Cada vez más cerca del cuarteto, el cantante cordobés cuenta cómo vive el proceso de su segundo álbum y habla sobre su transformación tras convertirse en padre de Lila, junto a la actriz Violeta Urtizberea. De la tranquilidad de las sierras al vértigo porteño, un artista ecléctico, único e inclasificable.


La noticia copó las redes: durante la semana, Juan Ingaramo anunció “Casamiento” en su cuenta de Instagram y posteó fotos suyas con esmóquines de diferentes colores y el mensaje “17/5 CASAMIENTO. ¿DE ROSA O DE NEGRO?”. Lo que queda por saber es si en esa fecha finalmente le pedirá matrimonio a su pareja, la actriz Violeta Urtizberea, o se viene –la mayor sospecha– un nuevo simple del inminente segundo álbum del cordobés, titulado de esa manera. Mientras tanto, “El fenómeno del mambo”, su primer corte de difusión, no para de sonar en las radios modernas, y en Spotify le queda muy poco para llegar al medio millón de reproducciones.

Desde la casa de sus padres en Córdoba, Juan Ingaramo se tomó un rato para charlar con El Planeta Urbano acerca de todo lo que está viviendo y cómo fue convertirse en papá de Lila. Con su acento cordobés, atenuado por sus varios años de vida en Buenos Aires, transmite con mucha paz y alegría su pasado rodeado de música gracias a su padre, su tío y su abuelo.

–¿Qué aprendiste de ellos?

–He tenido una infancia hermosa, rodeada de música. Mi viejo es músico, mi abuelo era músico, familia de músicos. Los domingos nos juntábamos a comer asado y había un piano en el living; con mis primos en vez de ir al patio a juntar tierra íbamos al piano a boludear. Para mí eran increíbles mis primeras asistencias a los shows de mi viejo, las luces, la batería, el público, los telones. Era una música refinada. Mi papá es jazzero; mi abuelo, tanguero pro-Piazzolla. Había también mucha música brasileña, Jobim, Chico Buarque, Milton Nascimento; orquestas de tango clásicas; el rock nacional fusión de los 70 y 80. Y del lado de mi vieja, Serrat, Silvio Rodríguez. A mis seis años, mi tío me armaba compilados en casetes, con King Crimson, Yes… Mi viejo me preguntó qué iba a hacer, le contesté “música”, y me dijo: “Es muy difícil vivir de la música”. Ahí entendí por qué no me agitaba para que lo hiciera. Tal vez para que hiciera mi propio camino. Acá, en Córdoba, me daba claustrofobia ser siempre “el hijo de”. En una jam, en la facultad, era el hijo de Mingui.

–¿Eso te llevó a irte a Buenos Aires?

–Fue a los 21. Creo que fue más la aventura y el hambre de conocer el mundo. También en Córdoba había un mandato muy fuerte, que evidentemente ahora lo hice mierda. Pobre mi viejo, terminé haciendo cuarteto. Estudié en la Universidad Nacional de Córdoba una Licenciatura en Composición Musical, la facultad me ayudó a entender la relación entre inspiración y trabajo. Stravinski decía que la música es diez por ciento inspiración y 90 por ciento trabajo. La inspiración es un segundito, de repente vas en el auto o estás en el piano y te sale una melodía, pero que eso se transforme en una canción que escuchás en Spotify es un laburo tremendo. Yo era baterista. A los bateristas se los verduguea porque su lenguaje es sólo rítmico, no hay armonía. Entonces tuve que empezar a integrar elementos de los que estaban afuera. Me fui a Buenos Aires con mi grupo de Córdoba; si le ponemos fantasía, era como la película Casi famosos.

–¿Qué personaje de la película serías?

