La periodista y conductora de IP noticias se dedica a crear bibliotecas en cárceles. Cómo nació la idea y cuáles son los alcances de una tarea tan gratificante como ejemplificadora de que otro mundo es posible aun estando privados de libertad.


“Los libros, al pabellón; la lectura, a la celda”, repite, como una especie de mantra, Anita Sicilia. Así como la política es una herramienta de transformación social, la periodista nacida y criada en el conurbano bonaerense, lectora asidua en la Biblioteca de Adrogué y recibida de comunicadora social en la Universidad de Quilmes, tiene claro que la lectura también es un arma transformadora.

Por esa razón, hace cuatro años inició un proyecto en el interior de las cárceles con la idea de descentralizar las bibliotecas y mostrarles a las personas privadas de su libertad que otro mundo es posible. “Mi objetivo es generarles un impacto tan fuerte que eso los ayude a no reincidir”, dice, segura de sí misma.

Su primer ingreso en el Sistema Penitenciario fue a fines de 2017, cuando Julián Maradeo, periodista e investigador, la convocó para dar un taller de escritura en el espacio “El Ágora”, en la Unidad Nº 9 de La Plata. En el encierro comenzó la utopía e inauguró la primera biblioteca, con más de 300 libros. En la Unidad Nº 40, de Lomas de Zamora, hizo una selección con perspectiva de género y armó la primera en un pabellón de mujeres.

La de la Nº 43, de González Catán, y la de la Nº 31, de Campana, fueron bautizadas con su nombre, y eso marcó un antes y un después en su vida. “Ese regalo que me hicieron los chicos me hizo pensar: cuando era chica estudiaba en una biblioteca popular porque no tenía libros en mi casa, y ahora en una cárcel inauguran una con mi nombre con libros donados. Mirá qué loco: tarda en llegar y al final hay recompensa.” 

¿Te acordás de la sensación que tuviste cuando entraste por primera vez en una cárcel? 

–Sí, lo primero que pensé fue: “Che, no es una película, es la vida real”, porque no deja de ser un misterio la vida en contexto de encierro. Me acuerdo de que entré y vi un clima tranquilo, no había una cosa violenta como nos muestran en una ficción o en el noticiero. Nos quieren dejar mucho esa imagen de las cárceles, siento que espectacularizan mucho la vida ahí adentro. Obviamente que la cárcel es una mierda, pero lo primero que sentí fue tranquilidad.

–¿Qué viste?

–A medida que iba caminando se iban abriendo portones y candados, atravesé toda la cancha de fútbol y ahí sí encontré una imagen familiar: el patio con las ventanitas de las celdas y todos los trapos colgando. Esa vez, los chicos me estaban esperando sentados en un pasillo y yo no podía creer que les iba a dar una charla. 

Les pediste que escribieran sobre cómo les gustaría reinventarse. ¿Te acordás de qué dijeron?

–Tengo guardado todo lo que escribieron, pero me quedó uno que decía que quería ser jugador de rugby. Yo vi tan viable ese sueño que le dije: “Deberías estar en Espartanos vos, andate a la Unidad de San Martín”. 

¿Saliste de ahí y empezaste a juntar libros?

–Salí y escribí una crónica. Yo había visto que había un hueco en la pared con tres estantes y un par de libros con humedad que simulaba ser una biblioteca. Obviamente no lo comenté con ellos, pero Julián Maradeo imprimió ese texto y se los hizo leer en la clase siguiente, entonces se dieron cuenta de ese detalle.

Cuando me invitaron otra vez, lo primero que noté fue que habían acomodado los libros y sumado tres más. Yo registré algo y ellos me redoblaron la apuesta. Me di cuenta de que había algo interesante, y cuando volví a la tercera visita, les dije: “Tenemos que armar una biblioteca, porque si queremos escribir también tenemos que leer”. Ahí hice la convocatoria en Twitter y a la semana tenía el auto explotado de libros

–¿En qué te basaste para seleccionar los libros?

