Agustín "Rada" Aristarán: "Todo lo que hice y vengo haciendo es una excusa para llegar al lugar en el que estoy entrando"
Actor, mago, músico y comediante, se mueve con naturalidad entre mundos distintos y los integra en un mismo escenario. Su carrera es un viaje de reinvenciones: del niño que hacía malabares en Bahía Blanca al intérprete que comparte rodajes de cine y protagoniza superproducciones teatrales. Con el humor y la curiosidad como brújula, explora cada desafío como si fuera la primera vez, demostrando que su camino no tiene límites.
Hay artistas que nacen con un apodo y mueren con él. Y hay otros que, en algún momento del camino, sin renegar del pasado, empiezan a parecerse más a su verdadero nombre. En su caso, Rada es el seudónimo popular con el que lo conoció el país, y Agustín Aristarán, el nombre completo que, sin apuro, va ganando su lugar merecido en los créditos. No es pose sino más bien la consecuencia natural de una trayectoria que ya no cabe en un mote tan pequeño. Porque Rada es de esos artistas que llegaron al mundo con demasiadas cosas dentro: mago, comediante, músico, animador de masas y actor. Un verdadero tour de force de la escena argentina, alguien capaz de ejecutar cada instrumento por separado y, aun así, hacer sonar una sinfonía completa.
Empezó a los doce años haciendo magia y malabares en Bahía Blanca. Hoy, acaba de filmar, bajo la dirección de Juan José Campanella y junto a Luis Brandoni y Eduardo Blanco, Parque Lezama, la nueva película argentina que desembarcó en Netflix el 6 de marzo; tiene especiales propios en la plataforma; agotó funciones en Mar del Plata con Chanta; vuelve a la televisión junto a Mario Pergolini en Otro día perdido, y se prepara para encarnar a Willy Wonka en el musical Charlie y la fábrica de chocolates. Todo eso en el mismo año. Todo eso siendo un verdadero hombre orquesta.
–Entre tantos proyectos, contame cómo te llega la propuesta para hacer esta película.
–Me llama Campanella y me dice: “¿Viste Parque Lezama?”, y yo no sabía qué responder. Le podía mentir tranquilamente, porque me habían contado bastante de la obra, pero le dije la verdad: “No, no la vi, perdón”. “Mejor”, me dijo. Y me ofreció un papel que para mí es muy importante, porque es el quiebre de la historia. Es Menéndez Robert, un personaje que arranca siendo bastante detestable y termina un poco más humanizado. Cuando me lo planteó Juan, automáticamente me invadió el síndrome del impostor: “No vas a poder, ¿por qué te llaman?”. Pero después me dije: “No voy a subestimar a Campanella, si me está convocando es porque ve que lo puedo hacer”. Fue muy emotivo el proceso, y como todo proceso actoral, muy inconsciente.

–¿Cómo fue la experiencia con Brandoni y Blanco? ¿Fuiste a letra sabida a los ensayos?
–Pasó algo muy loco, porque son animales de la actuación, no les importa más nada. Yo estoy teniendo una carrera, ellos tienen trayectoria. Eduardo, sobre todo, es muy detallista con la letra, la suya, la mía, la de Beto. Yo tengo la particularidad de que no soy tan milimétrico con el punto y la coma. Me cuesta aprender la letra exacta. Hace poco vi una entrevista de Darín que me dejó muy tranquilo, donde él dice que le cuesta mucho memorizarse la letra, que necesita tener mojones. Entonces, si lo dijo Darín, tengo todo permitido. Y no es que me esté comparando, por favor, pero el tipo me está dando el aval (se ríe). Igual soy un obsesivo también, me la aprendo, pero tengo lagunas que no puedo evitar.
–¿Te dejaron proponer cosas durante el proceso?
–Sí, Campanella es muy generoso. Hubo una frase que cambié y me siento muy orgulloso de eso. En un momento el personaje de Eduardo me decía: “Usted porque quiere quedar como el muchacho”, yo no tenía idea de qué era eso. Me explicaron que era una referencia a las películas de antes, donde “el muchacho” era el bueno. Se armó una discusión muy linda entre los cuatro y dije: “Juan, hay gente como yo o más joven que no lo va a entender, hay que cambiarlo”, y lo tomó. Es una película que apela a lo más primitivo del cine, que es actrices y actores actuando, nada más y nada menos. Con toda la complejidad que eso significa en los tiempos que corren, llega en el momento justo.

