Se cumplieron dos décadas de la salida del álbum que consagró al grupo liderado por Adrián Dargelos, transformándolo en la banda de rock nacional más importante del siglo XXI. Historia de un trabajo discográfico que, a dos décadas de su aparición, cada vez brilla más y mejor.


La Argentina de 2001 era un país en plena crisis, la más profunda de su historia. La economía crujía y el sistema político también. Faltaban menos de cinco meses para la imposición del tristemente célebre “corralito”, el estallido social, los saqueos, el estado de sitio y la caída del gobierno de Fernando de la Rúa.

Mientras el descontento popular crecía, una banda que ya se había hecho un nombre pero a la que aún le faltaba dar el gran salto ponía a todos a bailar y a cantar con un pop psicodélico, sofisticado y atrevido. Hace 20 años, un 25 de julio, Babasónicos lanzó Jessico y nada volvió a ser como antes.


En la década del 90, el rock nacional vivió una renovación. El llamado “nuevo rock argentino” o “rock sónico” se alimentó de la música alternativa que surgió en los Estados Unidos y el Reino Unido en la segunda mitad de los 80 y en especial del grunge, que explotó en 1991 con el éxito de Nirvana y su himno “Smells Like Teen Spirit”.

Ese mismo año, la banda oriunda de Lanús apareció con una propuesta fresca y poderosa que los puso rápidamente al frente del recambio junto con otros grupos, como Peligrosos Gorriones, Los Brujos, Juana La Loca, Massacre y El Otro Yo.

Llamaron la atención en 1992 con Pasto, su primer álbum, que contó con la participación de Gustavo Cerati y Daniel Melero. Unos meses antes, Soda Stereo había sorprendido con Dynamo, su sexto trabajo, que había dejado atrás las influencias de la new wave y abrazaba las nuevas tendencias, como el shoegaze, el noise y los sonidos electrónicos. Bajo el ala del trío se desarrolló todo un nuevo movimiento que, sin embargo, para el final de la década ya estaba prácticamente desintegrado.


En los albores del tercer milenio, mientras muchas de las bandas del nuevo rock argentino se habían separado o seguían manteniendo el estatus de culto, Babasónicos optó por un cambio de rumbo que los convirtió en los más importantes de su generación.

Tras haber editado cinco discos con Sony, se sumaron a la plantilla del sello de la productora PopArt, que en ese momento estaba creciendo de forma vertiginosa, a la par de los shows nacionales, cada vez más demandados debido a que la crisis económica había dificultado la llegada de artistas extranjeros al territorio nacional.

Las primeras grabaciones del sexteto liderado por Adrián Dárgelos eran bien densas y estaban llenas de experimentos, instrumentaciones complejas y estilos que oscilaban entre el hip hop, el metal industrial, la psicodelia y el punk. Recién parecieron encontrar el camino en Miami (1999), uno de los puntos más altos de su discografía, que pasa por diferentes estados de ánimo, pero sin hits.

Para el momento de registrar la siguiente placa, las circunstancias habían cambiado: tenían otra disquera, menos presupuesto, habían perdido al manager y a un integrante (DJ Peggyn) y el humor social empezaba a caldearse. En ese contexto nació su álbum consagratorio.


Jessico es una obra imprescindible, de esas a las que no les sobra nada, donde cualquiera de sus doce pistas tenía el potencial de convertirse en éxito y, de hecho, casi la mitad de ellas hoy son clásicos indiscutibles. La jugada maestra de Babasónicos fue condensar todo lo que habían hecho hasta el momento y ponerlo al servicio de la canción, priorizando las melodías pop y los ritmos bailables por sobre las guitarras distorsionadas.

Tiene momentos de crudeza (“Soy rock”) y hasta hardcore (“Atomicum”), pero el álbum es esencialmente un manifiesto de sensualidad desfachatada, donde predominan las baladas etéreas, como “El loco”, que con su particular instrumentación japonesa (el bajista Gabo Manelli tocó el arpegio con un shamisen) fue elegida como primer sencillo, o “Rubí”, un bolero erótico donde el frontman canta “Imposible olvidar tu talismán” y “Tengo el cuerpo hecho a medida del romance, mi traje favorito es el amor”.

“Las canciones me parecían ridiculísimas y eso me encantaba: era un rock que sólo podíamos hacer nosotros”, confiesa el guitarrista Diego “Uma” Rodríguez en el libro Arrogante rock (Planeta, 2007), de Roque Casciero. “Ninguna otra banda puede hacer algo así, porque le da vergüenza o no lo entiende. Pero nosotros no tenemos vergüenza de nada y en ese momento podíamos explotarlo de una manera concretísima”, agrega.

Hasta la irrupción de Jessico, el soundtrack de la Argentina cayéndose a pedazos era el rock chabón, un rock and roll básico que reivindicaba la pertenencia al barrio, la amistad y los excesos. Grupos como Viejas Locas y Jóvenes Pordioseros exacerbaban la cultura del aguante, que había nacido en los conciertos de los Redondos y que se potenciaba con el libertinaje de bandas como Bersuit Vergarabat y Kapanga.

Babasónicos, en cambio, invitaba a una sociedad devastada a comerse a besos (“total nadie lo va a notar”, canta Dárgelos en “Los calientes”) sobre una base de sintetizador irresistible o a moverse, aunque sea un poco, con el estribillo pegadizo de “Deléctrico” y su pregunta existencial: “¿Va a venir o no va a venir?”.

Por primera vez, la banda había ido a lo simple. Grabaron las canciones en su propio estudio y con menos recursos, pero el resultado al final fue contundente. Luego de una década tratando de llamar la atención del público masivo –siempre bajo sus propios términos–, Jessico fue el quiebre que los puso directo en el mainstream.

Para fines de 2001, había un consenso unánime tanto del público como del periodismo especializado de que Jessico había sido lo mejor del año, no sólo en la Argentina sino en toda Latinoamérica. El éxito del álbum los catapultó a todo el continente, incluso a los Estados Unidos.

A partir de allí, Dárgelos y compañía partieron su historia en dos. Los Babasónicos del siglo XXI fueron completamente diferentes a los de los 90: habían dejado atrás los días de rock pesado y experimentación extrema y, como lo demostraron en los siguientes discos (Infame, Anoche y Mucho en adelante), se convirtieron en un grupo de pop ultrarrefinado.

A veinte años de su salida, el álbum demostró ser definitorio también para todo el rock argentino. “Cuando se publicó fue como si generara una salida, no sólo para nosotros sino para un montón de discos que salieron después”, reflexiona el guitarrista Mariano “Roger” Domínguez en Arrogante rock. Jessico subió la vara de lo que se podía ser capaz y abrió una nueva vertiente dentro del género que se sigue desarrollando en la actualidad de la mano de artistas como Indios, Usted Señálemelo, Bandalos Chinos y Banda de Turistas, entre otros.

El vacío que dejó Soda Stereo a fines de los 90 era palpable en el rock nacional de los 2000. La mayor parte de los grupos seguían el rock más crudo de los Redondos o la fusión rioplatense de Los Piojos y las bandas producidas por Gustavo Santaolalla, explotando a más no poder un estilo que ya se había quedado sin ideas.

Por otra parte, el sonido electrónico que estaba desarrollando Gustavo Cerati en solitario no terminaba de convencer, por lo que fueron los Babasónicos quienes llenaron ese espacio. Con Jessico dieron un golpe de timón y no sólo transformaron la escena para siempre sino que entregaron el primer álbum clásico del siglo XXI.