Pallets, puertas y ventanas, cajones de frutas y verduras, latas de dulce, bolsas de alimento para mascotas; todo eso que muchos desechan sirve para que una nueva camada de constructores de instrumentos musicales haga su magia con material reciclable.


HERNÁN VENTURINI, DEL BAJO-GUITARRA AL BAJO DE CARTÓN

“Siempre me dio pena toda la basura que se tira. Quería hacer un instrumento de reciclado pero no me animaba, pensaba que no iba a quedar bueno. Me daba miedo la estética, el sonido, si iba a resistir bien o no”, cuenta Hernán Venturini en su taller, frente al parque Centenario, en la Ciudad de Buenos Aires. Venturini tiene 43 años y lleva más de la mitad de su vida dedicado a la luthería, aunque comenzó con los reciclables hace unos cinco años. Tenía una banda de folklore, y como les faltaba un bajista y él tocaba la guitarra, se propuso fabricar un bajo-guitarra. El instrumento es de madera de cajón, pallets, requechos de otros trabajos, como pedazos de diapasones viejos y clavijas de otros instrumentos. “Funcionó bárbaro”, asegura. Y tan bien funcionó que lo usó para tocar frecuentemente con su banda, Jana de Tuna.

“Producir con material reciclable me hace estar bien con mi conciencia”, asegura, y cuenta que está buscando la forma de integrarlos en la producción de guitarras convencionales, su fuente de ingresos desde hace más de veinte años. “Es mucho más laburo hacer uno reciclado. Para hacer una guitarra eléctrica compro un tablón, lo corto en dos pedazos y está hecho. Esto tiene mil pedacitos, y si lo querés lustrar para que quede como un instrumento artesanal normal, tenés que laburar mucho más porque son materiales golpeados, con rajaduras y muchas imperfecciones. Y no se puede trasladar al precio, lo tenés que vender más barato.”

Si ve alguna pieza tentadora, la sube a su camioneta. “Soy recontracartonero, pero me fijo la calidad de la madera. Si levanto un pallet es porque tiene una linda veta”, dice el luthier, que llegó a hacer un bajo de cartón corrugado desarmable, ideal para llevar de viaje. “No me vuelvo loco por quince guitarras al año, que no llegan a ser ni un árbol en toda mi vida, pero si se puede hacer algo en ese sentido, hagámoslo.”

SUYAI FREITAS, RECICLANDO DESDE PEQUEÑA

Suyai vive en una casa comunitaria cerca del parque Saavedra. Tanto su habitación como el taller –dos cuartitos al fondo del patio de esta casona colonial– están construidos con materiales recuperados. “Reciclo desde bastante peque. Tengo la atención puesta en ver cosas que se tiran, que sean aprovechables para hacer algo piola.”

Empezó con la lutheria “tradicional” hace siete años, y con los materiales reciclados, hace cinco, de la mano de Hernán Venturini, su maestro; tiempo después se largó sola. Su taller es un pequeño cuartito muy organizado, donde cuelgan algunos de los instrumentos que construyó, como una de las guitarras que hicieron con Venturini, quien realizó el diseño mientras Suyai se encargó de la manufactura. Está hecha con cajones de verduras, pallets, una persiana de raulí y requechos de diferentes maderas, que le aportan colores, tramas y vetas. Suyai descuelga uno de los bajos que hizo por su cuenta y detalla que usó un cajón de verdura y pallets de la calle. “Me tomé mi tiempo, tranqui, fue mi proceso de aprendizaje. Lo hice mirando los detalles”, dice esta luthier de treinta años, que aún no vendió instrumentos reciclados pero es un horizonte que le interesa. “Quiero producir instrumentos pequeños de material reciclable”, adelanta Suyai, que por ahora vende los de caja, hechos con maderas precisas para la luthería, como un ukele de nogal, pino y abeto. Ella toca la guitarra y “juega” con el bajo, estudió Medicina y ahora estudia Conservación de la Naturaleza. Además, junto a un amigo hacen cajas sonoras de maderas recicladas. “Les ponemos diversos juguetitos adentro para amplificar y hacer sonidos experimentales. Le da más cuerpo al sonido y se puede explorar la sonoridad de los elementos que tenemos alrededor.”

