Natalie Pérez: "Siempre pude elegir lo que quería hacer"
Mientras disfruta del éxito de Mazel Tov y protagoniza el unipersonal Las cosas maravillosas, la artista ofrece su mirada sobre la fe, el anhelo de construir vínculos, el vértigo de trabajar en soledad y la importancia de cuidar la propia energía para no perder el rumbo.
Natalie Pérez transita un presente luminoso, cautivando al público con su talento. Mientras se encuentra en la fase de composición con la idea de grabar un disco en vivo, protagoniza la película "Mazel Tov", junto a Adrián Suar, Fernán Mirás y Benjamín Rojas. Además, los lunes y viernes se sumerge en "Las cosas maravillosas", el unipersonal dirigido por Mey Scápola que invita a reflexionar con humor sobre la depresión y la capacidad de encontrar luz en los momentos más oscuros.
Natalie llega al encuentro en un bar, impregnada por la energía de la inminente luna llena en Escorpio. De inmediato deja ver su autenticidad. Con humor perspicaz, comparte su sentir sobre la influencia astrológica. “¡Que la luna en Escorpio nos ayude, yo tengo que hacer función! Mi mamá me llenó de mensajes, así que escribí, quemé, prendí, lavé… No es que sea una experta, pero creo en todo: en la astrología, en las energías, en Dios, en el universo. Es más lindo creer que no creer.”

–Es raro, hoy por hoy, que alguien diga: “Creo en Dios”.
–Es que ahora no está de moda decirlo. Yo sí creo en Dios. Prefiero sentir que hay alguien o algo más allá que me acompaña. Además de mi familia, amistades y relaciones, cuando me voy a dormir, camino por la calle o manejo sola por la ruta, me gusta pensar que no estoy tan sola en este mundo. Y no vale buscar a Dios solo cuando se muere alguien querido o cuando necesitás un milagro. La fe se trabaja. Fui a un colegio católico, me bautizaron, tomé la comunión, mi abuela es creyente. Nunca nos inculcaron rezar o ir a misa, pero tengo mi vínculo con el “máster” (se ríe). De alguna forma, encuentro ahí un refugio, es como un amigo con quien hablar, sobre todo para agradecer.
–¿Y en las listas de cosas maravillosas, como propone la obra, creés? Parece un ejercicio sano.
–Sí, está bueno. Desde que empecé esta obra dije: “Voy a hacer mi lista de cosas maravillosas”, pero la verdad es que todavía no la hice. Suelo hacerme listas de compras o de tareas para no olvidarme, pero tengo un problema: soy muy desordenada. Entonces, por ahí empiezo en una hoja, sigo en una revista, termino en una servilleta… y después no sé dónde ni cómo continúa. Un poco así es mi vida. Siempre digo que lo voy a cambiar, pero no puedo. A veces me gustaría tener más orden y menos caos, pero también eso me hace ser quien soy.
–La obra tienen un formato muy particular y una conexión directa con el público. ¿Cómo está siendo tu experiencia de narradora?
–Cuando me tentaron para este proyecto fui a verla con Cande Vetrano, que encima estaba embarazada. Todo era hermoso. Creí que iba a ser imposible memorizar tantos números. Además, me parecía un híbrido entre actuar y no actuar, porque la narradora, que en este caso soy yo, cuenta su experiencia y cómo la transmutó. Lo que más me gustó fue el vértigo de que no hubiera cuarta pared y la adrenalina de estar sola en el escenario. Nunca había hecho algo así. Acá no hay luces, escenografía ni gran vestuario: es un unipersonal muy interactivo, pero estás vos sola con tu alma. Hoy extraño tener compañeros, como en las novelas o los musicales, para charlar en el camarín. Pero como son ciclos cortos de tres o cuatro meses, está bien. Igual, no quiero hacer más nada sola en esta vida: creo que con esta obra cierro.
–¿A qué te referís?
–En la música tengo un equipo de músicos, estilistas y productores que me acompaña, pero en algún punto sigue siendo una carrera solista. En esta obra están el público, los productores, el asistente, la directora y el texto, que es mi gran aliado, pero en el escenario estoy sola. Y en mi vida personal también quiero construir con alguien. A veces pienso en dejar todo e irme al campo. Quiero ser mamá. Este año tengo un hijo, acordate (se ríe).
–Prometo acompañarte hasta que finalice la entrevista, termines tu plato y tengas que hacer función.
–Te lo agradezco mucho. Después me espera el asistente de la obra para pasar la letra, así que hoy no voy a estar sola (se ríe).

