Desde la mirada de Ariana Harwicz: "La vida te gana por goleada; pero podés darle una piña con el arte"
Desde su casa en Francia, la escritora repasa su vínculo con la adaptación cinematográfica de su novela Matate, amor. La versión dirigida por Lynne Ramsay, con Jennifer Lawrence y Robert Pattinson, revive la crudeza del libro original. Además, adelanta su próxima ópera en el Colón y reflexiona sobre la literatura como forma de revancha.
Vio por primera vez la película basada en su novela Matate, amor en el Festival de Cannes, sentada junto a los protagonistas, Jennifer Lawrence y Robert Pattinson. Al final de la proyección estalló una ovación salvaje como una manada de lobos. Ariana Harwicz lo vivía como un electroshock, una experiencia sin anestesia, un rayo que cae sobre el bosque francés donde está su casa.
Por estos días, Harwicz escribe por primera vez un libro de cuentos, avanza con una nueva película sobre su novela Perder el juicio y confirma que Dementia, la ópera argentina con guion original suyo, se estrenará en la sala principal del Teatro Colón el 31 de mayo de 2026 con dirección de Mariano Pensotti. Pero mientras intento comunicar el estreno en cines argentinos de Matate, amor el 6 de noviembre, antes de su llegada a MUBI, solo puedo pensar en un resplandor que quema los ojos, los animales, las palabras, los hijos. Y preguntar hasta que el fuego nos devore.
–¿En "Matate, amor" tuviste alguna incidencia con respecto a la elección de los protagonistas y de una directora como Lynne Ramsay, que hizo otro retrato descarnado de la maternidad en We Need to Talk About Kevin?
–La verdad es que no; ya hablaremos de otra película que será todo lo contrario. No tuvimos ni siquiera reuniones; una vez que estuvieron a bordo del proyecto Jennifer Lawrence y Martin Scorsese, ellos buscaron a Lynne Ramsay, que es una directora muy mimada a raíz de la película que mencionaste. Yo recién vi Matate, amor cuando se estrenó en la Competencia Oficial del Festival de Cannes.

–¿Cómo lidiás con una obra que es tuya y ajena a la vez?
–Mirá, eso nunca me pasó en la experiencia del teatro. Matate, amor, La débil mental y Precoz fueron adaptadas como obras teatrales, y no lo viví como si fueran otra cosa. Eso de que en todo caso es un hijo pero de otra familia, de otra sangre, de otro linaje; todas esas metáforas donde algo es y no es… Nunca sentí esa ajenidad, esa otredad. Pero quizás algún día me toque vivir esa escena donde llega alguien, toca la puerta y es de la familia pero no lo conocés, nunca lo viste.
Con esta película podría haber ocurrido, pero tiene muchísimo de la novela, obviamente de un modo extraño porque es cine; la adaptación se pegó mucho al libro, algo poco habitual. Yo no me lo esperaba para nada, me sorprendió porque nunca leí el script, no me lo mandaron. Sé que no suele ser así y estoy segura de que mi próxima película será distinta, pero a veces pasa que el escritor no es deseado. Con la película que adaptará Perder el juicio eso no ocurrirá: pienso estar presente en todas las instancias del proyecto.
–Tus novelas son el antídoto a esas frases de taza que rezan: “El amor vence al odio”. ¿En serio el amor es más poderoso que el odio o es al revés?
–Lo que pasa es que el amor puede ser criminal. Quizás es una jugadita a tu pregunta, me estoy escapando por la tangente y te la doy vuelta porque estoy tentada a decir que el odio siempre es más interesante y un carburante, una nafta mucho más poderosa. Pero como en nombre del amor se asesina mucha gente, como en nombre del amor se violan muchos niños, como en nombre del amor se cometen actos aberrantes, yo te diría que una combinación de ambas. El amor adquiere muchas veces una faz muy parecida al odio.