EUGENIA MARTÍN, DULCES CAJAS COPLERAS

“Los luthiers somos cirujas. Lo primero que hago cuando me mudo a un barrio es fijarme dónde venden dulces”, dice Eugenia, que tiene 43 años y lleva casi diez haciendo cajas copleras con latas de dulce de batata y bolsas de alimentos para mascotas. Estudió Licenciatura en Folklore y trabajó en el Ministerio de Educación, en el programa Educación, Arte y Cultura, hasta 2015. Viajaban en camiones por todo el país y llevaba las cajas copleras de cuero, pero a veces se rompían, y arreglarlas en medio de un viaje era complicado. Así, comenzó a construirlas con latas, que además son más pequeñas, pesan menos y resultan ideales para subirlas a un avión o trabajar con niños del jardín de infantes. Más adelante, armó un taller para enseñarles a docentes. “No pensaba ser luthier, de chica estudié Arqueología, luego me dediqué al folklore. Lo que más me gusta de la luthería es hacer el instrumento propio, trabajar los materiales, saber que van a acompañar el canto de alguien”, apunta Eugenia, que además escribe coplas y canta. También hace cajas para grupos de danza y de folklore, en los que se representan muchos cuadros de bailes andinos. “Comprar veinte cajas de cuero no está dentro de los presupuestos”, señala, y dice que las cajas recicladas cuestan menos de la mitad que una de cuero.

“Yo trabajo con re pocas herramientas, con lo básico. Es fácil de tocar, y no deja de ser un tambor, muy convocante y superaccesible. Me gusta porque es un instrumento que acompaña cantos que tocan las mujeres con representación simbólica en las comunidades originarias”, dice la luthier, que también llegó a usar baldes de pinturas y caños de PVC. “No tiro nada. Es la cultura del luthier. A veces guardamos un maderita chiquita para hacer polvo de aserrín.”

FACUNDO SOTO, MADERA CON MEMORIA

“Cada instrumento tiene una historia detrás. Me gusta usar maderas antiguas, que me garantizan tiempo de estacionamiento suficiente”, dice este luthier que en 2002 se llevó en el colectivo dos postes de madera descartados y podridos del alambrado de Agronomía hasta Ciudadela. “Llevo hechos dos bajos con madera de ese alambrado, y todavía me queda para uno más. Es una madera hermosa, de más de cien años”, cuenta Facundo, que arrancó en luthería de casualidad, cuando vivía en una pensión y el hijo de la dueña le rompió su bajo. Así, conoció a un luthier e intercambiaron clases de bajo por lecciones de luthería. “Hice un bajo para mí y no pude parar.”

Usa madera de puertas, camas viejas y hasta de las vías del tren. “Mezclo en cada instrumento. Tengo un stock de madera recuperada que fui haciendo con los años y algo que fui comprando. Pero cuando compro me gusta saber de dónde viene. Hice una guitarra para un cliente con un algarrobo que estaba muerto en pie en el campo que era de su abuelo.”

Facundo tiene una serie de instrumentos, a la que llama “los cuatro elementos”, que tienen una terminación relacionada con el fuego, el agua, el aire y la tierra. “Para el fuego, prendí el bajo en llamas, literalmente. Es una técnica basada en una tradición japonesa, sin químicos. El fuego impermeabiliza la madera, es antihumedad y tarda más en encender”, detalla este hombre de 44 años, que vive y trabaja en San Antonio de Padua. “Trato de ser consciente de lo que hago, de evitar los químicos. No uso sintéticos para lustrar, uso aceites y preparados naturales.”

Facundo afirma que la preparación del material lleva mucho más trabajo, pero que vale la pena porque usar material recuperado le suma nobleza. “Lo más importante es la madera, no importa de qué tipo sea. Prefiero que tenga sesenta años a que sea cortada y secada en un horno. La madera tiene memoria. No es lo mismo usar una talada y maltratada, de un monte devastado, que otra que fue hecha por un carpintero que amaba su trabajo e hizo una cama hace 150 años y que luego yo rescaté y reciclé. Esa madera tiene una historia. Lo importante es qué hay detrás de cada cosa, de cada detalle; en cada pequeño acto se hace el mundo.”