Luca Martin: "Lo que me parece malo de nuestra generación es querer que todos nos acepten"
Tras haber hecho radio y coconducido un programa de televisión, ahora apuesta por el teatro y se sube al escenario con Sex. En diálogo con EPU, habla de sus fobias y miedos, pero también de la importancia de diversificar el contenido y nunca quedarse quieto: “La idea es mostrar que podés hacer un poquito de todo y un poquito de nada a la vez”.
Desde muy pequeño, Luca Martin conoció los flashes, las cámaras y los escenarios gracias a sus padres, Nancy Duplaá y Matías Martin. Con el entretenimiento en la sangre, sus primeros pasos los dio en la radio, primero produciendo y luego poniéndose al frente de un micrófono. Hoy, a sus 24 años, continúa buscando aquello que le haga bien y le permita seguir creciendo en el mundo del espectáculo.
Tras haber coconducido El legado en la pantalla chica, ahora se sube al escenario con Sex, la creación de José María Muscari, y se anima a hablar de vínculos, fobias y miedos, pero también de mostrarse al mundo tal cual es. “Busco diversificar el contenido”, resume en esta charla distendida con EPU, en la que, como siempre, despliega su verborragia e inteligencia.
−¿Cómo estás viviendo esta locura de "Sex"?
−Re bien, es una experiencia rara para mí. Nunca estuve en este mundo expuesto del teatro, que es muy diferente a la radio o la tele. Es un mundo que nunca pensé que iba a conocer, pero estoy muy contento con el resultado. El fin de semana pasado vino mi viejo, le gustó y me dio muchas esperanzas, ¿viste? Como cuando una figura paterna te da un OK.
−Ahora falta que vaya tu mamá.
−Falta que vaya mamá, la semana que viene ya vendrá. Los primeros dos días no quería que vinieran, pero después de dos veces que te sale bien, decís: “Quiero que me vean”.

−Vos conocías el mundo del teatro desde otro lugar. ¿Qué cosas de las que veías que te gustaban finalmente se concretaron y cuáles no?
−Yo creo que tenía una expectativa un poco más claustrofóbica, como que me daba más ansiedad la idea de tener que exponerme a una audiencia. Es la paradoja de la falta de sección de comentarios, de que si a la gente no le gusta te lo puede decir cara a cara. Pero me di cuenta de que justamente por eso es tan positiva la experiencia: porque no tenés ese factor de alguien que te comenta de mala onda después. Cuando la gente te viene a decir algo, por lo general, es algo lindo.
−Cuando dijeron: “Luca se suma a Sex”, pensamos: ¿Qué va a hacer? ¿Se va a mostrar sin ropa? ¿Va a bailar?
−Bailo, y sí, no estoy en bolas, pero estoy en un par de escenas hot. Igual, no es tan extremo como uno piensa. Mi viejo tuvo un comentario que fue clave; el día después del show, me dijo: “No es nada de lo que esperaba”. No es sexo, no es música, no es baile, no es teatro, es una pequeña cosa que funciona individualmente. Al principio, cuando José María Muscari me llamó, dije un no dudoso: “Dejame ver, dejame pensarlo”. Después hablé con mi viejo y me dijo: “Che, me contó Julieta Ortega que te llamaron para Sex, ¿dijiste que no?”. “No sé, me da nervio, me da miedo”. Y ahí apareció la pregunta clave de papá: “¿Te gusta, che?”. Y yo le dije: “Obvio”. Me respondió: “Hacelo”, y ese fue el push final.

−El año pasado estuviste en la tele, ahora por primera vez en teatro, ¿estás buscando tu camino?
−Busco diversificar el contenido. Yo creo que justo en esta época en la que estamos viviendo, no solo acá en el país sino en el mundo, es muy importante tener trabajo. Yo trabajo en medios desde que tengo 16 años, es lo único que conozco, y es lo único que me gusta. Así que sí, la idea es probar un poco de todo, mostrar que sos un “Jack of all trades”, un maestro de nada, alguien que pueda hacer un poquitito de todo y un poquito de nada a la vez. El teatro siempre me interesó, no estudié teatro pero hice muchas cosas, y hacer esto con Sex fue darme cuenta de que no solamente es teatro, hay que creérsela en un escenario más allá de tu propio ego. Con Sex aprendí, y espero que me sirva para el futuro, que puedo convertirme en lo que requiera la obra de mí.
−Hace un tiempo hablaste de tu bisexualidad, ¿qué te generó contarlo?
−No sé si yo quería contar eso, sino poder expresarme siendo más yo. Cuando uno es público, por inseguridad, a veces no muestra algo de uno.
−Siempre se te ve seguro.
−Uno públicamente muestra la mejor parte de sí; y por miedo, por inseguridad, uno tiene que creerse algo. Pero es más difícil, por ejemplo, al sentir la sutil homofobia que viene con gente que no entiende el concepto de ser bisexual. La respuesta al decir que era bisexual fue: “Ah, pero sos puto”, y no, no es así, me gustan las dos cosas y lo he vivido toda la vida, fuera de la radio, dentro de la radio, en la tele, fuera de la tele. La clave ahí es poder aceptar lo que es uno, y después decir: “Sí, yo soy esto, no me define”. Es muy de esta generación aceptar lo que uno es; lo que me parece malo de esta generación es querer que todos nos acepten, porque es imposible eso. Lo que hay que hacer es comprarse uno esa confianza de lo que es.

