Mónica Antonópulos: "Ver ficción argentina, vernos a nosotros, es necesario"
“Hay que defender lo que somos”, dice la talentosa actriz, y lo demuestra en cada paso de su carrera. Lúcida y reflexiva, brilla en todos los proyectos que emprende y se anima a salir de su zona de confort y de las etiquetas en las que muchas veces fue encasillada por el medio. Desde su estatus de artista arriesgada y versátil, apuesta por las producciones nacionales, celebra el encuentro con colegas y valora la posibilidad de hacer humor con inteligencia y libertad.
Mónica Antonópulos es una actriz inmensa. Arriba del escenario, en proyectos audiovisuales y también en sus redes sociales se anima a ir más allá en cada paso de su carrera. En 2024, su composición de Amalia “Yuyito” González en Coppola, el representante y su participación en la obra El beso afianzaron sus dotes para la comedia, algo que también despliega junto a su compañero de vida, Marco Antonio Caponi, en Ricardo y Liliana TV, por Instagram, donde interpretan a una pareja de ancianos que intentan superar la rutina.
Ahora se sube a la Sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes como vedette principal de La revista del Cervantes, un homenaje a la revista porteña, un clásico en extinción. Además, forma parte del elenco de Viudas negras, de Malena Pichot, en Flow y TNT, junto a Pilar Gamboa, y brilla en Menem, en Prime Video, donde interpreta a María Julia Alsogaray. En diálogo con El Planeta Urbano reflexiona sobre sus últimos proyectos.
–Me da miedo preguntarte cómo fue crear el personaje de María Julia en "Menem", porque venís de hacer una vedette en Coppola y hoy en día sos una vedette en el Teatro Cervantes. Temo por lo que puede pasarte ahora con el personaje.
–Bueno, ella era una vedette de la política, se podría decir. Casi que me das el pie con esta María Julia Alsogaray, ícono también de la frivolidad de la pizza con champán. Así que hay algunos puntos en común.

–En el proyecto volvés a una época polémica en todos los sentidos. Lo interesante de la serie es que no juzga al personaje. Si nos pusiéramos a juzgar, sería imposible. ¿Cómo fue volver a los 90?
–En realidad, viví los 90 desde la adolescencia, con una mirada muy subjetiva, la de mi familia. Arrastrada como cualquier adolescente y con una educación paupérrima, como fue en esa década. Cuando empecé a componer el personaje no podía creer lo que había vivido, con ese grado de impunidad. Es un retrato muy potente. Y hoy, con 43 años, después de tantos presidentes, veo que evidentemente hay algo en esa forma de hacer política que quedó. Cada candidato tiene sus particularidades, pero hay algo de cambalache constante. Por suerte, Ariel Winograd lo retrata muy bien, sin hacer juicio. Por eso es entretenido.
–Si no, hubiese sido dificilísimo.
–O aburridísimo. Hubiera sido un dramón, un melodrama esquizofrénico. Pero él logra, con su arte, retratar hechos históricos desde una propuesta muy clara. Hizo arte.
–Ustedes filmaron hace tiempo. ¿Estaban preparados para las opiniones que se están vertiendo sobre la serie?
–No sabía qué iba a pasar, pero sí siento que la gente no tenía idea de qué iba a ver y había mucha ansiedad por saber cómo se iba a contar. La serie es una locura.

–¿Una frase de Carlos Saúl que tengas presente? ¿Una que te venía a la cabeza mientras rodabas?
–“No los voy a defraudar.” Era un gran marketinero, un adelantado. En ese momento no se estudiaba eso, no existían las redes sociales, y él ya lo manejaba. Un adelantado del marketing.
–En "Viudas negras" hacés de una de las “chetas” del barrio privado donde vive el personaje de Pilar Gamboa. Es una mujer que delega su poder, pero en realidad es un poder que no existe. Tiene ese pasado televisivo y busca nuevas oportunidades. ¿Cómo fue interpretar a alguien así?
–Existen en todos lados. Vos pensás que no, pero te vienen nombres a la cabeza todo el tiempo. Videos, imágenes, YouTube. Y te quedás corto. Hoy, la realidad supera cualquier ficción. Estamos en un mundo paralelo. Y todo eso lo vuelve delirante. Cuando hay una estructura sólida y una comedia negra bien escrita, como esta, todo se permite. Creo que uno de los temas que trata es la hipocresía, como en todos los universos.

El personaje de Malena tiene su peluquería, pero alrededor hay mucha hipocresía. Lamentablemente, es algo muy de nuestra sociedad. Y acá nos reímos de eso. De estos monstruos de barrios cerrados. Para que mi personaje funcione, hacen falta las otras dos: Marina Bellati y Paula Grinszpan. Ellas le generan el castillo. Y cada una festeja lo de la otra. Mi personaje festeja todo el tiempo. Son como tres minions. Impunes, infantiles.
–¿Y cómo fue conectar con Paula y Marina?
–¿Puedo decir algo a favor de ellas? Yo había entrado pensando: “Voy a ir de menos a más”. Y de repente me encontré con estas dos monsters, ¿entendés? Desquiciadas. Pero desquiciadas con un grado de verdad. Entonces fue como: “¿Dónde gradúo?”. No tenías chance de frenar y decir: “Che, a ver qué va a hacer cada una”. Me fui acomodando sobre la marcha porque venían a una velocidad tremenda. Fue espectacular. Es la primera vez que trabajamos juntas y, bueno, una también se nutre de los compañeros.
–¿Qué te pasa cuando te sumás a una producción así, que tiene identidad, que es bien nuestra?
–A mí particularmente me pasa que estoy valorizando mucho más lo propio. Tal vez es porque estamos todos más angustiados por la situación, por esta desdibujación de lo patrio. Antes teníamos el evento de una peli de un amigo. Ahora no se está estrenando nada. Antes, al menos, sabías si se estaba laburando. Hoy tengo la sensación de que, ante tanta crisis y sobre todo ante tanta violencia que recibimos como cuerpo actoral, más allá del partido o ideología de cada uno, hay algo de acompañarnos. Empatía. Ver ficción argentina, vernos a nosotros, es necesario. Perdimos la tele, los productos que nos identificaban. Hay una necesidad de volver a vernos.

–Y eso pasa con vos en el Teatro Cervantes. Todo el mundo te va a ver y comparte. Hay algo colectivo ahí.
–Sí, esa sensación que vos describís, que lográs ver, es real. Es como una argentinidad al palo, una gran patriada cultural. Algo parecido me pasa con las series, aunque se estrenan de a poco. Todavía arrastramos cierta tilinguería cultural, pochoclera, ese querer ser otra cosa. Y está bien que existan grandes presupuestos. Pero también está buenísimo lo que pasa con gente como Malena Pichot, y con colegas que vienen laburando de forma independiente. Buscas, emprendedores. No es que ahora los buscan: vienen laburando desde hace rato. Por suerte se abre la plataforma y se los puede conocer. Me parece que hay que defender lo que somos, con todo lo que somos, con todo lo que podemos entender.