–¿Por qué decís que llega en el momento justo?
–Porque estamos esperando estímulo constante, quilombo, inteligencia artificial, efectos especiales. Y creo que una peli tan simple y tan compleja a la vez da un poco de aire a lo que estamos viviendo como sociedad. No reniego de la sobreestimulación que tenemos todos, me encanta lo que pasa con las redes y el avance tecnológico, utilizo todo eso para entretener. Pero también me parece bueno poner un freno de mano y que existan estas cosas. Una película de vínculos con una montaña rusa de emociones: te reís, llorás, te enternecés, te da bronca.
–¿Alguna anécdota que me puedas compartir del rodaje?
–Tuve que pedir que corten, cosa que no tiene que hacer un actor nunca; es un pecado (se ríe). Me emocioné cuando Beto me estaba diciendo un parlamento sobre la vejez. Me metí tanto en la historia que me olvidé de que había cámaras. Estaba solo con él en el parque, con Eduardo de fondo mirando con esa ternura con la que compuso a su personaje y yo diciéndole a Brandoni “Cardozo tiene 80 años fácil” y Beto respondiéndome: “¿Qué tiene de fácil tener 80 años?”. Me partió al medio, entré en la mentira que contamos los actores y me quedé en blanco. Un papelón importante, encima estaban todos los directivos de Netflix ahí mirando.

–Tenés una agenda muy apretada para este 2026. ¿Me podés contar qué se viene?
–Hay dos películas y una serie de las que no te puedo contar absolutamente nada, están los abogados de Netflix detrás de la puerta escuchando lo que hablamos (se ríe). Vuelvo con Otro día perdido con Mario [Pergolini] y después está Charlie y la fábrica de chocolates, donde tengo el honor de hacer a Wonka. Los ensayos arrancan el 30 de marzo. Antes me voy de viaje con mi hija a China, Corea, Japón y Turquía. Vamos a ver la puesta japonesa de Charlie... Dicen que no es tan grande; la de acá va a ser algo nunca visto. Ayer vi los bocetos de escenografía y son una locura.
–¿Cómo se encara un personaje tan icónico como Willy Wonka?
–Fingiendo demencia por completo.
–Pero, Agustín, lo hacés sonar demasiado fácil, no se puede tener una carrera como la tuya fingiendo demencia y no sabiéndose del todo la letra.
–Totalmente de acuerdo. Igual la estoy haciendo así, con medicación incluida (se ríe). La realidad es que no miro las películas, no lo hice ni con Matilda ni con School of Rock. Ya las había visto, por supuesto, pero trato de no condicionarme, necesito poder componer a Wonka a mi manera. Y digo lo de “fingir demencia” porque si me pongo a pensar la responsabilidad de hacer esos personajes que el público conoce tanto y los tiene tan identificados, directamente no lo hago. Tengo la suerte de tener directores increíbles, como Ariel Del Mastro en el macro y Marcelo Caballero, con el que laburamos mucho cada personaje.

–Sos muy inquieto, se te ve todo el tiempo cambiando, buscando, innovando. ¿Qué te gustaría hacer que todavía no hiciste?
–Me estoy metiendo cada vez más fuerte en el mundo de la actuación, y eso es lo que más me convoca. Desde que tengo uso de razón, todo lo que hice y vengo haciendo es una excusa para llegar al lugar en el que estoy entrando. Esta película es una gran puerta en esa dirección. No te puedo decir que voy a dejar la magia porque me encanta; soy un apasionado, y cuando hago de mago no dejo de estar actuando. Entonces, me gusta el título de actor y seguir explorando por ahí.
–Si mirás tu recorrido desde los 12 años en Bahía Blanca, arrancando con la magia, los malabares y todo lo que vino después, ¿qué visión tenés de vos mismo hoy?
–Me re agradezco a los 12 años haberme animado y haber tenido claro que quería hacer un montón de cosas. Sigo con el mismo espíritu de principiante, y no lo digo apelando a la humildad que tan de moda está en estos tiempos. Lo digo en serio: sé todo lo que hice, sé lo que sé hacer; también lo que no y todo lo que tengo que aprender. Cada proyecto lo arranco con esa cabeza de principiante, porque si siento que ya lo sé hacer, me deja de copar. Cuando asumo un desafío, lo encaro con muchísimo huevo, corazón y cagazo. ¿Qué me pasa cuando veo todo esto? Digo: “Qué bueno todo lo que está pasando. Tengo una vida de película”.
Fotos: Edwin Velásquez Panneflek / Netflix