–El título de tu novela "Perder el juicio" remite a un fallo adverso y también a pasar al acto. Tus criaturas se arrojan a sus instintos. ¿Te gusta explorar la animalidad de los personajes?
–Sí, por supuesto; como me formé en cine no puedo dejar de componer las cosas desde ahí. Estudié un poco de todo, pero el cine estuvo muy metido en mi cabeza. Me acuerdo siempre de esa película de Ingmar Bergman, Gritos y susurros, que me marcó especialmente, donde todos los personajes tenían una dramaturgia y una fisonomía parecida a la de un animal: Liv Ullmann era un zorro; Erland Josephson, un lobo. Me quedó esa idea de componer los personajes a semejanza de los animales; vivir en el campo también contribuyó. Todas mis novelas tienen eso: los animales están metidos en lo doméstico, en las discusiones maritales, en el sexo, en la maternidad. Cuando la protagonista de Perder el juicio escapa, se la pasa mirando lechuzas y escarabajos. Como en esos cuadros del siglo XIX donde siempre en las escenas había animales alrededor de la gente.
–En tu obra explorás distintas formas de la violencia: la que se ejerce en nombre del amor, del cuidado o de los hijos. ¿Por qué te resulta tan atractiva?
–Nunca pienso la violencia como algo separado de todo lo otro; no es que digo “ahora viene una explosión de cólera y el personaje va a romper un vidrio o va a secuestrar a los hijos o va a matar gatos” y lo tomo por separado de la escena de ternura, de empatía o de amor filial de los personajes. Se trata de observar la violencia que hay en pequeñas cosas, en detalles hasta inocentes: por eso la naturaleza es tan increíble; cositas chiquitas son de una gran violencia. Trato de ver la violencia que hay en cada cosa, en el bosque o en una escena doméstica marital.

–La violencia en la maternidad es un tema tabú; aún se habla de “instinto materno”. ¿La buena madre sigue siendo una figura mítica?
–Sí, tal cual. Cuando escribí Matate, amor llegué a la shortlist de un premio en España, pero fue muy rechazada porque era fuerte, incomodaba, generaba repulsión. Y realmente entiendo por qué: aunque estemos en el siglo XXI, en muchos lugares del mundo hay un pensamiento muy medieval. El tema de Matate, amor incomoda a todos, incluso a mí, porque es atacar el tabú. Quizás en el amor conyugal se permite una mayor exploración de los aspectos más mórbidos, más abyectos, más criminales del amor. Es más: se puede odiar a los padres, pero con los hijos el sufrimiento psíquico de derribar ese mito resulta casi insoportable. Sin embargo, yo elijo una y otra vez volver al encuentro de ese tema porque tiene un potencial literario extraordinario. No me imagino algo más teatral que querer ser madre y no poder, o querer ser madre, que nazca el niño y después ya no desear tenerlo sino tirarlo por la ventana. No se me ocurre una relación que esté más tensada por la locura y la muerte que la maternidad.
–Con respecto a la locura, hoy se desactiva el término cambiándolo por un concepto muy banalizado, el de “salud mental”. ¿Escribir sobre la locura es un acto que va contra el lenguaje de la época?
–Vos misma pusiste en jaque el concepto de “salud mental”. Todas esas palabras y conceptos a mí me suenan como propiedad de una cierta clase, de una doxa, de un microambiente. La obsesión por esas palabras omnipresentes en todos los ámbitos y medios es llamativa porque ya no quieren decir nada. Por suerte yo no escribo amparada en esas premisas; trato de desapegarme lo más posible de todos esos diccionarios orwellianos de la época. Me gusta pensar en personajes que no hablan como se habla hoy; pongo el ojo en tentativas humanas que están por fuera de los discursos más domesticados.

–En "Perder el juicio" te metés sin pudor con una venganza más cercana a la de Charles Bronson de El vengador anónimo que a la de Shakira balbuceando: “Una loba como yo no está pa’ tipos como tú”. ¿Te resistís a la pasteurización de la venganza?
–¡Claro! Qué horrible lo que dijiste de Shakira porque es verdad: lo suyo es una hipótesis del eslogan, del marketing que se repite al infinito, un concepto absolutamente vacío, muy epocal y con fecha de muerte. Eso es terrible, porque medio mundo festeja el gesto político de decir que las mujeres facturan, que las mujeres no lloran, que son empoderadas, pero después no creo que alguien se ponga esa canción para llorar la pérdida de alguien que amó. Me parece que el gesto ideológico reemplazó el poder de la obra. Un poder que debería ser superior, y en eso sí busco venganza pero no en términos marketineros. En mis novelas hay una revancha, pero la ecuación es muy simple: voy a arrancarle a la vida todo lo que no me va a dar. La vida te pega piñas, te gana por goleada; envejecemos, moriremos, no vas a ganarle a la vida porque es más poderosa que vos. Pero podés intentar darle una piña con el arte, crear esa especie de subversión del orden. Decirle: “Mirá cómo puedo, mirá cómo rompo todo, cómo secuestro a los chicos en la realidad de una novela”. La literatura, en ese sentido, es el vengador que entra y le pega un tiro a todos los presentes.

