El embajador de Reef es el primer surfer argentino clasificado a Tokio 2021, el lugar donde su disciplina debutará como deporte olímpico. Un sueño que arrancó desde muy chico y que se hizo realidad gracias a su pasión, el trabajo y un legado familiar.


El surf debuta en los Juegos Olímpicos de Tokio, y la tabla argentina tiene nombre, apodo y apellido: Leandro “Lele” Usuna. Serenidad, ambición, pasión, humanidad, alegría y docencia definen al primer surfer clasificado a la gran cita del deporte, que viaja a Japón para el desafío de su vida. Acostumbrado a competir como la mejor forma de entrenar, se prepara mediante metas cortas y cotidianas. Allá lo espera, como casi todos los días, el elemento de la supervivencia.

Escaló hasta la Ronda 4 del Mundial ISA disputado en El Salvador y accedió a la plaza gracias a que el peruano Lucca Mesinas, al ser campeón, logró una de las disponibles y liberó la conseguida en los Panamericanos de Lima 2019, donde en el Open Surf masculino Lele fue segundo de plata.

El sol incendia la playa y allana el camino de este marplatense de 33 años a quien le corre agua salada por las venas: dos veces campeón mundial ISA, varias veces campeón del circuito local y líder de una legión de argentinos que prenden fuego las olas. Conduce a muchísimos surfers marplatenses de todas las edades, cuerpos y estaturas mientras se afianza como coach de esta y las próximas generaciones. Cuba Surf Club, la escuela que fundó en Playa Grande, en su ciudad natal, rebalsa de amor por los revolcones de sal que atracan la costa para volver a atracarla. Usuna, como el mar que lo guía, sabe de no parar: pasa del otro lado, transmite la sabiduría recogida con los años y forma nuevos competidores. Pero también genera nuevos aficionados y acompaña a los que quieren divertirse y aprender. De hecho, trabaja para clavar el pizarrón en la arena mojada, la ilusión de transformar al surf en deporte obligatorio en los colegios.

Leandro “Lele” Usuna lleva en su equipaje sangre anfibia heredada de un padre pionero del surf, el empuje de toda la familia y amigos desde la cuna. El primer surfer olímpico de la historia argentina se sube a la cresta de la ola y quiere volar en la gaviota dorada.

–¿Cuáles son las sensaciones de esta clasificación histórica?

–La verdad es que es una locura todo. Es algo tan fuerte y tan histórico que aún no caí, estoy soñando todavía. Me voy a dar cuenta dónde estoy y voy a poner los pies en la tierra recién en la ceremonia de apertura; ahora estoy medio soñando, medio shockeado. Es un momento muy fuerte en la historia del deporte y del surf. Es la primera vez que el surfing está en los Juegos Olímpicos en el mundo, así que es increíble poder ser parte de este primer paso.

–¿Lo soñabas y te lo habías propuesto o te sorprendió?

–Me enteré de que el surfing iba a ser olímpico en el Mundial 2016 que gané en Costa Rica. Ahí, Fernando Aguerre me dijo que era el primer campeón mundial en la era que el surfing es olímpico, así me la tiró. Desde ese día empecé a soñar y a verme en los Juegos Olímpicos, en la ceremonia. Lo escribía: “Clasificar a los Juegos Olímpicos”, entonces de alguna forma, desde ese día, fui llamando al objetivo; la ley de la atracción. En Punta Rocas, en Perú, tuve una chance muy cercana de clasificar, quedé medalla de plata por 0,30 centésimas en el último minuto y, como digo yo, todo en la vida pasa por algo: el mismo que me sacó los Panamericanos aquella vez, acá me dio la chance de clasificar porque a él le fue bien.

–Más allá de cualquier ley de la atracción, sin trabajo, disciplina ni entrenamiento no vas a ningunos Juegos Olímpicos.