–Volviendo a la obra, se percibe una dirección muy precisa y se te ve una actriz muy prolija. ¿Cómo fue ese trabajo en conjunto?
–Mey ya tiene muy estudiada la obra, la dirige desde hace más de tres años con diferentes actores, así que tiene todo muy estipulado: dónde va cada cosa, cuál es el ritmo. "Las cosas maravillosas" es como una pieza musical: hay un pentagrama que fluye y, de repente, silencio, pausa. Tiene que tener musicalidad todo el tiempo: los números, las respuestas, el feedback con el público, porque si no, se cae. Mey es divina y muy exigente. Después de cada función me apuntala, va ajustando tornillos. Como es una obra muy interactiva, a veces naturalmente se escapan cosas, pero existe una forma, y se trata de confiar en ella.
–La participación del público es fundamental. ¿Cómo se dan las interacciones?
–Es muy loco, porque algunas personas ya saben de qué va la obra y otras no tienen ni idea. No quiero spoilear, pero no es lo mismo sentarse en el escenario o que te hagan hablar que ser solo espectador. Cuando el público va entrando y los recibo, ya me doy cuenta a quién le puedo pedir cada cosa. A veces me dicen: “Natalie, ¿nos sacamos una foto?”. Y yo les digo: “¿Quién es Natalie?”, dándoles a entender que soy un personaje. Invito a jugar, los voy guiando con respeto y cariño, porque de eso se trata la actuación: de jugar. El teatro es el arte de repetir, pero cada función es distinta. Y en esta, aún más.
–En "Mazel Tov", tu personaje, Daniela, está al borde del colapso, pero nunca derrapa, y eso es muy gracioso. ¿Cómo fue encontrar ese equilibrio?
–Trabajé con Dalia Elnecavé, una directora de actores que admiro mucho. También fue directora de "Las cosas maravillosas" y nos coacheó en "Camila", con Peter Lanzani. Me ayudó muchísimo a analizar las escenas y a construir a Daniela. Creo que lo que más resguarda al personaje es el embarazo. Yo no soy mamá, pero todas mis amigas me contaron que las hormonas te llevan al límite. Además, fallece su padre, los hermanos son lo que son, el marido está ahí… todo tan desbordado que mi personaje se resigna y se entrega.
También me ayudaba mucho que Fernán [Mirás] y Adrián [Suar] fueran insoportablemente graciosos. A veces yo estaba muy dramática filmando, pero después cortábamos, me reía con ellos, y cuando volvíamos a grabar, algo intermedio sucedía. Quizás es lo que se terminó viendo. Y, obviamente, está la dirección de Adrián, que sabe lo que quiere.

–A lo largo de tu trayectoria demostraste una habilidad para estar presente en la escena artística sin caer en la sobreexposición. ¿Cómo lográs ese equilibrio de estar y no estar?
–Siempre pude elegir lo que quería hacer, y a veces eso implicó quedarme sin trabajo porque no vibraba con la propuesta. Me guío mucho por la intuición. Telefe o Adrián me han llamado para protagonizar novelas, otros para teatro o series, y muchas veces dije que no. Me gusta vivir tranquila. Cuando me desbordo, todo colapsa en mi cabeza, mi espíritu y mi alma, y no quiero perderme.
Muchas actrices o cantantes muy grosas dicen que, en algún momento, se olvidaron de quiénes eran. Yo no quiero olvidarme de quién soy. Cuando hacía "Las estrellas", "Guapas" o "Graduados", también hacía teatro, iba a eventos, aparecía en todas las revistas, porque supuestamente era el momento de aprovechar. Eso me dio la pauta de que no era para mí. Está bueno lo de estar pero no estar: laburo lo que tengo que laburar, y lo demás me lo guardo para no drenar mi energía.
Fotos: Alejandra López

