Manu Fanego: "El teatro es una vitamina importante para la humanidad"

Músico de origen y actor por impulso, habita el escenario con una intensidad que roza lo hipnótico. En una charla profunda, recorre el vértigo de interpretar la poética transgresora de Copi, el pulso colectivo de Los Bla Bla y el universo de Mika, su identidad transmedia. Un perfil que revela a un artista que entiende el teatro como energía vital y como un espacio de resistencia frente a la automatización.

Hay artistas que habitan un tiempo distinto, donde la entrega visceral es condición sine qua non. Manu Fanego pertenece a esa estirpe. Ese compromiso físico y emocional alcanza su máxima expresión en el Teatro Picadero, donde protagoniza Le Frigó de Copi. En este unipersonal, Manu despliega un trabajo interpretativo exquisito encarnando a diez personajes distintos. La obra se expande más allá de Buenos Aires: el 21 de marzo llega al Centro Cultural de Munro y el 28 a Plataforma Lavardén, en Rosario. En paralelo, Modelo vivo muerto, el espectáculo de la compañía que integra –Los Bla Bla– arrasa con las localidades en el Teatro Metropolitan y se prepara para cruzar el charco en abril con una gira por España.

A todo esto se suma el estreno el 20 de marzo en el Cine Arte Cacodelphia de Yo soy Mika de Frankfurt!, el documental dirigido por Leandro Tolchinsky sobre Mika, el alter ego trans de Europa del Este que Fanego habita desde hace más de una década. Entre humor, acordeones y canciones propias, Mika nos recuerda que la identidad se construye en la resistencia y que después de la muerte de las cosas, siempre es posible empezar la vida de nuevo.

–No es habitual ver una obra de Copi en cartel, es un autor muy complejo de hacer, ¿cómo te llegó la propuesta y cómo abordaste ese texto?

–Al principio tuve bastante recelo, porque es un texto muy visceral, difícil, hay algo del bajo fondo ahí, en algún sentido. Ese primer encuentro me generó un cierto vértigo. Pero una vez que empezamos a trabajar con Tatiana (N. de la R.: Santana, directora de Le Frigó), casi instantáneamente me fundí con el texto. Fue algo que ocurrió en el cuerpo, y ese vértigo empezó a potenciarse para el otro lado, hacia la investigación, hacia algo lúdico. Puede parecer contradictorio porque es una historia muy trash, hasta siniestra por momentos.

–La pieza tiene mucho humor, pero desde el público llega un momento en que nos preguntamos de qué nos estamos riendo. No sabemos si es algo metateatral, si estamos viendo una psicosis, si los personajes habitaban en la mente de Madame L. ¿Qué hay detrás de ese puente entre lo siniestro, el juego y lo ambiguo?

–Lo asumo desde un lugar lúdico, porque sé que voy a estar psicológicamente destruido después de cada función si no lo tomo así. Intento que esa materia prima que tiene la obra me potencie, no que me hunda. Además hay algunos permisos desde la traducción y la dirección que hacen que pueda jugar. Copi es un transgresor que invita a transgredir y permite que transgredan sus obras también. Creo que la pluma magnífica de este tipo está en que logra rebotar asociativamente en múltiples lugares. Cada une puede formular sus propios subtítulos dentro de lo que muestra: la psicosis, la locura de un actor, un personaje que hace otros personajes… Cuando eso sucede, estamos frente a una pieza verdaderamente poética.

–En escena interpretas a diez personajes, ¿cómo fue el trabajo para que toda esa comunidad de voces salga de dentro tuyo?

–Fue muy orgánico. No hubo trabajo de mesa, sino de poner el cuerpo. Me aprendí la letra, fui al primer ensayo y medio que se armó solo. Igual no le quiero sacar mérito al proceso, a medida que se iba tejiendo el trabajo en los ensayos, se fueron armando partituras cada vez más complejas. Y están vivas, porque Tatiana sigue viniendo a las funciones, me da devoluciones y seguimos trabajando el material para que no se cristalice. Tampoco es mérito mío solo, porque yo propongo, pero hay alguien que me ve y me dice para dónde avanzar, es un trabajo en conjunto.

