Carla Quevedo: "Me escapé bastante del éxito y de la fama"

La actriz que a comienzos de 2022 se puso el traje de villana en Ecos de un crimen, el thriller argentino más visto del verano, transita un presente cargado de emociones fuertes.

Si Carla Quevedo fuera el personaje de una ficción definitiva sería la antiheroína. Sin dudas ocuparía un rol preponderante, tanto como el protagónico, y el público se encariñaría con ella desde el minuto uno. Sería una persona con los defectos y virtudes de cualquier otro mortal, alejada de los estereotipos de la perfección impuesta hacia cualquier mujer de treintaypocos que vive de una profesión que coquetea con la frivolidad y los mandatos físicos y emocionales que vende Hollywood y compra el mundo.

Pero Carla es de carne y hueso, vivió en Nueva York y ahora lo hace en Buenos Aires; actúa en una serie para Amazon Iosi, el espía arrepentido, que estrenará en marzo– y es la “arreglatutti”, entre otras cosas, de su pizzería C.A.N.C.H.A., nacida en pandemia en Villa Crespo.

También escribe y publica libros –el más reciente, una novela llamada Cómo me enamoré de Nicolas Cage–, y da entrevistas en las que dice cosas como que la gente que fue a la presentación de su libro lo hizo por la presencia del escritor invitado, Fabián Casas, y no por ella; “pero no quiero seguir dando esta imagen de persona tan sabotera porque lo estoy trabajando mucho”, aclara. Y ríe por primera vez durante la charla.

“Nunca hice lo que hay que hacer para ser la chica de tapa. Siempre fui y hablé de mi historial de depresión, de mi ansiedad, y empecé a hacerlo en un momento en el que eso no estaba permitido.”

–¿Qué creés que le va a pasar a la persona que llegue a tu novela por el boca en boca o el algoritmo?

–Te puedo contar cuál era mi fantasía y cuál es la realidad. Porque mi fantasía, no vaya usted a equivocarse pensando que fantasía es algo positivo (se ríe), era que iba a venir una horda de gente a quemarme en la hoguera; que iban a decir “esto es una porquería, esta mina está loca”. Mi gran miedo era que no se separara mi personalidad de actriz de lo que es la novela y de lo que es Marta, la narradora de la novela, que ya son tres cosas distintas. Porque es una novela que por ahí pone sobre la mesa un montón de cosas muy incómodas de las que no se suele hablar tanto. Viniendo de una persona que, para colmo, tiene cierto perfil público, me daba miedo que se pusiera el ojo muy ahí. Una vez que uno saca un libro, lo más hermoso es soltar el control y entender que cada lector va a leer una novela distinta. Para mí esa es una de las cosas más hermosas de la literatura, cuando no se cierra a un solo significante. Pero la verdad es que está pasando algo que me supera de emoción

–¿Quién es Marta?

–Marta es una actriz que vive en Estados Unidos, que intenta mucho y fracasa más, y que a priori no sabe muy bien, o no entiende o no pensó demasiado, por qué se fue. Simplemente está ahí siendo llevada por la inercia y la vorágine de una ciudad como Nueva York. Ella trabaja en un restaurante como mesera y está haciendo castings intentando quedar en superproducciones hollywoodenses, encontrándose constantemente con la frustración de no terminar de encajar en el estereotipo de una latina. Y en eso está cuando va a una fiesta, conoce a un músico muy famoso y se enamora de él. Creo que la respuesta a “quién es Marta” es difícil de responder porque es como que yo te pregunte quién es Mariana o que vos me preguntes quién es Carla. No sé si en algún momento de la vida llegamos a poder terminar de responder eso. Definitivamente Marta no está ni cerca de poder responderse esa pregunta; creo que está en esa búsqueda de entender quién es y qué cosas de las cuales le generan identificación son precisamente de ella, qué cosas arrastra de su familia, de sus vínculos pasados. 

–¿Marta es un álter ego tuyo? ¿O jugás a que es un álter ego pero en realidad no lo es? Tu cuenta de Instagram es @lodemarta, pero si hace diez años venís escribiendo esta novela, entonces, tal vez, Marta existe hace una década y siempre fue un personaje.

