El héroe constructor de instrumentos que conquistó la Music Row, nos abre las puertas de su negocio para repasar la historia que lo llevó a ser el elegido de los artistas más importantes del mundo. De Cremona a La Gran Manzana. 


Existen quienes escuchan la música sólo a través de los oídos y otros que tienen la virtud de hacerlo, también, con el alma. Este es el caso de Rudy Pensa, un hombre que homenajea al instrumento y al artista. El héroe detrás de las cuerdas que te sumerge en una marea de melodías del más puro y auténtico frenesí de escalas polifónicas. Un apasionado del arte, un enamorado de la música.

Escucharlo relatar su historia con tanto entusiasmo es como hacer un viaje en el tiempo; es una especie de trovador que se paseó por los diferentes reinos y aldeas y sobrevivió para revelar las leyendas ocultas de los que hicieron historia. Y en cuanto a guitarras se refiere, no hay manera de escapar: posee una habilidad admirable para transmitir la información que ama con tanta precisión y emotividad que es imposible ignorar cómo esa vibración se termina apoderando de uno. 

“Mi viejo me contaba que había un inglés que hablaba del campo mórfico y decía que cuando vos tenés una pasión real, indefectiblemente se la terminás transmitiendo a otros”, explica Rudy. “Lo mío no es solamente vender guitarras, yo voy más allá. Esta que tengo acá es una Gibson de 1920 de un tipo de Toronto que me decía que no servía más.

¿Cuál es mi misión? Traerla de vuelta a la vida y pasársela a otro que la quiera tanto como yo. Ni músico ni hombre de negocios, soy un soñador apasionado. Podría decir que si la música es el arte de combinar los sonidos, entonces construir guitarras es el arte de combinar las maderas. Un sonido bueno te toca el alma al máximo, pero un sonido bueno y diferente es igual a un color nuevo en la paleta del artista.”

Obertura y preludio 

“Así como ahora todos tienen computadoras, antes todos tocaban instrumentos, y mi padre fue un tremendo bandoneonista”, rememora Rudy. “Dejó el tango cuando nació mi hermano porque el ambiente era terrible, pero desde que tengo uso de razón, me iba a dormir escuchándolo tocar el chelo con su cuarteto de cuerdas; esa fue mi iniciación. Y después, los Beatles. El primer single que me compré fue Love Me Do, me volví loco.”

Rudy formó la banda Los Dardos junto a su primo, Alejandro Pensa, y tiempo después se unieron a Ricardo Soulé. Sumaron a su padre y el cuarteto de cuerdas y formaron El Sonido de Hillber. “Ese fue mi momento musical más hermoso, porque eran mis temas con los arreglos de mi viejo”, recuerda.

“Sacamos un disco que se llamó Vuelta a casa y la tapa era la foto de una casa en Quilmes, que el dueño, Carlos Hillner Decoud, había traído en barco desde Inglaterra. Yo era muy amigo de un familiar de él y nos dejaba ensayar ahí, por eso también el nombre de la banda, porque el sonido salió de esa casa. Ese lugar me tocaba muy profundamente; todavía está, ahora es un museo. Yo entraba y el dueño me decía: “Capitán, usted es el único que se da cuenta de que esta casa tiene algo”. Cada vez que iba, dejaba de estar en la Argentina, viajaba con el olor a madera. De hecho, hay una canción de ese disco que ahora voy a volver a grabar con orquesta, “La canción del árbol”.

–¿Por qué elegiste Nueva York?

–La calle 48 era el lugar donde estaban todas las casas de instrumentos. Siempre digo que el mundo es inmenso y yo me pasé toda la vida en media cuadra. Durante los 70, iba y venía de Nueva York a Buenos Aires, y en uno de los viajes decidí quedarme. Yo quería estar entre las guitarras, no podía pensar en hacer otra cosa.

Conocí a Francesca, nos casamos, y a fines del 78 abrimos nuestra propia tienda en un segundo piso con el poco dinero que teníamos. El primer argentino en venir fue León Gieco, y si el segundo no fue Pappo, está por ahí nomás. Recuerdo a Miguel Mateos, al Flaco –el otro amor de mi vida– y, por supuesto, a Gustavo Cerati.

–¿Y cómo es la conexión entre los violines, chelos y guitarras?

–Uno de locales de la 48 tenía una guitarra que me hizo acordar al chelo de mi papá. Entré y el tipo del shop me dice que la había hecho el “Stradivarius de las guitarras”. Ahí nomás me puse a investigar, eran de John D’Angelico.

Él en realidad se dedicaba a hacer violines y chelos, pero cuando empezó a surgir el jazz acá, cambió de instrumento. Cuando yo llegué a Nueva York, ya había muerto, pero le había enseñado mucho a otro hombre que tuve la buena fortuna, gracias a Dios, de conocer: Jimmy D’Aquisto.

Fuimos amigos por diez años y aprendí mucho con él, sobre todo cómo se hacían este tipo de guitarras, las archtop. Jimmy muere en el 95 y aparece John Monteleone, que sigue haciendo unas cosas que son impresionantes. 

