Lalo Mir, la máquina de contar: "Aunque haya más voces, cada vez nos escuchamos menos"

Su personalidad disruptiva, su talento y un decir inconfundible lo convirtieron en el verdadero “animal de radio”. El histórico locutor abre las puertas de su casa, donde su pasión por la música y la comunicación conviven, y reflexiona sobre el rol de los medios en la actualidad.

Aunque sus días oscilan entre la calma de su querida San Pedro y la ruidosa velocidad porteña, hay algo que a Lalo Mir siempre le da la sensación de hogar: unos buenos mates y un micrófono listo para presionar “REC”. Rodeado de cientos de discos, paredes decoradas con obras plásticas de su autoría y varias radios antiguas que ahora son solo recuerdos, su voz resuena para confirmar que la magia de la radio sí existe.

En esta cálida charla con El Planeta Urbano, el histórico locutor dueño de una voz única, creador de uno de los programas más originales y emblemáticos de la radiofonía argentina, Radio Bangkok, y apasionado como pocos por el verdadero rol de los medios, se anima a mirar el presente desde la ausencia de la nostalgia.

Ahora estamos en tu casa y te tengo de frente manteniendo esta conversación, pero ¿ya te cayó la ficha de que a lo largo de todos estos años fue al revés? Vos y tu voz fueron los que entraron en millones de hogares a través de la radio.

–(Suspira) Sí. (Toma una pausa) Sí, es verdad, ahora estoy más entregado, menos fóbico a recibir el cariño. Lo identifico, lo veo, me genera amor porque aunque todos entendamos cómo funciona esto, es loco ser parte de la vida de tantas personas. Hay oyentes que recuerdan algo y lo vinculan con un momento de algún programa. Eso es maravilloso, es como que juntos creamos un pedacito de su historia.

En una entrevista contaste que desde muy chico mantuviste cierto estilo para vestirte, que era “usar siempre algo que no encajara”. ¿Podemos decir que en realidad esa fue tu clave del éxito en los medios?

–Nunca lo había pensado así, pero puede ser. En ese entonces era en la ropa; que había que animarse a vestirse en San Pedro con un pantalón pata de elefante y camisas con diseños búlgaros, eh. Pero sí es cierto que cuando hago algo, intento romper otra cosa, no está programado. Cuando vengo muy formal, siempre algo sucede y me desformalizo (se ríe).

En épocas donde hay tanto streaming, tanta charla y muchas voces, ¿notás que se habla más pero se escucha menos?

–¡No escuchamos nada! Mientras el otro habla, estamos pensando en lo que vamos a decir nosotros. Aunque haya más voces, cada vez nos escuchamos menos. Creo que es una de las características de la argentinidad al palo de los últimos años: el no registro del otro, de lo comunitario. Por eso chocamos.

Todos queremos hablar porque nunca antes tuvimos la posibilidad de hacerlo. Cuando vine a Buenos Aires, a los 20 años, había siete u ocho radios, tres canales de televisión y cinco diarios. Nada más. Si hoy a la mañana una persona totalmente ignota dijo lo preciso, a la tarde es viral.

¿Pero realmente creés que todos tenemos algo para decir?

–No, pero sí tenemos la necesidad de contar. Y frente al micrófono, que evidentemente seduce, se genera una sintonía entre quien está de un lado y quien escucha del otro. Todos queremos ese protagonismo por un ratito, ya sea comentando en las redes, en el mejor de los casos que lean mi mensaje al aire y ni hablar si soy quien pasa a estar en el estudio. La magia de la radio (se ríe).

¿Existe todavía la magia de la radio? Antes sí, porque entraba en juego nuestra imaginación, pero ahora con las cámaras, vemos todo, no hay secretos.

–Antes era como leer una novela de "Elige tu propia aventura". La magia es una convención: si no se ve, lo tengo que imaginar. Pero aunque ahora se apueste mucho a lo visual, el uso sigue siendo el mismo. No tengo ninguna base empírica para decir esto, pero conozco el medio. Nadie distrae su atención cotidiana en algo que no le aporta, salvo alguien que está muy al pedo o un sereno de una fábrica que, para no dormirse, no deja de mirar una pantalla. Entonces me conecto, miro cómo estás vestido, un poco de lo visual del estudio, y ya está. La gente está laburando, está haciendo otra cosa y deja de fondo esta “nueva tele” que no es más que la vieja radio.

