Utilizando la misma tecnología detrás del bitcoin, las obras digitales se están subastando por cientos de miles de dólares en la web gracias a una certificación de autenticidad y propiedad llamada non-fungible token (NFT).


Ni cháchara futurista, ni vuelta de página, ni un nuevo comienzo. Esto es, tan sólo, otro punto de partida. Las noticias cuentan que un mosaico de Beeple, alias de Mike Winkelmann, un artista digital que subastó su obra en Christie’s, costó unos 69 millones de dólares. La obra en sí es una imagen que contiene unos 5.000 días de ilustraciones. La obra en sí es un archivo, un mural de Instagram, un cúmulo de ceros y unos que ahora son materialidad, hype y dinero real. La obra en sí supone una primera vez: una casa de subastas tradicional le dio calce al arte digital.

Por caso, su autenticidad está dada por un non-fungible token (NFT), una especie de certificado anclado en el universo de las criptomonedas. “Ese archivo contiene como un pedigrí”, suma Matías Buonfrate, diseñador de videojuegos y experto en criptoarte. ¿Criptoarte? Sí, una nueva forma de arte vinculada a la tecnología blockchain. A la sazón, su video experimental Noposeas1miedo, una poesía hecha a partir de herramientas de interpretación de lenguaje, se convirtió en una de las primeras obras de arte tokenizadas en la Argentina.

En criollo, un NFT está compuesto por dos cosas: un archivo y un certificado. Ese certificado, que históricamente fue otorgado en papel, ahora es digital y está distribuido en una red inviolable. “La blockchain es una red muy difícil de truchar y extremadamente fácil de chequear”, desliza. Los NFT son un activo “inimitable” en el mundo digital, que pueden ser comprados y vendidos como cualquier otro tipo de propiedad, pero que no tienen forma tangible en sí mismos.

En criollo, un NFT está compuesto por dos cosas: un archivo y un certificado. Ese certificado, que históricamente fue otorgado en papel, ahora es digital y está distribuido en una red inviolable.

Así, la existencia de los NFT abre un nuevo paradigma en el comercio del arte. A través de la red de blockchain, las obras digitales tienen una trazabilidad y hasta su propio certificado de propiedad. “Esto las hace incopiables, intransferibles e inhackeables”, suma Buonfrate, quien se metió en este trajín por curiosidad y hoy es un exiguo conocedor de la materia.

“Se abre la posibilidad para que gente de las cripto o de internet pueda invertir en arte, que potencia cultural y simbólicamente a este nuevo layer de internet”, sigue. En pocas palabras, el comercio del criptoarte no es suplantativo del comercio de arte tradicional; más bien, es una nueva posibilidad que está ganando terreno.

Por eso, cada vez son más los jugadores que se asoman a este cosmos, desde el caso de Pak y su The Fungible Collection subastada en Sotheby’s, pasando por los cromos virtuales de la NBA (podés comprar volcadas, jugadas, momentos; realmente una exquisitez), hasta la comercialización benéfica del primer tuit de Jack Dorsey, el creador de Twitter. Siempre que exista un interés, todo es factible de convertirse en un NFT vendible.

“El coleccionismo del arte ya existía. Esto facilita el acceso global: es para cualquiera y de cualquier geografía. Con herramientas de arte digitales como el 3D o la animación. Con un lenguaje que no está muy estandarizado: memes, personajes de la internet, elementos recientes de la política”, explica el especialista.

A instancias del capitalismo, la sociedad está atravesando una fuerte motivación por lo digital. Incluso, comercializando bienes estrictamente digitales. Y un antecedente muy claro son los videojuegos. Detalla Buonfrate: “Existen juegos como el World of Warcraft que, desde hace más de doce años, viene haciéndolo. Venimos intercambiando cosas digitales. Eso hace que esa permanencia digital no resulte tan rara. Se va a ir profundizando bastante. Cada vez más juegos están incorporando elementos de la economía propiamente dicha”.