–Mirá, no me gusta cerrar las lecturas posibles. Lo que sí puedo decir es que es una novela que podría enmarcarse en lo que es una autoficción. Lo que pasa es que le tenemos miedo a ese término, porque en general es como la hermana menor de la ficción; está muy bastardeada y hay mucho prejuicio alrededor de la autoficción, sobre todo porque hubo un boom en las últimas décadas y muchas veces se la pone en un lugar banal y de ego, de yo, yo, yo, yo. Creo que la autoficción es súper interesante porque para mí es todo lo contrario. Quien escribe sobre sí mismo lo hace en un intento desesperado de entender y de llegar al otro, es una herramienta para conectar con un otro más que para indagar en sí mismo y nada más. Pero si vamos a ponernos técnicos, sí, es una autoficción. ¿Qué significa esto? Que parte de la vida de su autora, en este caso de Carla, para construir una ficción. Entonces ni siquiera yo sé qué porcentaje de ficción hay y qué porcentaje de realidad, si es que existe tal cosa. Porque sí hay muchas cosas que pasaron, pero por ahí hay un montón de escenas que nunca sucedieron que son construidas adrede para cumplir un rol específico dentro de la novela. Hay otras que son un rejunte de escenas distintas de mi vida, otras que son escenas que le pasaron a otras personas que conozco que yo me las apropié. Y es muy difícil para mí en esta instancia, sobre todo después de diez años de trabajo y de vivir dentro de la novela, realmente discernir qué pasó y qué no. Hay un punto en el cual yo misma no lo sé.

–¿Cuán expuesta te sentís al publicar esta autoficción, cuando este género juega tanto con la idea de qué será cierto y qué no?

–Es muy loco porque yo en mi carrera como actriz siempre fui bastante de mantenerme al margen y de mantener mi privacidad. De hecho, con los años me di cuenta de que me escapé bastante del éxito, de la fama. Como que siempre que se daba una oportunidad enorme acá yo me iba a la torta. Nunca hice “lo que hay que hacer” para ser la chica de tapa de revista, la que contratan todas las marcas. Hubo algo de ese deal con el que yo nunca me sentí cómoda, identificada. Siempre fui y hablé de mi historial de depresión, de mi ansiedad, y empecé a hacerlo en un momento en el que eso no estaba permitido. Cuando empecé a laburar, hace más de doce años, esas cosas te jugaban en contra. Mil veces me han llegado mensajes de gente del laburo, inclusive de amigos queriéndome, cuidándome, diciéndome que no me exponga, “tenés que dar una imagen más liviana”. Y yo nunca me sentí identificada con eso. Y es muy loco porque cuando escribo no estoy pensando en esos términos, si me expongo o no; estoy pensando en la historia que quiero contar. Probablemente porque yo sé cuán enmarcado está eso en la ficción. Porque sé que, por más de que algo te haya pasado, una cosa es lo que te pasó; otra cosa es cómo eso se almacenó en tu memoria; otra cosa es, cada vez que vos recordás eso, cómo lo recordás y lo sobreescribís sobre el recuerdo original. Pero la verdad es que ese miedo o ese pensamiento me lo saqué hace mucho tiempo porque, si no, no puedo escribir ni dos páginas. Porque el 98 por ciento de las cosas que escribo son incorrectas en algún sentido; políticamente incorrectas o cosas que están mal vistas. Es cierto que dos semanas antes de que se publicara el libro tuve pesadillas casi todas las noches, soñaba que mis papás me asesinaban. Después sí tuve miedo de pensar en si una amiga leía algo y se identificaba. Pero son todos velos que por suerte fui corriendo y a la hora de escribir siempre escribo como si no me fuera a leer nadie, o me fuera a leer una sola persona que yo elijo, para sostener lo que yo había querido contar. Porque, si no, todo se vuelve muy blando y muy masticado, y por lo menos no es el tipo de ficción que a mí me interesa leer. Para lo políticamente correcto están otros rubros, no el arte. 

“Quien escribe sobre sí mismo lo hace en un intento desesperado de entender y de llegar al otro.”

Fotos: Sebastián Arpesella

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