¿Importan más los nombres que las ideas ahora en los programas?

–La verdad, no sé lo que importa hoy. Porque prendemos la tele y tenemos diez programas analizando el fenómeno que ocurrió en la esquina donde una silla se cayó y le rompió la cabeza a una mujer. Nadie, ninguno de los 50 que están en esos diez programas estuvo en el lugar, habló con alguien que estuvo en el lugar o al menos tuvo una reflexión del, no sé, policía que recibió la denuncia en la comisaría. Entonces, ¿de qué hablan?

Si hay algo que tenés en claro es que la radio es un servicio a la comunidad. ¿Crear FM Lechiguanas en San Pedro fue un poco para volver, en esencia, a esa radio con la que creciste?

–Sí, pero a la vez también a una radio totalmente distinta porque tenemos que grabar todo, no sale en vivo, no hay estudio… ¡mostramos que hasta podemos hacer radio por Whatsapp sin grandes tecnologías ni nada! Ponemos toda nuestra creatividad y dedicación para que realmente sea entretenido. Y logramos convertir esa radio de amigos en un centro cultural, una organización civil sin fines de lucro. Es un servicio de entretenimiento y relax, con buena música, textos de gente que piensa, noticias más bien de la ciudad, el típico: “Otra vez chocaron motos en el centro” (se ríe). No hay locuras, no hay violencia, no hay zarpe, no hay política partidaria, es para sentarse a escuchar, disfrutar y crear lazos entre nosotros.

Hace unas semanas, en la Patagonia hubo un temporal de nieve que dejó un montón de rutas y caminos cortados, y lo que sorprendió (para mal) es que como las filiales de Radio Nacional en Esquel o Perito Moreno, entre otras, estaban retransmitiendo la de Buenos Aires, no había manera de saber ni informar lo que estaba pasando, incomunicación total. ¿Qué opinás de eso?

–Un disparate lo que hicieron, no lo entiendo. En muchos lugares de laArgentina no hay señal de celular, no tienen teléfonos satelitales y a veces no tienen ni para comer, ni leña para el invierno. Los medios públicos tienen una obligación, el deber de hacer cumplir el derecho a la información, y no en el día a día que es la pavada, sino cuando las papas queman, cuando se viene el quilombo.

Vos fijate que la BBC, Radio France, la Deutsche Welle son todos medios estatales. La National Public Radio, de los Estados Unidos, es una cadena fantástica de contenidos estatales, como los Tiny Desk, que vinieron hasta La Boca a grabar a Trueno. El negocio hace lo que es negocio, donde no hay negocio, de alguna manera tiene que haber Estado. Porque hay ciudadanos que tienen el mismo puto derecho que nosotros que vivimos acá, ¿tan difícil es de entender?

Mencionabas a Trueno, que es uno de los músicos más escuchados por los jóvenes, trabajás también con mucha juventud. ¿Qué notás, desde tu experiencia en los medios, en esta nueva generación? ¿Qué inquietudes tienen?

–Aprendo todos los días que hay una nueva manera de vivir, que no es la mía y eso no es poco. Es verla, entenderla o al menos observarla, y tomarla como cierta, nada más. Uno no tiene por qué entender todo, ni estar de acuerdo con todo. Sencillamente saber que eso existe y tiene el mismo derecho a existir que mi manera de pensar. Ese es mi primer aprendizaje.

Y después, mil cosas desde lo técnico. Por ejemplo, yo tengo mucho prejuicio con la Inteligencia Artificial y a los pibes les parece re copado. De hecho, lo único que usé fue un editor para reconstruir la voz de una entrevista que le hice a Hugo Fattoruso en el Teatro Solís, de Montevideo. Bueno, yo no aprendí a manejarla muy bien y publiqué así nomás la nota porque no logré que me diera bola y no quise pedir ayuda, me dio como vergüencita.

¿Hablar es tu mecanismo de defensa? ¿Sos un callador profesional?

–En la intimidad soy bastante corto, emocionalmente no soy como en la radio. Antes de decir algo, lo pienso tres veces. Me cuesta esa parte, sobre todo cuando lo que vas a decir puede generar algo en el otro, pero eso no me inhabilita como hablador público, esa es la construcción de un personaje. Mi cabeza es más la de un artista que la de un comunicador. Un amigo dice que hablo en colores.

Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

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