Ariel Staltari: el Walter de la revitalizada "Okupas", con el fuego intacto

A más de veinte años del debut de la serie, y con su reestreno en las plataformas digitales, el actor enfrenta un presente y un futuro lleno de desafíos.

La historia arranca en las calles de Ciudadela, con un joven Ariel Staltari que apretó el acelerador a fondo: ayudó a sus padres en una churrería, tuvo una banda de rock (Perros de la Noche), tocó en Cemento, le mezquinó horas al sueño y a los 26 años le tocó atravesar una enfermedad malvada (Indio Solari dixit) que lo obligó a cambiar la esquina del barrio por una habitación en el hospital Posadas. Al recordar la foto de cada momento se sonríe. No deja de sorprenderse cuando cae en la cuenta de que todo le pasó muy rápido y que sin querer fue de cero a cien.

Sin lugar para experiencias previas en la actuación, al poco tiempo de sus primeras clases con Lito Cruz llegó la oportunidad que lo cambiaría todo: Okupas. Audicionó, se quedó con el papel de Walter (el rolinga paseador de perros) y lo demás es historia.

La primavera arribó a su vida en 2000 y volvió con el mismo vigor para el reestreno que hizo Netflix este año. En este último tiempo, el unitario dirigido por Bruno Stagnaro incentivó spots políticos, memes y todo tipo de utensilios para la comunicación de esta era.

“Venía muy golpeado por la vida, venía enfermo, con un tratamiento supercomplicado, y se me presentó una oportunidad: se me abrió una hendijita que después terminó transformándose en una puerta, y esa puerta me condujo a un lugar sumamente lúdico que me llevó a un plano increíble de juego, de diversión, de locura total, donde encontré amigos y empecé a entender cómo se mueve la ruleta de la ficción”, cuenta Staltari a El Planeta Urbano y revive el contexto de aquel momento antes de llegar a Okupas.

Staltari, después de esa historia fraternal que protagonizó junto a Rodrigo de la Serna, Diego Alonso y Fernando Tirri, tuvo otros trabajos importantes. A pesar de su temor a quedar anclado en el personaje de Walter, el tiempo le mostró lo contrario. El balance dice que fue parte de los unitarios más trascendentes de la televisión argentina: Okupas, Sol negro, El puntero, Un gallo para Esculapio y se anota su reciente participación en las temporadas 4 y 5 de El marginal. “Me partió la cabeza. Me encantó lo que hice en El marginal y que Sebastián Ortega me haya dado la posibilidad”, dice.

“¿De qué te sirve el arte en su esplendor si lo vas a ocultar en cuatro paredes?”

En la actualidad está filmando una película para Netflix, Pipa, que tiene como protagonista a Luisana Lopilato y un elenco que completan Inés Estévez y Mauricio Paniagua (protagónico en la serie de Monzón). Staltari interpreta a un comisario salteño: “Tuve que investigar cómo hablan estos changos”, ensaya la tonada, y cuenta que lo envejecen un poco. “Me gusta lo que está apareciendo. Es un juego diferente y trabajo, nada menos”, revela.

Por otro lado, siempre con Stagnaro como fiel socio, también es parte del equipo autoral que está trabajando en la serie de El Eternauta y sigue con su escuela de teatro en la Biblioteca Popular de San Isidro. Tiene varios grupos y en este momento está al frente de la dirección de las obras Relatos urbanos, de Adriana Genta, y Prohibido suicidarse en primavera, de Alejandro Casona (ambas se pueden ver todos los viernes de noviembre en el teatro El Grito, Nicaragua 5459, CABA).

Tenemos una premisa: en el proceso de los tres años queremos dejar a los chicos laburando y en el camino de lo que después, con el tiempo, va a ser el profesionalismo. Están haciendo sus primeros pasos y eso genera nerviosismo, incertidumbre, ansiedad, pero a la vez es un camino bárbaro para empezar a aprender de verdad.

Más allá de las clases, uno aprende haciendo, y eso es lo que más me interesa a mí”, dice sobre la escuela de teatro que conforma junto a un equipo que completan Marcos Horrisberger y Agostina Fabrizio. “Más allá de la calidad artística –mejor o peor–, lo que más me interesa es que la gente que tenga ganas de cumplir un sueño, de atravesar este umbral, lo pueda hacer y que podamos acompañar.”

–¿Qué sentís al ver que tus alumnos, quienes confiaron en tu escuela, están por subir a un escenario para hacer su primera obra?

–Me hace acordar a cuando tocaba con mi banda de rock en Ciudadela. No éramos grandes músicos, éramos muy orejeros, pero teníamos un fuego sagrado. Cuando subíamos al escenario te arrancábamos la peluca. Le metíamos tanto corazón, tanto amor, que los pibes se prendían fuego. Nos seguían con colectivos por todos lados.