Y cada vez más, también, la economía digital se cruza con la realidad. Ya hay una gama de juegos que apuntan a recrear los NFT dentro de sus universos. Pensando en entornos de “metaverso”, los bienes digitales podrán permanecer en tu stock digital. Nuestra vida ya no está desprovista de elementos cibernéticos y, aquí no hay The Sims que aguante. Y, si no, pregúntenles a los pibes que se están masacrando al Fortnite y se desesperan por cada skin que aparece en el mercado.

Volviendo estrictamente a los NFT, Buonfrate cuenta que no se trata de un proceso difícil de llevar adelante: “Hay plataformas que prestan servicio a los artistas, como Mindtable, que es la que usé para subir mi videopoema. Otra es Rarible. Es algo que se puede hacer con cualquier computadora y, básicamente, se puede hacer con cualquier archivo”.

Ahora bien, ¿todos los archivos convertidos a NFT son criptoarte, interesan y cuestan millones de dólares? No, por supuesto que no, de la misma manera que no todo es arte, interesa ni cuesta millones de dólares. “El arte tiene esa cosa del aura de lo artístico”, completa Buonfrate. No obstante, el comprador de la obra de Beeple definitivamente lanzó un statement: el planeta está yendo para este lado, y el dinero también. “Se abrió una nueva rama. Fue el hito inaugural.”

Entretanto, ¿las cotizaciones de esos NFT pueden ir subiendo o bajando? Bueno, bueno: sí, justamente. Con la NBA emplazada en el negocio vendiendo “sobres” con imágenes (una especie de GIF animados) que contienen momentos precisos. ¿Cuesta lo mismo una jugada anodina que una volcada de una superestrella? Por estos días, la mismísima FIFA anda interesada en sumarse al negocio. Entonces, de efectivamente hacerlo, ¿costará lo mismo un gol intrascendente de cualquier equipo de la Liga Profesional argentina que el gol de Maradona a los ingleses en el Mundial 86?

“Los sobres de la NBA cuestan un promedio de 200 dólares y los podés conseguir, de forma limitada, entrando con una cuenta en particular. Eso es una locura y hay un mercado que tiene un valor de reventa del número que quieras. Al no tener precio de mercado, será hasta lo que dé. El arte tiene ese capital cultural adosado que, en este caso, es llevado a una instancia digital”, revuelve con precisión el experto.

“El coleccionismo del arte ya existía. Esto facilita el acceso global: es para cualquiera y de cualquier geografía. Con herramientas de arte digitales como el 3D o la animación. Con un lenguaje que no está muy estandarizado: memes, personajes de la internet, elementos recientes de la política.” (Matías Buonfrate)

En nuestro país, además de Buonfrate, hay una movida nucleada bajo el hashtag #CriptoAR, que persigue una línea de animación de video y visuales varias. En su propuesta, exploran otra capa del criptoarte ligada a las galerías digitales que, en este caso, cumplen la labor del mercado de arte tradicional. Las obras digitales se seleccionan, exhiben, transmiten valor y, desde ahí, surge el comercio.

“Todo este campo abre espacio para nuevos participantes”, identifica. Aunque es muy posible que no toda la audiencia de un medio se vaya a transmitir al otro. Y continúa: “Los NFT van a terminar generando su propia audiencia, su propio público. Es difícil de anticipar porque se está dando de forma difusa. Ni siquiera sé decirte cuál será el público del arte: si será de internet, uno nuevo o qué”.

El carácter extraordinario de la posesión certificada suma una nueva capa al comercio de arte y abre un tendal de infinitas posibilidades: que se vendan memes, como el de Disaster Girl a 500.000 dólares (y su consecutiva revolución memeconomy ligada al comercio de memes), o figuras como la de Elon Musk con el perrito de Dogecoin, o unos temas de Kings of Leon (¿vendrán con derecho de reproducción?), o los bocetos de Justin Roiland de Rick & Morty, o, incluso, este artículo que ahora mismo estás terminando de leer.