En la actualidad, hablar de la elección sexual puede sonar, en ocasiones, anticuado. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que construyeron buena parte de sus vidas en torno al sistema heteronormativo y un día deciden romper con lo establecido?


–¿Cuál es el punto de ser gay? 

–No sabía que había un punto.

–Si no podés dejar las normas de la vida heterosexual, ¿dónde queda la diversión?

–No soy gay para dejar normas, sino porque amo a ese hombre. 

Este diálogo es el que mantienen Sol y Robert, los protagonistas masculinos de la serie Grace and Frankie, con una pareja de amigos gay. La exitosa sitcom estadounidense, que acaba de estrenar su séptima temporada en Netflix, hace foco en la historia de dos matrimonios heterosexuales maduros, cuyos personajes varones un buen día deciden salir del clóset y blanquear la relación amorosa que tienen entre sí desde hace veinte años. 

Un par de meses atrás, algunas revistas locales revelaron la historia de Cecilia de Bucourt, una modelo y fotógrafa argentina. Cecilia está por cumplir cincuenta años y estuvo casada con un hombre, que es el padre de sus dos hijos, durante buena parte de su vida. Se separó hace unos años y tiempo después se puso de novia con una mujer. En sus declaraciones a la revista Hola dijo: “Desde que estoy en pareja con Maryam, nunca me sentí más amada, más deseada y más plena”. 

Realidad y ficción reflejan hoy temas que hasta hace un tiempo eran tabúes o inabordables. ¿Cómo es que ciertas personas, después de tener una vida heterosexual, “deciden” ponerse en pareja con alguien de su mismo género o explorar su homosexualidad en otro sentido? ¿Se reprimieron toda su vida? ¿Fue miedo al qué dirán? ¿Es parte del sistema socioeconómico y patriarcal que nos condiciona? ¿Qué es lo que impulsa a una persona a salir de la zona de confort, a dejar su vida sexual y afectiva tal como la vivió en buena parte de su existencia, y dar un giro? 

FORMATEADOS EN LA HETEROSEXUALIDAD 

Enrique Stola es psiquiatra, psicólogo clínico y se define como feminista, activista político y de derechos humanos. Sostiene que el ser obligatoriamente heterosexual era un mandato no sólo religioso, sino del capitalismo. “Al existir una disminución de la presión sobre la heterosexualidad obligatoria, los deseos pueden manifestarse con más facilidad, y aparece esta postura que viene del campo del psicoanálisis y los estudios psicológicos sobre el deseo. Pero el deseo no está prefigurado sino que la cultura lo trata de moldear. Entonces, muchos varones y mujeres que son heterosexuales tienen experiencias homosexuales, pero eso no los define como gays o bisexuales. Otros tienen una experiencia homosexual, establecen un vinculo afectivo y la llevan adelante por muchos años, rompen y pasan a una heterosexual. Esta idea, creencia o práctica de que las personas comienzan a relacionarse por afinidad, más que por ser hombre, mujer o heterosexual, está cada vez más presente”, afirma. 

Analía Lilian Pereyra es sexóloga clínica y educadora en sexualidad. Argumenta que somos formateados de pequeños en la heterosexualidad. “El sexo, el género y la orientación sexual, que es a quien yo dirijo mi deseo erótico, afectivo, es una cuestión social. Por eso cuesta y muchas veces se piensa. Nacemos, nos encasillan, nos socializan qué tenemos que hacer y quién nos tiene que gustar. Quizás muchas personas somos heterosexuales porque no hemos tenido la posibilidad de conectar con nuestro género.” 

CASADO CON HIJOS 

Pablo Albornoz tiene 43 años. Es licenciado en Comunicación Social y escritor. Nació en Frías, un pequeño pueblo del interior de Santiago del Estero, a 120 kilómetros de la capital provincial. Estuvo casado con Verónica, con quien vivía en Santiago y tuvo dos hijos. “Fueron diez años espectaculares. Me costó mucho la separación, me separé amándola; el amor que le tuve es incomparable a cualquier amor que pude tener con un tipo. Te podría decir que es el amor de mi vida, siendo que hoy no elijo a una mujer”, cuenta Pablo a El Planeta Urbano desde Frías, donde se volvió a vivir luego de su separación y comenzó a experimentar su sexualidad. 

Al principio estaba con hombres y mujeres, pero luego se volcó a los varones. “Me puse de novio con un cura. Por supuesto que mi mamá, que es la fundadora de un colegio católico de acá, nunca supo nada. Ahora somos amigos; él vive en Santiago con su pareja y dejó el sacerdocio.” 