–En un primer pedido no me podía poner exquisita, pero si veía un manual de estadística del año 95, lo descartaba. Eso no te incentiva a la lectura ni a vos, ni a mí, ni a nadie. Hice muy poco descarte igual, porque la idea era tener la biblioteca armada, pero en estos cuatro años fui perfeccionando la selección. Prefiero que me den un libro y no que me manden una caja y que no me sirva nada.

Bibliotecas hay en casi todos los penales, pero están en un salón aparte donde funciona el colegio. ¿Eso dificulta el acceso a la lectura?

–Totalmente. Así como en cualquier colegio, en todas las cárceles hay bibliotecas. Lo que pasa es que quizás ellos tienen colegio a la mañana y después a la tarde no van a ir buscar un libro, apenas van a hacer la tarea. Hay varios factores a tener en cuenta: el acceso, la falta de incentivo a la lectura… No a todo el mundo le gusta leer y no todos en la cárcel están escolarizados. 

–¿Te pusieron trabas desde el sistema penitenciario para llevar adelante el proyecto?

–Los primeros dos años tuve bastante resistencia. Yo caía con libros y muy impunemente me hacían dar la charla en la biblioteca, como para enrostrarme que ya tenían libros. Después mirabas y la biblioteca tenía telarañas, los libros eran viejísimos. Llegaba a la puerta y me hacían esperar una hora para entrar, pensaban: “A esta la cansamos y no vuelve”. Lo que no se imaginaron es que iba a luchar contra viento y marea. 

¿Cuántas bibliotecas armaste hasta el día de hoy?

–Creo que llegué a armar doce en total, pero ya perdí la cuenta, porque lo que fue pasando es que descentralicé aún más la idea de la biblioteca. Ahora, cada ingreso que hago es bajo el lema “Los libros, al pabellón; la lectura, a la celda”. Capaz llevo cien libros, pero se los doy en la mano a cada una de las personas que están privadas de su libertad. 

–¿Cómo cambia la recepción cuando se vuelve algo tan personal?

–La primera vez que lo hice fue en la Unidad 8 de Los Hornos, pregunté cuántas chicas iban a bajar a la actividad y llevé cien libros para darles uno en la mano a cada una. Un año después, volví a repetir la actividad en la misma unidad y una de las chicas me dijo: “Qué lindo libro, seguro va a ser maravilloso como Los siete locos, de Roberto Arlt, que me regalaste el año pasado”. Me quedé helada y dije: “Claro, esto te interpela desde otro lado”.

Una cosa es dejar una caja con libros y otra es regalarle un libro a alguien mirándolo a los ojos. Cuando vos tenés a personas que transitaron gran parte de su vida sin el incentivo de la lectura, no alcanza con que el libro esté en el pabellón. 

–A nivel personal, ¿te acordás del primer libro que leíste? 

–Te puedo nombrar dos libros que me interpelaron en mi infancia. El principito, porque me lo regaló un doctor que me operó cuando era chiquita y le escribió una dedicatoria. Esa fue la primera vez que me regalaron un libro, y en mi casa no había biblioteca, entonces para mí fue como tener un tesoro.

En la misma época, a mis nueve años, mi papá me regaló el primer y único libro que me dio en la vida, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Siento que esos dos fueron mis primeros libros, pero a cuarto grado llegué con otras lecturas encima, sólo que no tengo el registro. Claramente, esos libros me marcaron por ser un regalo. 

–Bueno, los recibiste en tu mano, lo mismo que ponés en práctica ahora. 

–Mirá qué loco, mi psicoanalista estaría aplaudiendo (se ríe). No lo había considerado. 

Si mirás para atrás, ¿en qué aspectos te hizo crecer este proyecto?

–Me hizo creer más en mí. Todo este camino transitado me hizo estar más segura de mis convicciones, me hizo darme cuenta de que sí era posible. Así como la política es una herramienta de transformación, el libro también

Fotos: Gonzalo Corrado.