Gustavo Santaolalla: “Estoy en el tiempo suplementario de mi vida, el partido lo jugué hace rato”

Escribió las primeras páginas del rock argentino, compuso la música de películas que se consagraron en los Oscar, armó una big band rioplatense con ritmos de ayer que suenan al futuro. Un hombre que, todavía hoy, está dispuesto a seguir descubriéndose.

A orillas de un río marrón, gritándole al cielo, revoloteando sus manos, el rapero Ysy A pregunta a la marchanta, sin esperar respuesta, aunque con la desesperación de alguien que sí la necesita: “Hermano, decime a vos cómo te fue en la aventura de llevar afuera la bandera, los colores, la cultura. Hermano, decime a vos cómo te fue en el desafío de llevar por las aguas saladas que tiene este mundo el dulce de este río”. Y ahí no más se zambulle en la inmensidad del Río de la Plata. 

Desde un barquito pesquero, único testigo del suplicio del freestyler, un viejo chamán, rodeado de velas y relojes de arena, con la cadencia de un sabio y las marcas de un trotamundos, responde in crescendo: “Hey, Ysy, amigo, te pido me des un momento. A veces el tempo se me pone lento, y entonces te cuento: que yo también vengo de ese mismo río, lo nuestro, lo tuyo, lo mío. Te juro, me río, porque estando lejos, lo nuevo y lo viejo se vuelven espejo. Orilla que brilla en la grilla de un río de plata marrón y, en el corazón, un faro encendido que siempre ilumina con rima y razón a eso que está vivo, me siento y respiro sonido nativo del río”. 

Esa escena, que parece salida de Apocalypse Now, corresponde a “Sonido nativo del río”, el nuevo tema de Bajofondo junto al joven trapero de 23 años. Y aquel coronel Kurtz devenido en oráculo criollo es nada más y nada menos que Gustavo Santaolalla, el cráneo detrás de esta big band rioplatense que, entre bandoneones y beats, continúa desafiando al tiempo. “Siempre quise hacer un diálogo entre las generaciones. La unión de dos mundos totalmente diferentes, pero no opuestos, donde lo nuevo y lo viejo se vuelven espejo”, cuenta el ganador de dos premios Oscar, desde su casa en Los Ángeles.

Si el tiempo no para –y nunca paró– para los Bersuit Vergarabat, una de las tantas bandas exitosas que produjo en los años noventa, para Santaolalla menos, y, a sus 70 años, el “ciudadjardinense”, que escribió hace más de medio siglo junto a Arco Iris las primeras páginas del rock argentino, desempolva la agenda de un millennial hambriento, dispuesto a morfarse el mundo que él mismo construyó, disfrutando el compás del segundero, porque sabe muy bien que el tiempo es efímero y que él, ahora, está jugando el alargue. “El tiempo suplementario de mi vida, el partido ya lo jugué hace rato –refuerza Santaolalla–, pero me preocupan los que todavía tienen todo por delante. Mis nietas, por ejemplo. Hay muchas cosas que no me gustan, pero, al mismo tiempo, creo en las cosas hermosas de la vida.”

“En la Argentina siempre hubo un culto a la gerontocracia.”

–¿Pensaste parar en algún momento?

–Nunca, es más, me quedan muchísimas cosas por hacer. En este momento estoy trabajando en la serie del videojuego The Last of Us para HBO, estoy produciendo otra para Alemania, hay en vista un documental para National Geographic, tenemos en cartera la salida del nuevo disco de Bajofondo, una gira por Europa y un proyecto para la NASA del que no puedo adelantar mucho.

–¿Creés que la genialidad del artista tiene que ver con mirar siempre hacia adelante, una especie de sentencia spinettiana que dice que “mañana es mejor”?

–No sé si que mañana es mejor, porque no creo que ayer haya sido peor (risas). Pero sí que en el movimiento está la sensación de avanzar. Siempre me ha gustado eso y, cuando miro hacia atrás, hay tanto que me cuesta digerirlo; me toma mucho tiempo revolver el pasado. Justamente, lo que escasea en esta vida es tiempo, y yo prefiero usarlo para mirar hacia adelante y hacer algo nuevo. Me pasó con el tema de leer y escribir música: la opción era entre ponerme a estudiar y aprender a hacerlo o hacerlo directamente. Y eso se refleja en muchos aspectos de mi vida y de mi carrera, donde siempre traté de salir de mi zona de confort, ponerme en nuevos desafíos, no tenerles miedo a los cambios y al peligro. Todo parte un poco de ir asentándome en mí mismo, en mi identidad; siempre fue un tema que me acompañó desde muy chico. 

–¿Qué era lo que te preocupaba?

–La identidad es el centro de creatividad que te permite cambiar o hacer cosas distintas sin dejar de ser vos. Los Beatles, por ejemplo, cada cosa nueva que les sorprendía la incorporaban en su música y nunca dejaban de ser ellos. Todo eso a mí me permitió incursionar en los distintos géneros, en el folklore, por ejemplo. Cuando arrancamos con Arco Iris, a mediados de los sesenta, yo sentía que, además de cantar rock en nuestro idioma, teníamos que tocar rock en nuestro idioma. Por eso la incorporación de instrumentos mucho más vinculados al folk que al rock and rol clásico. 

"Inconscientemente, la atemporalidad es lo que atraviesa mi historia. Siento que las grandes obras son las que nunca envejecen."

–Igualmente, por lo menos en tu obra, el pasado convive casi de forma natural con el presente y, hasta muchas veces, con el futuro. Bajofondo, por ejemplo.