–¿Por qué es tan importante la ciudad de Cremona?

–Los violines y chelos se han hecho por todo el mundo, no solamente en Italia, pero Nicolò Amati fue quien definió el violín como lo conocemos hoy. Cien años después, le siguió Antonio Stradivari y después Giuseppe Guarneri. Estos tres son considerados los mejores fabricantes de violines del mundo, todos de Cremona.

Por eso el libro que hice donde recopilé todo este material se llama Archtop Guitars: The Journey From Cremona To New York. Es la historia de todo lo que pasó hace 500 años en Italia, es el viaje de la melodía clásica al jazz y cómo fueron cambiando y mutando los instrumentos con la música.

–¿Hay un proceso puntual de selección de maderas?

–Yo empecé a estudiar el secreto de por qué algunos instrumentos suenan tan bien y otros no tanto, y tiene que ver con la madera. Si tiene mucho porcentaje de humedad, no suena. La guitarra clásica, acústica o las archtop tienen la misma madera que encontrás al abrir un piano: abeto o cedro.

La más conocida es el abeto, que es la que tiene más sonoridad para la tapa; los costados y la parte de atrás tienen que ser más rígidos, porque tienen que vibrar, por eso tiene que ser más liviana. El mango en la mayoría de las guitarras atrás es de caoba y en la parte trastera se usan, por lo general, el ébano o palo de rosa.

También hay que ver si queremos un sonido más agudo o grave. Para el primero tenemos que usar una madera esponjosa, con una trama cerrada, más pesada. Cuando la trama es más abierta, más porosa, logramos un sonido grave.

Hoy en día, cualquiera puede hacer una guitarra que se vea linda, pero la belleza no implica que vaya a sonar bien; no tiene nada que ver la apariencia con el sonido y hay una gran diferencia entre una guitarra hecha en una fábrica y otra hecha artesanalmente.

–¿Por qué algunas guitarras tienen la boca con las “efes”? ¿El sonido sale distinto?

–¡Ahí le pegaste justo en la tecla! Antes las guitarras sólo tenían la abertura acústica en círculo o más ovaladas, con forma de huevo. ¿Adiviná de dónde vienen esas “efes”? ¡Del violín y del chelo! Por eso es que estas guitarras son la evolución de esos instrumentos para tocar jazz. Es más, cada “efe” tiene como una especie de flechita en el medio para saber exactamente dónde poner el puente. Y más presión de aire, se escucha desde mayor distancia.

Mientras mi guitarra llora dulcemente

Hace una semana se cumplieron 50 años del mítico Concierto para Bangladesh en el Madison Square Garden, un espectáculo organizado y liderado por George Harrison y Ravi Shankar para recaudar fondos para los refugiados de Pakistán del Este. Era la primera vez en la historia de la música que se realizaba un evento benéfico, y los aplausos resonaron en el planeta entero. ¿Imaginaron la posibilidad de que el ex beatle pisara nuestro suelo para hacer una saga en Buenos Aires? Nuestro trovador de la 48 conservó por años la respuesta. 

“Una noche fui al Royal Albert Hall”, recuerda Rudy. “Tocaba Eric Clapton, y Phil Collins lo acompañaba en la batería. Era febrero del 87, pleno invierno en Londres. Estaban también Mark Knopfler y Robert Plant. Todos juntos en una cocina, sentados alrededor de una mesa, y escucho que Clapton le dice a Mark que George estaba en camino. Ahí empecé a temblar. Harrison no salía de Friar Park desde hacía casi cinco años. Nos vamos al backstage y la veo a Pattie Boyd, la famosa Layla, charlando con la mujer de Mark, y ahí nomás, medio de costado, lo veo entrar. Se acercó, saludó a las chicas y empezamos a hablar.

A George le gustaba mucho la Argentina, era amigo de Carlos Reutemann porque era fanático de la Fórmula 1. Estuvimos hablando horas, ¿y sabés que quería hacer? Él estaba tan en desacuerdo con la toma de las islas Malvinas por parte de Inglaterra que quería organizar un concierto en nuestro país para que los argentinos supieran que el pueblo inglés no era representado por sus políticos y que estaban completamente en desacuerdo con ese accionar, que debían ser nuestras. Fue una experiencia única conocerlo.”

Hay una especie de mandamiento beatle circulando por las redes con un solo principio: dedicarle la balada “Something”, de Harrison, al amor de tu vida. De haber uno de músicos, peregrinar por el templo de Rudy Pensa en el Soho o Scarsdale debería ser una ceremonia reglamentaria. 

Y es que todavía se oye la vehemente sonata de la calle 48 que dio origen al imperio, el recuerdo de una melodía de cuerdas inmortal de Quilmes que se inicia al cerrar los ojos, la casa de Hillber vibrando los aromas amaderados de las reminiscencias de un amor que vendrá y las obras perfectas de los fabulosos cuatro de Liverpool que sucumben a la concupiscencia del ritmo y las armonías. Es la llama de un fuego sagrado que conecta nuestras almas en un romance filarmónico eterno. Y que así seguirá siendo, brillando –para siempre, infinito– como un diamante.