−¿Qué cosas te definen? Sabemos que te gustan las películas de superhéroes, los videojuegos, el cine.
−El cine y los cómics me gustan mucho; hay periodistas que me encantan, como Tony Wilson, Hunter Thompson, William Burroughs. Creo que lo que me define es el contenido, y es medio trágico, porque esta época se define por consumir contenido. Lo me define es la expresión abstracta de los sentimientos, creo que podés conectar todo con esto, mostrar cómo te sentís de una manera no directa.
−Y la experiencia está concentrada en este aparatito, el celular…
−Me lo dijo un amigo y para mí es brillante, que todos somos cyborgs actualmente. ¿Viste que hace diez, veinte años todos decían: “Vas a tener un chip en la cabeza” o “vas a tener un brazo robot”? No, vas a tener un celular. Esta cosa es un segundo cerebro, y si te despegás, no sé si te pasó en un recital, en una fiesta que se te va la señal, o te robaron, es como que perdiste una pieza. Es como que tratás de reencontrarte y no podés. Ya somos cyborgs, ya somos robots. Es trágica la época en la que vivimos, más que nada porque es un cambio de época. Se termina la era de la revolución industrial y empieza la era de la inteligencia artificial. Y aquí estamos todos nosotros en bolas todavía, si lo pensás en un segundo. Y da miedo.
−Hace un tiempo tu mamá habló de que ella veía que vos te empezaste a divertir…
−Sí, porque te empezás a aceptar más a vos mismo, porque te empezás a imaginar un poco menos con tus decisiones. Yo creo que la clave para ser feliz es darse cuenta de que nunca termina la persecución, la “pursuit of happiness”. Siempre vas a tenerla un poco pendiente, y la felicidad es la persecución. Así que creo que aprendí a ver que no existe tal cosa como estar satisfecho, pero sí existe estar bien un rato por lo menos. Hay que apreciar ese momento.

Yo siempre digo que la felicidad me elude un poco, pero me parece que es normal eso. Creo que la mayoría de nosotros estamos tan acostumbrados a la dopamina que recibimos por nuestros amigos, el contenido, lo que sea que consumimos en nuestro tiempo libre, alcohol, drogas, que nos olvidamos de apreciar los momentitos. Eso es lo que aprendí en estos últimos meses: un buen momento vale un montón. Puede que después esté mal, pero ahora estoy bien; y cuando me acuerdo de ese momento, lo único que me acuerdo es lo bueno.
−¿Qué hacés cuando estás solo?
−La paja. Veo muchas películas, escucho muchos álbumes, también tengo el virus del celular: “Uy, estuve 30, 40 minutos viendo reels al pedo”. Lo que estoy haciendo ahora, porque murió David Lynch, es mirar sus películas.
−Sus películas encima no están en todos lados…
−Esta época de los streamings nos hizo perder mucho de contenido. El DVD no lo podés comprar en ningún lado porque no existe. La versión digital no está más en Netflix o en Amazon. Así que, trágicamente, por más de que nos duela, hay que aprender a piratear para poder encontrar esas cosas. Si es contenido argentino, páguenlo, loco. Pero si es contenido internacional, donde puedan verlo, véanlo.
−Hablando un poco de esta época, ¿cómo vivís el tema de expresar una idea y que vengan los ataques, el trolleo?
−Siento que le toca a todo el mundo, eso te voy a decir. Me da mucha pena, como niño de internet, que se esté usando el término “trolleo” para todo. Porque antes trolleo significaba cuando en serio ibas a irritar a una persona online y eras creativo en tu capacidad de atacar. Hoy en día son los básicos comentarios de derecha aburridos, siempre lo mismo. Si me viene un comentario negativo, por lo general, no le doy cabida. Si es un insulto, lo bloqueo, porque no estoy acá para que me insulten.

−“Especialista en bloqueo”, te definiste.
−Totalmente, no me importa: “Si me insultás, ¿para qué estás acá?” Yo lo pienso así, te voy a hacer un favor, no me vas a ver nunca más ahora, no te preocupes. No me importa en lo más mínimo el insulto de un don nadie. Lo bueno de la política es que podemos estar en desacuerdo todavía. Y que al tener estos teléfonos que tenemos todos, podemos comunicar ese tipo de desacuerdos sin ponernos rojos. Sería ideal que practicáramos eso en nuestra casa, que cuando leemos un tweet que no nos gusta, lo dejemos pasar. Ya fue, no le vas a cambiar la mente a un trumpista, no le vas a cambiar la mente a nadie.
Fotos: @baezershot