–Yo lo veo, en realidad, más como una atemporalidad. Hace unos años, por temas personales, apreté por primera vez el botón de pausa en mi vida, y me di cuenta de que en más de treinta años nunca había presentado en vivo ninguno de mis cuatro álbumes solistas. Por eso se me ocurrió armar Desandando el camino, el espectáculo con el que debutamos hace un tiempo en el Teatro Colón y con el que ahora estamos recorriendo el mundo. Y ese revisionismo, que repasa mi vida a través de toda mi música (películas, videojuegos, canciones propias), hizo que me diera cuenta de que, inconscientemente, la atemporalidad es lo que atraviesa mi historia. Siento que las grandes obras son las que nunca envejecen. Una composición como “Canción de cuna para un niño astronauta”, que es del primer álbum de Arco Iris, en 1969, aún hoy sigue siendo de los temas más modernos que tengo: no tiene género, la temática, la sucesión de acordes, todo. El tiempo es totalmente relativo: hoy, ayer, mañana, todo pasa en el mismo tiempo. 

–Sin embargo, hay que estar muy atento y despierto para interpretar el tiempo presente y su contexto, que eso, imagino, es vital para el trabajo de un productor.

–Totalmente. Cuando hicimos con León De Ushuaia a La Quiaca, todo el mundo nos daba por locos. Para esa época, principios de los ochenta, el concepto de world music no existía. Pero acá sobrevolaba esa sensación de integridad, de fuerza colectiva, teniendo en cuenta los años que transcurrían posdictadura. Así que lo hicimos: 450 conciertos recorriendo cada provincia argentina. Hoy ese álbum es parte fundamental de aquella y esta historia.

–Y en los 90, quizás tu etapa de explosión como productor, ¿qué era lo que sobrevolaba?

–En México, por ejemplo, ocurría algo muy similar con lo que pasó en la primera época del rock argentino con Almendra, Vox Dei, Arco Iris, Manal. Hubo cambios políticos muy fuertes: apareció el PRD, se fracturó el PRI, levantaron la prohibición del rock en el DF; muchas cosas que hicieron posible el nacimiento de un nuevo movimiento musical y cultural que tenía muchísimo para decir. Ahí aparecieron Maldita Vecindad, Caifanes, Café Tacvba; después, más tarde, Molotov, Julieta Venegas. En Chile, lo mismo, con el surgimiento de Los Prisioneros, una banda que se cansó de llenar estadios.

–Mucho de esto lo pudimos ver en Rompan todo, el documental de Netflix que intenta reconstruir la historia del rock latino, y que, como casi todo, trajo también sus críticas.

–Yo siempre aclaro que era uno de los productores, ni siquiera el principal, pero que igual recibió los tomatazos (risas). Más allá de eso, el concepto era contar la historia de nuestro movimiento en yuxtaposición con lo que pasaba históricamente en toda la región, y trabajar con las bandas que cruzaron sus propias fronteras. Rompan todo es una especie de mapa musical alternativo de Latinoamérica, y yo me siento muy orgulloso; siempre tuve esa visión medio bolivariana del asunto. A veces siento que los latinos tenemos una potencia con alto voltaje poético y musical mucho más fuerte que los anglos. Por eso fue una gran satisfacción poder hacer discos de bandas latinas con la misma calidad sonora y estética del rock anglo. A mí me hubiera encantado haberlo hecho con Arco Iris.

"Siempre traté de salir de mi zona de confort, ponerme en nuevos desafíos, no tenerles miedo a los cambios y al peligro."

–¿Qué lectura hacés del contexto actual?

–Me parece una maravilla todo lo que está pasando en la Argentina y estoy muy feliz con las apariciones de Wos, L-Gante, Ysy A, toda esta nueva generación. En nuestro país ha habido siempre una cultura de la gerontocracia, grandes valores del rock, del tango. Y llegó un momento donde para ser realmente famoso o tener un impacto masivo tenías que ser un tipo grande. ¡Una locura! Cuando yo produje La era de la boludez, de Divididos, ese disco que en cierto modo los catapultó, los tipos ya no eran más unos pendejos, y eso que la venían rompiendo desde hacía muchos años. Árbol lo mismo, recién consiguió su Disco de Oro después de tres álbumes, cuando ya cumplieron los treinta. Era una especie de condición: seguir comiendo mierda hasta que alcances el estatus de gente adulta. Pero fijate que el movimiento no empezó así. Cuando comenzó todo esto (con Litto Nebbia a la cabeza, nuestro godfather), los Almendra, Manal, Vox Dei, Arco Iris, éramos todos pibes de veinte años. Después, todo eso dejó de existir hasta que ahora apareció esta nueva movida que nos pasó por arriba, y, de repente, aparece un pibe de 18 años que te llena dos Luna Park. ¡Me encanta todo esto! Y no deja de ser una corriente musical alternativa, con muchas cosas del roots, de las plazas, de la calle, que marcan la potencia y la identidad de un fenómeno popular que acá, por lo menos, no empezó hace mucho y lo estamos viendo crecer. 

–¿Ves similitudes con los comienzos de ustedes y del rock nacional?

–Sin duda. Aunque musicalmente no haya mucho que ver, socialmente hay cosas que son bien parecidas: chicos que tienen sus propios códigos, sus formas de vestirse, su lenguaje y, sobre todo, esa sensación de poder rebelarse ante el establishment. Ahí está el rock, aunque tenga otro sonido. No nos olvidemos de que en un momento el rock era “rock and roll”, un simple ritmo que hasta ese momento no se había escuchado, pero en los sesenta se le sacó la pablara “roll”, quedó solo rock, y ahí entró todo, porque lo que estaba cambiando no era solo una forma de tocar y bailar, sino toda una forma de mirar y plantarse en la vida

Fotos: Ale Burset

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