Contarles a sus hijos que le gustaban los hombres fue más simple de lo que se imaginó. Su psicóloga le recomendó que lo hiciera una vez que ellos le preguntaran. Y así fue. “Un día vino el mayor, que tenía nueve años, y me dijo: ‘Che, pa, ¿vos sos gay?’. En ese momento estaba procesándolo, y se me piantó un lagrimón. Mirá cómo lo tenía metido en la cabeza, que lo abracé y le dije: ‘Espero no darte un mal ejemplo’. Y él me dijo: ‘Pa, no te sientas mal, eso se siente con el alma’.” 

A Pablo no le gustan las etiquetas, pero si tuviera que definirse diría que es “homosexual con algunos matices bisexuales”. “Veo una porno hétero y me re caliento. La pulsión o energía sexual es la misma. Qué es lo que la eyecta, no lo sé. La sexualidad es compleja, linda y dinámica”, opina el escritor, quien reformula y dice: “Aunque si me tengo que rotular, soy gay. A mí me van los chabones”. 

Pablo cree que las relaciones se asemejan en su complejidad, sea hombre o mujer, y que estamos muy condicionados como sujetos sociales. “El que no lo vive o no lo experimenta no lo va entender nunca. Yo tengo este cuerpo, mi pito, mis bolas, mi culo. Me conozco, y lo primero que uno explora es lo que uno es. El primer acto de amor es con uno mismo. Para mí, la homosexualidad es lo normal, lo esperable.” 

CUMPLIR FANTASÍAS

Silvia Morosini es salteña, hija de padres porteños. Estudió la Licenciatura en Expresión Corporal en la Universidad Nacional de las Artes, en Buenos Aires. Tiene 35 años, trabaja como docente y tiene una productora de eventos. A los dieciocho años se mudó a estudiar a la Capital Federal, donde vivió hasta los 26 y estuvo en pareja con un varón. Al volver a Salta comenzó a experimentar con las mujeres. “Siempre fui curiosa. Mi pareja era medio ambigua, no era un masculino como tal. Era como andrógino, tenía cosas femeninas. Pero a pesar de su ambigüedad, no exploraba su sensibilidad”, sostiene.

Estuvieron juntos hasta que Silva volvió a Salta. “Cuando corté con este muchacho quería explorar algo más. Así que me atreví a experimentar con una mujer”, revela, y aclara que fue una decisión meditada. “Era una persona andrógina que me generaba mucha atracción y curiosidad. Quería sacarme las dudas, saber si era un varón trans. Y me la saqué”, recuerda entre risas. Un día tomó coraje y le tocó la puerta. “Me dijo que era una mujer, y yo pensé: estamos en el baile, bailemos. No me disgustó, pero tampoco era para tanto. No es que me guste el cuerpo de un hombre o una mujer, me atrae la persona.”

Aquel romance duró unos seis meses, y después Silvia alternó entre hombres y mujeres, hasta que apareció Valeria y resolvió entonces dejar los vínculos casuales. “Fue por una cuestión de profilaxis. Cuidarme con mujeres era más complejo que cuidarme con varones. Cuando a las chicas le decía de cuidarnos, me miraban mal”. Un año después, convivían. Pusieron como pauta la exclusividad en el vínculo y estuvieron cuatro años juntas. “Valeria fue la primera mujer que me gustó. Me solté, me relajé, me propuse disfrutar. No la elegí por experimentación sino por lo que me construía como persona, como sujeto que se construye emocionalmente”.

Al separarse, volvió a explorar. “Tenía la idea fija de experimentar con un varón, pero que se abriera a su sexualidad, que se abriera a recibir.” Y así conoció a Andrés, quien le reveló una estructura masculina alejada de lo que conocía. “Hubo un encuentro de dos necesidades y anduvieron. Cumplí mis fantasías con él”, confiesa. Silvia reniega de las etiquetas, pero dice que se catalogaría como bisexual, aunque hoy prefiere a los hombres. “En mi práctica sexual, hoy, me gusta más y elijo al varón. Pero no me posiciono de un lado o del otro”, concluye. 

“En nuestra vida, nuestra orientación sexual puede ir cambiando –retoma la sexóloga Analía Pereyra–. La sexualidad es creatividad y amplitud si nos damos la posibilidad. No hay una definición acerca del porqué una persona empieza a sentir atracción homosexual. Quizás empezó a sentirla en ese momento, quizás la sentía y empezó a expresarla, pero no lo sabemos. Si nos ponemos a pensar en causas, también tendríamos que pensar en por qué somos heterosexuales.”