Y ya había músicos y bandas virtuosas que se tocaban la vida, pero que no salían a hacer nada. ¿De qué te sirve el arte en su esplendor si lo vas a ocultar en cuatro paredes? A veces es preferible menos talento a cambio de mostrar lo que tenés y compartirlo. De eso se trata.

Okupas es un relato maravilloso y un vínculo de amistad que genera empatía por donde se lo mire y a través del tiempo.”

La charla se interrumpe unos segundos. La voz se le entrecorta al revivir lo que fue la devolución que les hizo a sus alumnos en el momento del ensayo final, antes del debut. “Recordé tantos momentos vividos. Soy muy agradecido de las personas que depositan la confianza en mí, y ellos lo hicieron. Cómo no los iba a acompañar en este proceso y a emocionarme al verlos cumplir su sueño. Para mí es algo maravilloso y no hay plata que lo garpe”, dice.

–Se te pusieron los ojos brillosos, ¿qué fue lo que les dijiste?

Yo coseché mucha frustración a lo largo de todo este camino como actor. Y eso se los bajo a los chicos de la escuela. Les digo que no es fácil, que hay que pelearla, tener el umbral de frustración elevado y saber que va a pasar. Y que tampoco hay que agrandarse y mantener los piecitos siempre sobre la tierra.

–¿Tu carrera como actor empezó con Okupas?

–Fue lo primero que hice en mi vida. No tuve la posibilidad de curtirme en un escenario antes. Con todos los pros y los contras que eso significa. No haber hecho un camino previo y haber arrancado por Okupas me generó mucho lío.

–¿Por qué?

–Porque pensé que iba a hacer toda la vida eso. Pensé que iba a venir una y otra vez ese tipo de personaje, pero después no pasó. En el medio tuve que hacer cosas que no había hecho nunca: bolos, participaciones. Arranqué con un protagónico y no se suele arrancar así. Me costó un tiempo entenderlo, me costó golpes.

Me llevó tiempo entender que los proyectos donde iba no tenían absolutamente nada que ver con Okupas y tenía que respetar la letra a rajatabla. O que me maquillaban, que había decorado, que había té en lugar de whisky. Todas esas cosas no las entendía, porque nosotros jugábamos con la verdad. Hicimos cine.

–¿El reestreno que hizo Netflix motivó el entusiasmo que hubo en aquella época?

–Se vuelve a tener la misma pasión de aquellos tiempos y no deja de llamarme la atención. Quiere decir que no sólo fue un programa de culto que marcó un antes y un después, sino que ahora también se hizo masivo y generó que los pibes puedan entender la esencia de algunas cosas: un relato maravilloso y un vínculo de amistad que genera empatía por donde se lo mire y a través del tiempo. Quizás a ese rolinga hoy se lo vea como un trapero y está todo bárbaro. Un trapero hoy representa la tribu de aquellos tiempos.

Con Bruno Stagnaro como fiel socio, Staltari también es parte del equipo autoral que está trabajando en la serie de El Eternauta y sigue con su escuela de teatro en la Biblioteca Popular de San Isidro.

–Con esta nueva etapa de Okupas quedó más que claro que el público se renueva.

–Totalmente. Me llena de orgulloso que pibitos chiquititos, que pueden ser mis hijos, me pidan que baile de nuevo rolinga o me pidan una foto. O que haya gente que me descubrió y no conocía que había hecho Okupas. O que trascienda fronteras y se empiece a ver en otros lados del mundo. O que un español ande a las puteadas porque no entiende nada de cómo hablamos.

–Hace poco circuló una foto de todo el elenco de Okupas junto. Les cumplieron el sueño a muchos fans.

–Hablando con Bruno, se le ocurrió que nos juntemos y empezamos a armarlo. Arranqué yo y después empezó a traccionar mucho Franco [Tirri], incluso puso su casa, y se terminó dando. Fue la primera vez que estuvimos todos juntos después de 20 años. Nos abrazamos, nos besamos, nos dijimos cosas hermosas. Fue como una familia que se volvió a encontrar, porque somos eso: una familia para siempre.

–Estás trabajando con Bruno Stagnaro en el proyecto de llevar El Eternauta a la pantalla de Netflix, ¿podés adelantar algo?

–Me llena de orgullo poder acompañarlo en un proceso de tanta responsabilidad. Yo trato de ser un alumno correcto. Escucho a los que saben. Bruno a veces tiene puntos de vista que no se pueden discutir. Es un tipo que sabe mucho. Trato de sumar desde donde me toque. Y también le quito mucha solemnidad a lo que hago, me lo tomo como un juego. Eso también es respeto. No solamente estar acartonado es mostrar respeto. Divertirte y poner algo fresco también lo es.

Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

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