–No, obvio que no es puro talento. Hay un montón de pilares, de patas de la mesa que me ayudaron a conseguir esto. Me ayudó un montón de gente, empezando por el coach, el preparador físico, los dirigentes de la ASA, mi familia, mi mujer y mi hijo, mis amigos, las marcas, los sponsors y toda la gente que siempre manda energía, buena onda y está siempre acompañándonos, empujándonos, llenándonos de buenos mensajes, mensajes para seguir luchando. Creo que esto es un resultado en equipo, en familia. Puede ser mi nombre el que figura pero estoy llevando la bandera de la Argentina y el surfing argentino, que somos todos.

–¿Ser padre en un momento así potenció tu estado anímico y tu motivación?

–Fue muy difícil irme de casa, no te voy a mentir, pero creo que al mismo tiempo estando con ellos, hablando con ellos y sabiendo que estamos conectados, estuve re feliz durante todo el torneo. Por ahí cuando perdí me puse un poco amargo pero llamé, vi a mi bebé y al toque me sacó una sonrisa en la cara. Eso es lo más importante: estar mentalmente bien, tranquilo y preparado. Cuando vos estás feliz, las buenas cosas pasan.

–¿Cuáles son las claves del surfer para conseguir resultados?

–Creo que la experiencia. Ensayo y error. Nadie es perfecto. Y tratar de disfrutar del camino. La realidad es que en todas las competencias hay un ganador. Yo compito todo el año y casi siempre pierdo. Pero no pierdo, gano experiencia. Eso es lo que hace a un buen deportista: la experiencia y disfrutarlo.

–¿Cómo fueron tus inicios en el mar, la playa y la tabla?

–Yo empecé a surfear en Mar del Plata cuando tenía siete, ocho años, gracias a mi papá, que fue parte de las primeras generaciones de surfistas de la Argentina. Ya desde muy chico me metía en el agua, me empujaba y me acercaba a las tablas. De ahí nos fuimos a vivir a los Estados Unidos, a la parte sur de California, San Diego, donde me enamoré del deporte porque surfeaban todos: el vecino, el policía, el profesor, todos mis amigos, era como jugar al fútbol en la Argentina. Me recontraenganché, empecé a competir y a tener sponsors. Se fue desarrollando la carrera profesional del competidor, me empezó a ir bien. Tuve resultados regionales en la costa oeste de California. La secundaria la terminé allá y nos volvimos a vivir a la Argentina. Empecé a viajar mucho por el circuito sudamericano, el Alas Latin Tour: Chile, Perú, Brasil, Ecuador, Centroamérica. Eso me ayudó muchísimo a crecer como deportista y culturalmente. Mis mejores amigos los hice gracias a esos circuitos. Los cuatro que clasificamos nos conocemos desde hace más de quince años gracias a los campeonatos latinos. Sigo compitiendo pero empecé mi escuela de surf, a coachear chicos, a meter surfing en los colegios como educación deportiva y a hacer limpieza de playas.

–Atender el cuidado del ambiente es una contribución que excede el deporte.

–¡Olvidate! La educación y el medioambiente son fundamentales y es donde más estoy tratando de empujar; meterme en los colegios y enseñarles no cómo pararse arriba de la tabla, sino lo lindo que es surfear y lo que te puede enseñar el mar, como el respeto, la paciencia, el localismo, el cuidado al otro, el compromiso, que no necesitamos usar tanto plástico, que podemos comer de nuestra tierra y vivir de lo que sembramos. También, obvio, cuidar la naturaleza. Las generaciones más grandes no la cuidaron para nada, quizás porque no tenían la información que tenemos hoy en día para darnos cuenta de que le estamos haciendo muy mal al ambiente. La comida, el agua y el aire son las tres patas más importantes, todo lo demás va y viene.

–¿Qué representa Reef como marca y acompañamiento?

–Reef es una familia y un corazón para mí. Fue mi primer sponsor, mi papá trabajo para Reef, fue el primer calco que puse en la tabla cuando tenía ocho años. Nunca caminé con otras zapatillas y sandalias que no fueran Reef. Este camino lo hicimos juntos.

–¿Con qué ilusión viajás a Tokio?

–Hay que soñar con la más grande. Vamos por las medallas. Si vas a participar, mejor quedate en casa.