La talentosa cantante y compositora argentina de jazz acaba de sacar el disco Ontology, donde plasmó la experiencia de irse a vivir a Miami, conectarse con la escena de Nueva York y combinar exquisitos temas propios con versiones de Miles Davis, Wayne Shorter y Alberto Ginastera.


Nada le fue fácil en estos últimos años, pero Roxana Amed hoy cree que todo valió la pena. Incluso dejar sus afectos y el lugar que se ganó en la escena de Buenos Aires para iniciar una nueva vida como estudiante y docente en Miami, armar una banda con grandes talentos locales y apostar a producir un nuevo álbum propio.

Su nombre había sonado a fines del milenio pasado como compositora de canciones para figuras como Sandra Mihanovich, Diego Torres y Luciano Pereyra, e incluso ganó un Martín Fierro por la cortina de un programa. Luego pisó fuerte en el mundo del jazz como cantante y autora, iniciando una fascinante carrera solista que en 2004 tuvo su debut discográfico, Limbo, producido por Pedro Aznar. Y así siguió marcando hitos durante nueve años, hasta que su pareja tuvo una propuesta de trabajo en los Estados Unidos y decidieron cambiar de aire.

“Nos mandamos y fue difícil –cuenta desde allá–, pero tuve la suerte de tener amigos en Nueva York que me llamaban seguido para hacer cosas y podía conectarme con una ciudad más cultural, más parecida a Buenos Aires, donde la gente va a ver música y está acostumbrada a sorprenderse con lo que escucha. Miami es una ciudad grande al lado del agua, que se lleva todo y la gente viene a dejarse ir, más que a sembrar. Apliqué a una universidad donde me dieron una beca y trabajo, me gradué con un premio especial y al poquito tiempo empecé a dar clases en esa facultad. Fue un trabajo de pico y pala, una carga un poco dura. En estos días van a ser ocho años.”

El resultado es Ontology, un viaje musical bello cantado en inglés y en castellano, profundo e inquietante, grabado con talentos como Martin Bejerano, Mark Small y Aaron Lebos, entre otros. Tiene de todo, desde cierto aire a Joni Mitchell en “Tumbleweed”, un toque afrocubano a lo Chick Corea en “Chacarera para la mano izquierda”, calma introspectiva en “Peaceful”, un acompañamiento sólo con piano en “Winter” y una inesperada guitarra rockera en “Amor”, además de versiones inspiradas de “Virgo”, de Wayne Shorter; “Blue in Green”, de Miles Davis, y dos canciones con música de Alberto Ginastera y letra propia.

“En un momento, asumí la responsabilidad de ir trayendo todo el tiempo a esta nueva geografía algunas cepas musicales que muchas veces no pasan las fronteras de la Argentina.”

–¿Cuán avanzado tenías el disco cuando te agarró la pandemia?

–Según como lo mires, estaba casi listo o faltaba la mitad. Grabamos en tres sesiones en The Hit Factory, lo que antes se llamaba Criteria Studios, donde grabaron desde Eric Clapton en los años 70 hasta Soda Stereo con Canción animal. En la primera hicimos seis canciones, y meses después hubo una segunda con cinco temas más, en enero de 2020. De pronto vino la pandemia y todos nos olvidamos del disco hasta meses después, cuando en agosto empecé a comunicarme con el estudio para ver cómo estaba preparado y con qué protocolos podíamos ir.

–A partir de enero fuiste sacando algunos singles que anunciabas desde tus redes.

–Sí. Mientras iba terminando el disco ya fantaseaba qué singles quería usar, una idea poco habitual en el jazz. Fue una herramienta que tomamos prestada del pop y el rock. Me gustó cómo funcionó y se lo recomiendo a mis colegas, porque a la gente le gusta ir viendo un poco del álbum antes. Una de las cosas interesantes que me dejó la pandemia fue trabajar más en mis redes. No tenía la costumbre, pero en estos meses conseguí una sensación de compañía y veo que hay alguien del otro lado cuando digo que tengo una canción nueva, o que vamos a hacer un Instagram Live, o que pronto sale el álbum. Con las redes puedo compartir y comunicar a través de mis distancias, porque yo potencio la distancia de la pandemia con mi distancia geográfica con la Argentina y la distancia cognitiva que la gente en los Estados Unidos puede tener con respecto a mi trabajo.

–¿Cómo fue la historia detrás de “Christmas Star”, el tema que sacaste en diciembre, justo antes del primer single del disco nuevo?

