui directo al show”, dirá. Y volverá a proyectar, subido a la rueda del sueño de acercarse a los primeros puestos del ranking: “Intento estar todo el tiempo un poquito más cerca. Cuando ellos crecen uno trata de mejorar también, con cambios en el juego, para acercarse a su nivel. Tanto a Sinner y a Alcaraz como al resto del circuito. Se trata de estar siempre ahí en los torneos para ganar partidos, estar en las instancias finales para enfrentarme contra ellos y ver qué tan cerca estás. Es darse la oportunidad de jugar contra ellos para poder ganarles”.
Fotos: Gentileza Prensa Argentina Open