–Y, sería el batero; si bien era bastante mía la banda, estaba en la parte de atrás, con ese instrumento. Se llamaba Buen Tren, después cambió a Globo. Vivíamos en un pasillo en una casona de San Telmo, era nasty. Un viaje de estudios eterno. Recién al segundo año de estar en Buenos Aires nos salió el primer trabajo de músicos como sesionistas. Yo me la pasaba estudiando batería con el Nokia 1100. Ser sesionista te hace sentir una competencia feroz. Lo hice a mi modo, conviviendo con cuatro pibes, mezclándolo con la fiesta, la noche y descubrir Buenos Aires. No conocíamos a nadie. Uno de nuestros primeros laburos fue para promotores de calditos Knorr; nuestro público fueron las promotoras y cajeras de los supermercados, iban doce como mucho. Después la banda se separó, era muy difícil convivir, tocar y dejar de ser adolescente. En 2012 grabo un EP y en 2013 saco mi primer álbum. Sé que me gustaría hacer esto toda mi vida, entonces no tengo apuro. A veces pareciera que si no hacés las cosas rápido estás fracasando: la story de Instagram dura 24 horas, todo está regido por esa lógica.

–¿Y tu energía cómo se lleva con eso?

–Vivo en contradicción, soy esencialmente más tranquilo pero tengo la necesidad de estar a tono con la velocidad esta. Cuando no estoy participando activamente en las redes, digo “debería estar”, pero últimamente y después del nacimiento de mi hija Lila se me activó una paciencia de no correr atrás de nadie. Se ordenan las prioridades de otra forma. Esta profesión, ahora más que nunca, por las redes, las selfies, tiene un nivel de yoísmo insoportable. Me corro un poco, pero tampoco tanto porque es la forma de mantener viva esa llama del mundo digital. Después está el mundo de la música, pero hoy el paradigma es ese, el streaming. No sólo de la música, sino de tu vida, de vos mismo.

–Yendo a “El fenómeno del mambo”, el primer corte de difusión de tu próximo disco, ¿cuál sería el mambo en este caso?

–El mambo es una especie de subgénero devenido del merengue, que se pone más bailable. En Córdoba, cuando yo era chico, había una inmigración grande de artistas portorriqueños y dominicanos. El cuarteto, que tenía una raíz más europea, italiana, más triste, se pone más alegre, centroamericano, y ese fue nuestro soundtrack de las matinés, las fiestitas, los quinces, y entre varios artistas había uno al que le decían El Rey del Mambo, es un personaje muy cordobés, que toma ese ritmo y lo actualiza. Es una mezcla de varias cosas que me gustan mucho. No sé hasta qué punto es ficción y cuánto es realidad.

–¿Qué querés que le pase a la gente que lo escucha?

–Mi trabajo es hasta que sale; después es como tirar una botellita al mar con un mensaje, no sabés a quién le llega ni qué puede generar, y eso es lo lindo también. Pretender causar algo me parecería un poco invasivo. Trato de que mi obra y mi música sean lo más genuinas y verdaderas, y después eso producirá en cada persona lo que sea que tenga que producir. Es lo que me va saliendo. Hay un cuartito en el que no entran más que el corazón y la intuición, no juegan la cabeza ni el pensamiento, es una zona libre.

–¿Te divierte pensar tu look, buscar tu imagen?

–Me encanta. Tengo una amiga, Mica, que es sueca, hija de argentinos exiliados, que después volvió, que nos bajaba toda la data. También miraba Magazine For Fai, el programa que hacía Viole, y no lo podía creer; claro, eran porteños. Eso en Córdoba no pasaba, todo era más low profile. Un día, a los 14 años, fuimos a la casa de Mica con un amigo y nos dijo: “Vamos a una fiesta electrónica”. Yo estaba con jogging y mocasines y nos vestimos con su ropa, fue como una revelación: me puse un Oxford de jean y un suetercito verde ajustado. Salir a la calle y estar diciendo algo con tu look me hizo pensar: “Es por acá”. Me pareció un espacio de expresión, así que ahora que soy músico y me sigue la gente lo aprovecho para hacerlo y divertirme, lo disfruto.

–¿Cuáles son tus próximos pasos o proyectos?

–Ahora va a salir el álbum nuevo, y cada trabajo es como una nueva jugada, adrenalina, emoción, las giras, música nueva; es un poco de sorpresa, eso está bueno.

–¿Cómo sería para vos un mundo sin música?

–La música es mi vida, pero me pondría a jugar mucho al fútbol o al tenis. A entrenarme. Algún deporte lindo haría.