–Fue un pedido medio editorial. Había estado haciendo esa canción con la guitarra y después la dejé de lado, pero cuando me preguntaron si iba a hacer algo para Navidad, dije “bueno, tengo esto”. Y si bien no la escribí por la pandemia, habla de alguien que está lejos de otro, algo que le pasó a prácticamente todo el mundo. Mucha gente pudo encontrarse con la gente querida, pero otros no, y mucha gente no tuvo más a esas personas queridas.

–El año anterior a eso salió un álbum muy lindo, Instantáneas, que no tuvo tanta difusión.

–Yo venía grabando cosas en vivo en el estudio y filmándolas, un poco por gusto, por hacer cosas, incluso con el pretexto de cuestiones editoriales. Así se fueron juntando varias canciones, por ejemplo “Cactus”, de Cerati, que un día le propuse hacer a dúo a Guille Vadalá, que vive acá cerquita y tiene una escuela. También incluí una versión de “Blue”, de Joni Mitchell, que yo quería mucho, que había grabado con Adrián Iaies y que nunca había salido. Entonces saqué todo en esos días de 2019, cuando estaba haciendo un convenio de distribución de algunos de mis discos con The Orchard, que ya era de Sony, y me dijeron que tal vez me convenía sacar un álbum. Fue verdaderamente muy instantáneo.

–Entre ese disco, el simple navideño y el nuevo álbum, parece que estás en una época muy productiva, como la de 2009-2011, cuando salió el álbum con Iaies, después Inocencia y también el de poemas de Pizarnik, casi uno detrás del otro.

–Sí, tenés razón. Esa transición de décadas fue importante. Cinemateca finlandesa surgió porque estaba grabando Inocencia e invité a Adrián Iaies, que a los pocos días me propuso hacer un disco y sacarlo enseguida. Nos metimos a hacerlo, y en ese 2010 veníamos escuchando mucho al pianista finlandés Frank Carlberg, fascinados por su locura compositiva, su abstracción y su vanguardismo. Enseguida vino el disco con el mismísimo Carlberg y después el silencio.

 –Una constante en tu discografía es que cada tanto hacés una versión de un tema del rock argentino, por ejemplo de Spinetta, Charly y Cerati. A veces mezclás el jazz con el rock y el pop. ¿Es parte de tu ADN?

–Creo que sí. Me queda pendiente Fito, aunque grabé “Las tardes de sol” en un disco de otro músico. En Nueva York siempre les pareció normal todo este cocoliche que hago, pero acá todo lo que es latinoamericano es caribeño, y a mí hasta me han vendido como “the Latin jazz singer”, así que a veces tengo que aclarar que canto un poco en castellano pero no es música latina. Entonces empecé a asumir esta responsabilidad de ir trayendo todo el tiempo estas cepas musicales que muchas veces no pasan las fronteras de la Argentina. Músicos como Leo Genovese, Guillermo Klein o Pedro Giraudo han trabajado mucho el tesoro argentino, pero no es algo tan común en lo vocal.

–En ese cocoliche aparecen Wayne Shorter, Miles Davis y también Alberto Ginastera.

–Claro. Yo cada tanto tomaba distancia y decía “¡es una locura!”, pero después lo escuchaba y me decía que no, que eso soy yo. No sabía si iba a poder combinar todo en el disco, pero lo quise grabar igual y después jugué con ese rompecabezas a ver en qué mundo se encontraban esas canciones. Y sentí que se encontraban y que se daban cita junto conmigo. Es hermoso sentir eso y fue otro regalo de esta experiencia.

–Otro detalle original es que armaste una playlist llamada “My inspiration”, con los temas que te acompañaron en el proceso de hacer este álbum.

–Estuvo lindo, ¿viste? Obviamente, no son todos los temas que escuché en estos años, pero es una puntita. ¡Quizás puse un tema de Wayne y yo escuchaba 50! O puse un poco del disco de Martin Bejerano, que me lo escuchaba entero mientras aprendía a manejar. Me pareció que era una forma de preparar un poquito las orejas y de que todos estuviéramos escuchando lo mismo.

–Para terminar, no te pregunto por los próximos pasos porque sigue complicado planificar shows.

–Lo queremos tocar y presentar en vivo, pero no duermo con ese tema. ¡Vivo pensando en eso! Creo que voy a ver si consigo algún jardín para hacer un concierto afuera, filmarlo y listo. Arrancaríamos con algo así.