–En la función que fui alguien destapó una gaseosa justo atrás mío –pero no llegó a abrir las papas fritas que traía– y se escuchó en todo el teatro. Vos estabas en el teclado y le aniquilaste con la mirada y dijiste algo saliéndote del guión, ¿qué te pasa con ese tipo de cosas?

–A mí me agarró un ataque de pánico interno en ese instante, no lo podía creer, pero esas cosas me hacen muy bien, son como alimentos que me van sucediendo durante la función, me nutro de eso. Obviamente actúo un poco el odio, porque en ese momento soy el representante de todos los espectadores que también odiaron a esa persona, ¿cómo te vas a abrir una coca en la mitad de la función? (se ríe) Igual, las obras que permiten la entrada de aquello que sucede en el teatro, en el público, son las que más me divierten.

–Sos músico desde mucho antes de ser actor. ¿El tránsito de una cosa a la otra fue paulatino, te encontró?

–Desde los seis años aproximadamente tomé clases de piano con mi abuela, que era concertista. Después tuve una banda durante diez años, grabamos dos discos, viajamos por el mundo, de alguna manera, mi estar en la vida iba para ese lado. Y a los 28 hice un curso de clown con Guillermo Angelelli y entendí que pertenecía a esa patria. Algo de la actuación se me hizo carne muy orgánicamente, como si ya lo conociera de siempre, un poco naturalmente por mi papá (N. de la R.: Daniel Fanego) Para mí el teatro es la madre de todas las formas artísticas en las que me comunico y me desarrollo. La actuación es lo que más me contiene.

–¿Sentís que el teatro es hoy uno de los últimos refugios para hacer y decir algo políticamente incorrecto de manera poética?

–Puede ser. Y también me parece un lindo refugio para encontrarse a debatir ideas, a imaginar mundos posibles, a verse reflejado, a poner en tela de juicio algunas cuestiones, ciertas lógicas. En definitiva, creo que es un lugar para poner cosas que nos conmuevan, que nos saquen de nuestra automatización y nos traiga elementos nutritivos para nuestra existencia. No sé si va a modificar mucho la realidad en sí, pero el teatro es una vitamina importante para la humanidad, es un refugio donde nos miramos más allá de la pantalla. Está todo bien con la tecnología, no la niego, la uso. Pero no hay que olvidarse de la tracción a sangre, eso me encanta, es lo que más valoro.

–“Modelo vivo muerto” es la primera obra de los Bla Bla con una estructura narrativa más clásica que cuenta una sola historia. ¿Cambia algo trabajar sobre ese tipo de base?

–Antes lo que hacíamos eran esquejes. Modelo vivo muerto nace de un proyecto trunco de un cortometraje de Seba Furman; cuando llegó la oportunidad de hacer la obra de teatro, se integraron Francisca Ure, Carola Oyarbide y el uruguayo, y entre todes replanteamos esa historia en las tablas. En algún sentido cambia, pero no en la esencia. Hay una parte que obviamente requiere mantener un hilo conductor, anclar más las cosas, pero sigue estando esa libertad de ir cambiando y jugando entre nosotres. Buscamos todo el tiempo hacernos reír en el escenario, es un desafío que tenemos. La función que el público ve hoy no es la misma que hacíamos hace un año y medio y no será la misma que en unos meses.

–Vi varias veces actuar a Mika, es verdaderamente hermosa, ella está rota y es luz. ¿Algo que me puedas contar del estreno del documental “Yo soy Mika de Frankfurt!”?

–¡Qué linda definición que diste! Es algo que me da mucho placer habitar. Con ella sacamos un disco el año pasado que está en Spotify, se llama Cosas lindas. Mika es un personaje transmedia: saca su música, hace su espectáculo, tiene su Instagram, su YouTube, y también es una chica trans que viene de Europa del Este. El documental lo realizó mi amigo Leandro Tolchinski y sigue el proceso del primer disco, cómo nace, cómo ella piensa el mundo. También aparece mi papáhaciendo el personaje de la mamá de Mika. Eso es muy hermoso, como un ejercicio psicomágico que vale la pena ver y disfrutar. Están todes invitades.

Fotos: ATOMOBIT

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